Sindicalistas al ataque

Con elecciones que según el gobierno nacional serán decisivas para el futuro del "modelo" a pocas semanas de distancia, es sin duda lógico que muchos dirigentes sindicales se hayan propuesto aprovechar lo que toman por una oportunidad inmejorable para conseguir aumentos salariales abultados, de ahí la ola de paros que está provocando dificultades a lo ancho y lo largo del país. Los más activos últimamente han sido los miembros de la tradicionalmente combativa Asociación Bancaria que, luego de rechazar con desprecio la oferta del 15% que hicieron los banqueros, están reclamando el 25% más. También han emprendido una ofensiva los gastronómicos de Luis Barrionuevo, que están pidiendo un incremento del 30%, los que han puesto en marcha lo que su jefe llama "un plan de lucha sorpresivo" destinado a perjudicar a los turistas. Otros que están en pie de guerra por distintos motivos incluyen a los trabajadores de la industria de la carne, la gente de las estaciones de servicios, los camioneros y, desde luego, los docentes de varias provincias. A veces algunos sindicatos llegan a un acuerdo pasajero con la patronal, pero pronto encuentran un pretexto para reanudar los paros porque es tanta la presión de las bases que los jefes se sienten obligados a conformarlas haciendo gala de su propia militancia. Es de prever, pues, que al acercarse a su culminación la campaña electoral se multipliquen los conflictos y que después surjan otros nuevos, porque los gremialistas comprometidos con "el modelo" ya no podrán disciplinar a sus huestes diciéndoles que los paros servirían para privar a Néstor Kirchner y sus compañeros de lista de los votos que tanto necesitan.

En la situación preelectoral existente, los sindicalistas pueden confiar en que el gobierno nacional preferirá ceder ante sus reclamos a arriesgarse oponiéndoseles. Por lo demás, dan por descontado que en los meses próximos la economía continuará deteriorándose y que por lo tanto es de su interés procurar mejorar su posición relativa antes de que llegue la hora del ajuste generalizado.

Como siempre sucede cuando las elecciones se aproximan, al gobierno le está resultando casi imposible impedir que crezca el gasto público, pero nadie ignora que tarde o temprano tendrá que hacerlo. Claro, desde el punto de vista del conjunto sería mejor que todos se resignaran a postergar sus aspiraciones salariales hasta que se aclare el panorama económico tanto nacional como internacional, pero la posibilidad de que los sindicalistas acepten que dadas las circunstancias les convendría moderar sus exigencias es nula. Si bien el jefe de la CGT, el camionero Hugo Moyano, se ha erigido en el aliado principal del gobierno de los Kirchner, parecería que sus esfuerzos por garantizar un mínimo de calma hasta después de las elecciones no han prosperado. Antes bien, han brindado a sus rivales una excusa irresistible para intentar desensillarlo.

Tanto aquí como en el resto del mundo, toda conquista gremial sirve para estimular a los pasajeramente rezagados a intentar conseguir una todavía mejor. Aunque según el INDEC la tasa de inflación anual se ubica por debajo del 6%, virtualmente todos los sindicatos que se declaran en huelga piden aumentos de por lo menos el 25%. De reflejar la realidad las estadísticas oficiales, correríamos el peligro de un estallido inflacionario de proporciones causado por una serie de subas salariales desmedidas, pero fuera del gobierno muy pocos creen absurdas las pretensiones sindicales. Puede que sean inoportunas, pero se da por descontado que desde hace un par de años el poder de compra del grueso de los asalariados se ha reducido mucho, razón por la que los reclamos de los bancarios, gastronómicos, docentes y otros no parecen tan exagerados.

La situación sería distinta si fueran creíbles las estadísticas económicas que se difunden, puesto que en tal caso sería más fácil juzgar si un reclamo determinado es razonable o no, pero es tanto el desorden que ha provocado el gobierno en el ámbito así supuesto, que resulta natural que muchos dirigentes sindicales hayan llegado a la conclusión de que no les convendría en absoluto permitir que sus afiliados pierdan terreno en lo que amenaza con ser una competencia anárquica.


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