Accidentes: no son las rutas, somos nosotros

02 ene 2018 - 13:09

Si por arte de magia mañana un lote de conductores holandeses o suecos reemplazaran a los argentinos que manejan en la Ruta 22, los índices de choques y víctimas bajarían exponencialmente. Y no porque esa traza en la que durante el año que terminó 36 personas perdieron la vida vaya a convertirse en una perfecta autopista en 24 horas, sino porque aun en la carencia y la precariedad los ciudadanos acostumbrados a respetar la ley tienen muchas más chances de llegar seguros a su destino que los que no.

Ya es tiempo de que aceptemos que la principal la razón por la que nos matamos rumbo al trabajo, las vacaciones o al volver de una fiesta no son los caminos sino lo que hacemos sobre ellos. De nada sirve bajar la velocidad y poner las balizas en el control si después nos jugamos la vida en un sobrepaso suicida. Tampoco frenar en la esquina para que cruce la embarazada o la abuela con el bastón porque hay un policía, si en la próxima no vamos a respetar la prioridad del peatón. No es el peligro de un potencial castigo lo que debería movilizarnos sino la conciencia del respeto.

Juan María Traverso, el campeón de automovilismo que se convirtió en el más fervoroso activista de la seguridad vial, suele decir que son tres los factores con mayor incidencia en la pandemia que se cobra 22 víctimas por día en las rutas argentinas, primera causa de muerte entre los menores de 35 años: el exceso de velocidad, las distracciones (encabezadas por el uso del celular) y los efectos del alcohol. A propósito de esto, suele enojarse con aquellos padres que reclaman más controles de alcoholemia pero dejan que sus hijos hagan la previa en su casa con alcohol libre. Porque de lo que se trata, sostiene el campeón que sólo aceleraba al máximo en las pistas, es de asumir las responsabilidades propias.

Las estadísticas son dramáticas. Por ejemplo, en 1992 morían en accidentes de tránsito 772 personas en Suecia, 1.376 en Holanda y 7.075 en Argentina. Durante el 2014 las cifras fueron 282, 570 y 7.613 respectivamente, según datos de Luchemos por la Vida. Es decir que mientras los dos países europeos redujeron el índice alrededor del 60%, la Argentina lo incrementó el 7,5%.

Claro que el Estado debe garantizar buenas condiciones de circulación en rutas y caminos. Que debe invertir, prevenir, castigar, encarar profundas campañas de educación, tener políticas a largo plazo.

Exigirlo a los gobernantes y funcionarios es un tema central. Pero ni la ineficiencia ni la desidia ni la falta de visión de unos y otros deben ser exculpatorias.

Todavía falta mucho para contar con autopistas, autovías, rutas y calles a la altura de un país serio. Y no podemos seguir matándonos en el viaje.

Es tiempo de aceptar que la principal razón por la que nos matamos rumbo al trabajo, las vacaciones o al volver de una fiesta no son los caminos sino lo que hacemos sobre ellos.

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