Cuando los contratos de palabra valían

Comprometerse de manera verbal era moneda corriente no hace mucho tiempo atrás. Historias que nuestros abuelos contaban. Historias reales de vecinos nuestros.

07 dic 2018 - 00:00

En 1901 la familia de mi padre vivía en el campo, en Colonia Mauricio, uno de los tantos emprendimientos de la Jewish Colonization Association, empresa filantrópica creada por el Barón Maurice de Hirsch para la migración de rusos judíos a Argentina y su instalación en colonias agrícolas. Varios años después se trasladaron a pocos kilómetros, al pueblo de Carlos Casares, provincia de Buenos Aires y allí abrieron un negocio de Ramos Generales.

Almacén, ferretería, bazar y depósito de vino como consta en viejas facturas, eran los rubros del comercio familiar, que ocupaba una esquina en la ex avenida Robbio. A pocas cuadras, sobre la misma avenida, otra empresa familiar, la de los Carioli, se dedicaba a productos agrícolas. Ambas casas comercializaban entre sí.

Una vez al año, mi abuelo David Mutchinick, y el cabeza de familia de los Carioli, se encontraban y se entregaban un sobre con lo adeudado al cabo de ese período, constataban la diferencia y el que debía pagaba.

A Julio Emilio Ruiz, médico cordobés radicado en 1952 en Roca, le otorgaron en 1968, un crédito en el Banco Hipotecario para construir su casa. Tomó el dinero, se fue al corralón de materiales de mi padre y le dijo: “Aquí le dejo el dinero, cuando inicie la construcción iré retirando materiales. Usted me avisa cuando se termine”. No imaginaron ni uno ni el otro que muchos años después serían familia.

En 1969 estudiaba mi carrera universitaria en Bahía Blanca con Iacob Glanz. Vivíamos en una casa de familia, con pensión completa. Un día decidimos buscar un departamento para alquilar y tentar una vida más independiente.

Nos enteramos que un amigo de nuestras familias, Enrique (Ike) Jaratz, tenía un departamento para alquilar. Fuimos a su oficina, era presidente del Banco del Sud, y le contamos de nuestro interés. Abrió un cajón de su escritorio, sacó una llave y nos la entregó. “Muchachos –nos dijo–, aquí tienen la llave de un departamento a estrenar en calle Casanova. Es de mi señora, así que mensualmente van y le pagan a Teme el alquiler. Cuando el último de ustedes termine su carrera devuelven la llave”.

Finalicé mis estudios en diciembre de 1971 y volví a vivir a Roca. Iacob se recibió unos años después y cuando decidió volver a nuestra ciudad fue y le devolvió la llave a Ike.

En 1972 comencé a trabajar en la Universidad Nacional del Comahue, en la ciudad de Neuquén. Para trasladarme decidí comprar un vehículo. Averigüé en el Banco Argentino de Comercio para obtener un crédito, y con el sí, me dirigí a la Agencia Fiat. Mi primer auto propio sería un Fiat 128. Le expliqué a Marcos Rodríguez, uno de los dueños, que una vez que recibiese el crédito lo retiraría. Tomó la llave y me dijo: “Llévatelo ya, cuando tengas la plata del crédito me la traés”.

Sin papeles que obligaran, los compromisos se cumplían.

La Jewish Colonization Association era la empresa del Barón Maurice de Hirsch para la migración de rusos judíos a Argentina.

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