El Bolsón: cada noche, un plato caliente para los que menos tienen

Un grupo de vecinos se reúne cada anochecer para cocinar viandas y repartirlas entre los que menos tienen. Es el sexto invierno en que llevan adelante la iniciativa.

22 jul 2018 - 00:00

Como todas las noches, Tede sale con cinco pesos en la mano porque “no quieren que le regalen nada, tiene dignidad”, y recibe su bandeja con una cena caliente de manos de Cecilia, una comerciante del centro de la ciudad que un rato antes cerró la librería y se sumó al grupo que cocina solidariamente en el centro comunitario del barrio Usina.

“Vi una nota en el diario y no dudé. También funciona mucho el boca a boca. Por suerte hay unos cuantos vecinos que arriman algún paquete de fideos, arroz o lo que sea, todo sirve. Yo no pertenezco a la iglesia, pero acá encontré un grupo maravilloso de gente dispuesta a ayudar a sus hermanos más necesitados”, remarca en referencia al “verdadero ejército de voluntarios” que cada tarde, bajo la tutela del pastor Joel Higueras, despliega un operativo singular para preparar unas ciento veinte viandas que se distribuyen con precisión y velocidad asombrosa por todos los barrios de El Bolsón.

Una veintena de mujeres y hombres de todos los estratos sociales, jóvenes y niños de la iglesia se convocan para pelar cebollas, zanahorias y papas; otros pican la poca carne que pudieron comprar entre todos y las gigantescas ollas comienzan a despedir sus vapores y “ese olorcito a comida casera que se hace con mucho amor, porque sabemos que llegará a muchos niños y será su único alimento del día”, subraya la jefa de la cocina, ataviada con su gorro y delantal negro.

Cuando el menú está listo, en contados minutos se reparte en bandejas plásticas envueltas en papel film y, en medio de la helada, nieve o lluvia, se ponen en marcha los autos destinados al reparto. Es que “este alimento tiene que llegar caliente a cada hogar, porque sabemos que hay familias que no tienen gas o la leña está mojada”, destaca Higueras.

Antes de partir, todos se toman de las manos y hacen una rueda y es la misma jefa de cocina quien agradece a Dios “por un día más en que podemos ayudar a nuestros hermanos” y de paso pide “por la seguridad de cada uno de los que van a salir”.

Cara a cara con la necesidad

“Andando se conocen historias increíbles y que reflejan casos de pobreza extrema que muchos ni siquiera imaginan”, cuenta Cecilia, al volante de un pequeño utilitario que serpentea entre oscuros callejones de la costanera sobre el río Quemquemtreu, acompañada de dos voluntarias adolescentes. Con un derrotero armado para todo el mes, se detienen frente a las humildes casitas de madera, desde donde salen a recibirlas con una sonrisa de agradecimiento madres con sus hijos colgando, abuelos que viven solos y hasta hombres en situación de abandono. “Hay gente que necesita hablar, contar lo que le está pasando, aunque no nos podemos demorar mucho porque sabemos que hay otros que están esperando”, justifica.

Es un equipo de trabajo. Cada uno pone su granito de arena para aquellos que más lo necesitan. “Lo más difícil son las últimas noches, cuando sabemos que no podremos seguir asistiendo a esas madres y chicos que necesitan un plato de comida caliente, pero lo hacemos a pulmón y se llega hasta donde se puede”, relata Pablo Llanquitru, un joven colaborador que llega “a la repartija” apenas deja su empleo en una empresa de la zona.

“Mi trabajo es cansador, pero me mueven las ganas de ser solidario con la gente de los barrios, donde la pobreza sigue creciendo. Ninguno de nosotros es de clase alta o vive en la abundancia, pero nadie duda si hay que meter la mano al bolsillo para salir a comprar un condimento o lo que falta para completar el menú o cargar nafta para salir a repartir”, agrega.

A su lado, Sonia González detalla que “todos los días llevo la vianda a veintidós familias. Me integré al equipo el año pasado y ahora estoy cada vez más comprometida. Mis hijos están grandes y el tiempo libre lo puedo ocupar en ayudar a otras personas. Soy taxista y conozco cada rincón de la ciudad, además de ver que la realidad social está cada vez más difícil”.

“En su dignidad, la gente no quiere fotos. Este señor, por ejemplo, llora porque no puede dar de comer a sus cuatro hijos”,
cuenta Cecilia, quien colabora en el reparto.
En números
120
viandas diarias se reparten. Para realizarlas utilizan 5 kilos de carne picada o 4 pollos.
28
paquetes de fideos se usan para un guiso.
20
personas conforman el equipo de trabajo, entre cocineros, empaquetadores y distribuidores.
4
autos salen por noche a repartir por los barrios Almafuerte, Usina, San José, Los Hornos, Obrero y Costanera. Otro vehículo se dedica a buscar las donaciones.
Donaciones para ayudar en esta cruzada solidaria

El plan se viene desarrollando por sexto invierno consecutivo. El pastor Joel Higueras, a partir de cuya iglesia –Clínica del Alma– se lleva adelante la iniciativa, explicó que el alimento “está calculado hasta fines de julio, pero si vemos que la situación social no mejora, haremos un esfuerzo para estirarnos unos días durante agosto”.

Para preparar las ciento veinte viandas necesitan reunir muchos alimentos y variados por día. “Sin la ayuda de los vecinos y algunos comerciantes no podríamos hacer esta cocina solidaria”, destacó, y valoró especialmente “el gesto de un matrimonio mayor, ambos trabajadores, que todos los días amasan entre ochenta y cien pancitos que se agregan al menú. Ellos mismos compraron la harina para todo el mes y solidariamente ponen su trabajo. Por supuesto, no quieren que sus nombres trasciendan”.

“Toda colaboración es bienvenida, porque hay gente que la necesita”, agregó Higueras. Por estos días, la urgencia de donaciones pasa “por las verduras, carne y legumbres, porque tratamos de hacer comidas lo más nutritivas posible”, concluyó.

El Bolsón

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