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Sobre racismos y holocaustos





TOMáS BUCH (*)

Es necesario repetir mil veces que la existencia de razas en el seno de la especie humana es un mito entendible (dada la gran diversidad en la especie) pero falso. Hay mayor variabilidad genética en el seno de los grupos étnicos más diversos que entre, digamos, un lord inglés y un aborigen guaraní. El racismo, la creencia de que un grupo humano (generalmente el propio) es superior a los demás, es un mito ancestral y se sabe que, más acá del racismo, en muchas lenguas aborígenes la palabra “hombre” coincide con el nombre de la tribu propia. “Mapuche” son los hombres de la tierra y para los griegos “bárbaro” significaba solamente “extranjero”. Los que no son de mi grupo no son humanos, sólo parecen serlo, y para evitar confusiones hay que eliminarlos o mantenerlos en un nivel social tan bajo que a nadie le quepan dudas de su inferioridad. Pero como las creencias no son punibles aunque sí criticables el racismo sólo se pone de manifiesto en actos de agravio o de discriminación. Los ingleses, en la India, acuñaron que era “the white man’s burden”, la carga del hombre blanco, el civilizar a los “nativos”. Y la mejor manera de civilizarlos era explotándolos. Durante siglos el mundo ha vivido dominado por esa civilización occidental, que fue la más poderosa desde el punto de vista económico y militar y se apoderó de prácticamente todo el resto del mundo. Esta superioridad económica y militar, sin embargo, no implicaba ni implica una superioridad moral aunque eso es lo que se hizo creer, especialmente a los pueblos subyugados: que el hombre blanco era el verdadero, que los demás eran atrasados e inferiores y que lo mejor que les podía pasar era formar parte del ámbito occidental. Y cristiano. Dentro de la civilización occidental había algunos elementos extraños, como los judíos, que insistían en que eran parte de esa civilización a la que, cuando se lo permitieron, hicieron enormes contribuciones, mucho más allá de su proporción numérica –pero siempre fueron parte de Occidente cuando a éste le convenía–. Este “cuerpo extraño” en el seno de Occidente fue rechazado desde la Edad Media y se intentó eliminarlo físicamente durante el nazismo, la expresión máxima del monopolio de la civilización occidental que, por otra parte, tanta riqueza espiritual ha aportado al mundo. El decir que el Holocausto judío fue inherente a la pretensión occidental de superioridad suena chocante y desea serlo: siempre se pretende que el antisemitismo que culminó en el Holocausto judío fue una anomalía en el seno de una sociedad profundamente racista y conquistadora. Pero no fue una anomalía sino el extremo lógico de una autosuficiencia occidental mezclada con odio al otro. La prueba de esto es que los judíos, fugitivos del nazismo que los llevaba a una muerte segura, de ninguna manera fueron acogidos como hermanos perseguidos por los países aliados. Se les cerraron muchas más puertas de las que se quiere reconocer, entre ellos las de nuestro país. La expansión capitalista tuvo numerosas acciones repudiables: la guerra del opio en China, la conquista de India, la extorsión a Japón, el aislamiento del Imperio Otomano y su posterior división en pedazos arbitrarios, una de las raíces de los actuales conflictos en aquella región. Se puede pensar que la cultura islámica, que en la Edad Media era superior a la europea, fue detenida en su evolución por la represión occidental y por eso permaneció en una actitud medieval y el extremismo terrorista es una expresión simétrica de la intolerancia occidental de la Inquisición y de las Cruzadas. La máxima expresión de la soberbia occidental fue la esclavización de los africanos, que culminó con la división de África entre las potencias occidentales con regla y compás en el Congreso de Berlín de 1884, y el saqueo que aún continúa y que es la principal causa de las actuales guerras civiles fomentadas por el hambre de oro y diamantes de los mismos de siempre. América fue sujeto de un holocausto bajo la cruz, la espada, las encomiendas, la viruela y el sarampión, que fueron usados a conciencia como armas de guerra bacteriológica. El odio y el desprecio al “indio” se puso de manifiesto de mil maneras. Se los trató como una plaga a esclavizar cuando su propia cultura era suficientemente desarrollada como para no ser considerados simplemente salvajes alimañas de las que había que limpiar las tierras para que pudieran explotarse adecuadamente. Este exterminio no ha terminado. Hace poco se habló del “genocidio maya”, ocurrido en 1982, en el que el “presidente” de Guatemala, Ríos Montt, exterminó a 200.000 mayas y en nuestros días estamos viendo cómo en Chile tratan a los mapuches, que resistieron con bravura la conquista durante tres siglos hasta lograr un tratado de paz que luego –por supuesto– no se cumplió. Hace 200 años que América Latina se liberó del yugo español. Pero esto no significó ninguna liberación para los aborígenes. El 70% de la población de Bolivia es indígena, pero con Evo Morales por primera vez los indios alcanzaron a poner uno de los suyos en la presidencia. Esto es, fuera de toda duda, un triunfo de la democracia. Pero los “blancos” ven en eso un peligro… El “racismo inverso” sólo es la otra cara del racismo a que estamos acostumbrados, que se manifestó por siglos como quiso. Sin duda, la libertad de prensa (“publicar sus ideas por la prensa”, dice nuestra Constitución) es un bien muy importante y es probable que en Bolivia haya aparecido algún medio que no siga estando en manos de los colonizadores. Está mal impedir a cualquiera a manifestarse legalmente, mientras que no pase de las palabras a los hechos –incluyendo el insulto abierto o encubierto–. Está mal que se impida a los racistas ser racistas abiertamente y decirlo: así se ponen en evidencia y no se esconden en las sombras. (*) Físico y químico


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