Ceferino y Miguel, o cómo integrarse y vivir en el mundo siendo ciego

Son de 25 de Mayo y perdieron la vista cuando eran niños.

11 oct 2004 - 00:00

"La ventaja de que gozaban estos ciegos era la de algo que podría llamarse ilusión de luz. Realmente, igual les daba que fuera de día o de noche, crepúsculo matutino o vespertino, silente madrugada o rumorosa hora meridiana, los ciegos siempre estaban rodeados de una blancura resplandeciente, como el sol dentro de la niebla. Para éstos, la ceguera no era vivir banalmente rodeado de tinieblas, sino en el interior de una gloria luminosa". (Ensayo sobre la ceguera, José Saramago)

 

Ceferino. El corpulento desafía de entrada. "Por lo que he estado observando hoy va a ser un buen día", dispara. El resto sonríe y toma cuenta de su carisma. La frase no llamaría la atención de nadie si no fuera por algo: Ceferino perdió completamente la vista a los tres años. Hoy tiene 43. Desde entonces luchó para adaptarse a un mundo construido por videntes para que sólo vivan el él otros videntes. Nada sencillo. Pese a eso, ganó la batalla. Son las diez de la mañana en 25 de Mayo (La Pampa) y el hombre ya lleva varias horas de intenso trabajo en la chacra del Centro Educativo Polimodal de la ciudad. Parte de una agotadora rutina que recién comienza y que terminará bien entrada la noche.

Miguel. El más reservado de los hermanos perdió la vista a poco de cumplir su primer año, hace 40. A partir de allí hizo todo lo necesario para adaptarse al mundo,

pero también se propuso cambiarlo. Estudió, se rehabilitó, enseñó y ayudó a otras personas en su condición. Es mediodía en 25 de Mayo y Miguel desconfía. Acepta hablar pero, en principio, es más lo que calla. "Es que hay tanta gente rara últimamente", explicará más tarde. Su rutina lo convierte en pocas horas en empleado, marido, padre y comerciante. Y aún así le deja tiempo para su gran proyecto: una comisión de ayuda a personas ciegas que tiene en mente desde hace tiempo (ver aparte).

Ceferino y Miguel. Los hermanos Verdugo saben que tienen entre manos una historia de vida que no se parece a ninguna. Pero su decisión es clara: no quieren ser los falsos héroes de turno en la crónica de nadie. Y lo aclaran de entrada.

Ciegos desde que recuerdan e integrados al mundo desde que se lo propusieron, los hermanos son conscientes de que encarnan la moraleja preferida del pueblo: nada es imposible, las limitaciones no existen. O, en sus propias palabras: "Nosotros nos animamos a más, a salir de nuestras casas y recorrer el mundo. Decidimos probar que en una de esas había una parte de la montaña que podíamos escalar, no quedarnos sentados pensando que es imposible", coinciden.

La ceguera llegó a la vida de los Verdugo tan temprano que es imposible que recuerden al mundo con sus formas y colores. Ceferino tenía tres años cuando todo se apagó. Miguel recién había cumplido uno. Hoy, 40 años después, cada uno lo recuerda diferente. "Mamá trabajaba en la fruta y nos dejaba al cuidado de una chica. Cuando volvió, nosotros tirábamos espuma por la boca. Un remedio contra el dolor de muelas que debíamos tomar en pequeñas dosis, lo tomamos de una sola vez y eso nos provocó la ceguera", cuenta Ceferino.

No va a ser la primera vez que recurra al 'realismo mágico' para contar su vida. Unos minutos más tarde, su hermano explicará: "Eso es una creencia. Lo que nosotros tenemos es falta de pigmenta

ción y desprendimiento de retina".

La diferencia no es casual. Ceferino y Miguel son tan distintos como sólo dos hermanos pueden serlo. Pero hubo un tiempo que fueron inseparables. Es que una vez que la ceguera se instaló en sus vidas, los Verdugo recorrieron juntos tantos médicos y curanderos como su propia energía se los permitió.

 

El mundo queda allá afuera

"A los 17 años nos cansamos y les dijimos a nuestros padres que basta. Habían gastado demasiada plata y no había resultados. Para esa edad ya nos habíamos rehabilitado", aclara Ceferino.

Rehabilitarse en sus palabras es encontrar la forma de integrarse a la sociedad. "Estuve en varias escuelas especiales y de esa forma incorporé la movilidad. Una vez, una profesora notó que yo me animaba y me dejó caminar con el bastón, solo por la calle. Primero no me pasó nada, pero al tercer día me caí en un pozo. Me dolió y me di cuenta que me podía pasar seguido, pero siempre era mejor eso que no animarme a nada".

Ceferino fue quiosquero, vendedor de billetes de lotería en las calles y desde hace 17 años trabaja en el sector productivo de la escuela polimodal.

Su jornada empieza bien temprano, en su propia casa. A las seis desayuna y camina varias cuadras hasta su trabajo. En el camino debe atravesar una rotonda y poner en práctica su método: "entre las 7 y las 7.05 hay mucho tránsito. Entonces escucho bien para los dos costados y cuando estoy seguro paso. Si hay alguien me ayuda, sino encaro solo".

Su secreto: el punto de referencia. "Hay que buscar un lugar que te guíe, puede ser una vereda, un edificio o lo que sea. Ese tiene que ser el punto de partida y llegada para no perderte. No falla nunca", explica.

En la escuela planta, cura, cosecha, ralea, limpia acequias, construye corrales y logra la redención. "No siento que sea una discapacidad. Lo que quise hacer lo hice. Nunca me puse límites", dice.

De todas formas, hubo veces en que las cosas no salieron del todo bien. "Cuando tuve el quiosco hubo gente que me quiso estafar, pensarían que como yo no veía....Ahora las cosas cambiaron un poco, pero antes había mucha discriminación, había gente que prefería no sentarse al lado de un ciego en el colectivo o cosas así...", recuerda y contando historias puede estar toda la tarde.

Hablará de la vez en que fue guía de un camionero que debía viajar a Roca y no conocía la ruta, de la primera vez que viajó solo a Neuquén y contó veredas todo el día para no perderse, de cuando...

En la otra vereda está Miguel, que no quiere dedicarles mucho tiempo a las anécdotas y va directo al grano: "Lo importante es que quede claro que un ciego puede hacer lo que quiera, puede trabajar formar un hogar y tener lo mismo que cualquier integrante de la sociedad".

Lo asegura con voz firme porque sabe que su historia es la mejor prueba de ello. Luego de estudiar junto a su hermano en escuelas especiales, decidió conocer qué había más allá de la casa de sus padres.

Es así como llegó a ser profesor de un centro de rehabilitación para no videntes en Cipolletti, abonado a programas de TV y radio de la zona en los que hablaba de discapacidad y, de regreso a su pueblo, encargado de la central telefónica del Ente Provincial y ahora de un comercio familiar.

Al mismo tiempo, está casado con Otilia, con la que tuvo dos hijas. "Siempre se pensó que un ciego podía ser abogado, maestro o algo por el estilo. Pero la gente tiene que saber que hay otro tipo de trabajo que un ciego puede hacer, trabajos manuales por ejemplo", agrega y otra vez una anécdota sobre su propia historia sirve para dar fe de ello.

Pero no es Miguel quien la cuenta, ahora habla su esposa: "Una vez empezó a desarmar un motor de auto y yo veía que iba dejando todas las piezas desparramadas en el suelo. Justo llegó el padre y le dice 'me hubieras avisado, yo iba a saber dónde iba cada pieza'. Pero el sabía que no era necesario, a la hora de armar de nuevo el motor supo colocarlas en su preciso lugar y arreglarlo". A pocos metros, Miguel escucha y sonríe.

Empieza a atardecer en 25 de Mayo y los Verdugo ponen en marcha la despedida. Miguel es el primero en extender la mano. "No hay impedimentos para que las personas, sean ciegas o no, hagan lo que quieran hacer", repite. No hay razón para no creerle. Ahí están sus vidas para atestiguarlo. Sus historias mínimas contadas casi en voz baja. Su pequeña gesta con espíritu y pretensiones épicas. Miguel se va y detrás suyo, Ceferino también se despide. "Nos vemos", dice y suelta la carcajada. El resto también.

Adrián Arden

adrianarden@rionegro.com.ar

Nota asociada: Una comisión para ayudar y contener a no videntes Infograma: Aprender a ayudar (hacer clic acá)  

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