El legado de los Remy, desde la Patagonia al mundo: pensar en grande y trabajar para hacerlo posible
Juan Carlos y Betty formaron su familia en Conesa y echaron raíces en Neuquén. Sus cinco hijos siguieron caminos propios, unidos por una herencia de trabajo, libertad y afectos.
Juan Carlos y Betty junto a Gastón, Andrés, Ramiro y Sebastián, cuatro de sus cinco hijos, durante el encuentro familiar en Neuquén por los 80 años del padre. Foto Cecilia Maletti.
Es viernes y todavía no es mediodía, pero en la cocina del departamento de Juan Carlos y Betty Remy, en el centro de Neuquén, ya hay olor a comida. La familia se reúne por el cumpleaños del papá. La mesa larga tiene un mantel blanco y muchas sillas esperan alrededor, mientras la conversación circula desde distintos rincones y cada uno se acerca a saludar, se presenta y consigue que una visita desconocida deje de sentirse extraña rápidamente.
La cocina es el alma de la casa, aunque para conversar nos trasladamos al living amplio, atravesado por la luz natural y ocupado por dos sillones grandes. En las paredes hay fotografías y cuadros que pintó Juan Carlos y en los estantes aparecen sus esculturas de cerámica, algunas abstractas y otras figurativas. Tres perros pequeños y blancos entran y salen, Betty teme que molesten y sus hijos la tranquilizan: “No pasa nada, ma”.
Juan Carlos hace años que dice que tiene 80. Le gusta, sobre todo, la reacción que provoca: “Ah, pero qué bien que está”. Cuando alguien intenta precisar la cuenta, introduce una teoría propia y sostiene que todavía le faltan cuatro meses porque él contabiliza también los nueve meses de gestación. Se ríen todos. El juego con la edad dice bastante de un hombre al que el paso del tiempo parece preocuparle menos que todo lo que todavía tiene ganas de hacer.
Es odontólogo, docente y fundador de Kranex, la empresa de diagnóstico por imágenes que creó junto con Betty hace más de 25 años. Ella es médica pediatra jubilada y sus hijos la describen como hiperactiva, optimista y sabia, con una capacidad para mirar las cosas en perspectiva que todavía la convierte en la persona a la que consultan antes de tomar una decisión importante.
A su alrededor están cuatro de sus cinco hijos: Gastón, Andrés, Ramiro y Sebastián, “el Ruso”. Falta Nadia, la menor, que vive en Australia pero a quien traerán a la charla una y otra vez. La extrañan. También está Flor, la esposa de Gastón, que hace tiempo dejó de sentirse una invitada en esta familia.

Para entender cómo llegaron todos hasta este living hay que volver el tiempo atrás, más de medio siglo y viajar a Conesa. Por entonces Conesa era un pueblo de 8000 habitantes, de horizontes infinitos, suspendido en el ritmo tranquilo de las calles de tierra y el sonido del río Negro. En esa geografía de viento y sauces, un joven matrimonio de profesionales de la salud plantó sus raíces y transformó la mística rural del valle en el escenario de su propia historia. Llegaron con los títulos bajo el brazo y las valijas llenas de utopías, listos para descifrar los silencios de una comunidad de chacareros e inmigrantes que, entre consultas a deshoras y caminos polvorientos, no tardaría en adoptarlos.
Una pediatra y un odontólogo para un pueblo
Juan Carlos venía de San Juan y Betty, de Córdoba. Eran jóvenes, estaban prácticamente recién casados y querían «instalarse en el sur» cuando apareció la posibilidad de trabajar en el hospital de Conesa, que necesitaba exactamente lo que ellos eran: una pediatra y un odontólogo.

Gastón, el primero de los cinco hijos, tenía apenas un mes cuando emprendieron el viaje. Betty y Juan Carlos entraron a trabajar en el hospital, con pediatría y odontología separadas apenas por una pared, en tiempos en que el sistema de salud pública de Río Negro se estaba desarrollando y los profesionales debían hacer bastante más que lo que indicaba su especialidad.
“La verdad es que fueron años muy intensos. Tuve cuatro hijos en cuatro años y trabajábamos mucho. Éramos pocos pediatras, pocos profesionales y había que hacer guardias generales”, recuerda Betty. Ella aprendió a atender partos, recibir personas fracturadas y resolver urgencias de todo tipo. “Era muy jovencita y a veces la gente adulta no se quería hacer atender por mí”, cuenta.
Juan Carlos trabajaba como odontólogo y también daba clases de anatomía en una escuela secundaria con orientación agrícola. Vista desde el presente, aquella actividad deja de parecer un dato secundario porque el «ser maestro» terminaría atravesando toda su vida.
El trabajo intenso convivía con una vida familiar que los hijos recuerdan por la libertad. Cuando terminaba la jornada, especialmente en verano, la canasta ya estaba lista, los padres cargaban a los chicos, y se iban al río. Había una lancha, amigos, otras familias jóvenes y una comunidad en la que todos se conocían.
“Hay mucho de nuestro espíritu y de nuestra forma de ser que tiene un origen pueblerino», reconoce Gastón, «crecés con mucha libertad, pero también conociendo a todos los que tenés alrededor, y eso te marca para toda la vida”, dice Andrés.
Esa experiencia dejó también una forma de relacionarse con los demás que él reconoce todavía en su profesión. “Te codeabas con gente con recursos muy diferentes. Hoy me resulta igual de fácil hablar con un ayudante o con un obrero que con una persona que me encarga una casa importante, y creo que esa es una gran ventaja que tengo profesionalmente y se la debo mucho al recorrido que hicieron mis padres«, dice Andrés.
Neuquén, la gran ciudad
A comienzos de los 80 llegó otro cambio. Betty consiguió el traslado y la familia dejó Conesa para instalarse en Neuquén. Juan Carlos siguió después el mismo camino y los chicos descubrieron una ciudad que, comparada con el pueblo del que venían, parecía enorme. “Nosotros siempre vivimos Neuquén como un lugar de muchísimo estímulo”, recuerda Gastón.
En Conesa habían llegado a improvisar una red de tenis con una bolsa de cebollas; en Neuquén encontraron clubes, pileta, rugby, canchas y nuevas escuelas, aunque todavía podían pasar buena parte del día en la calle, ir al río y volver a casa cuando oscurecía.

Los padres sumaron a esa libertad una apuesta fuerte por el estudio y por las experiencias que permitieran ampliar el horizonte. Cuando los hijos llegaron a los últimos años del secundario, los alentaron a realizar intercambios estudiantiles, algo que a comienzos de los 90 estaba lejos de ser habitual para jóvenes que crecían en la Patagonia.
“En nuestra familia siempre hubo mucho estímulo para estudiar y para animarnos a hacer cosas desconocidas. Un intercambio en esa época era como ir a la Luna”, recuerda Ramiro.
Betty explica aquella decisión con una idea que aplicó también a la crianza. “Creo que los incentivamos mucho a la libertad. Yo fui criada con demasiado respeto hacia cualquiera que fuera un poquito mayor y a mis hijos les decía: ‘Con respeto, pero se ponen enfrente de todo el mundo. Si piensan distinto, defiendan su postura’”.
Después llegó Buenos Aires. Los cuatro varones fueron a estudiar y durante un tiempo compartieron departamento, lejos de sus padres y en una época sin celulares ni comunicaciones permanentes. “Ahora miro a mis hijos o a mis sobrinos con esa edad y pienso que éramos rechiquitos. Vivir solo era vivir solo de verdad: no había celular, llamabas a tus viejos desde un teléfono. Sabíamos que ellos nos estaban bancando un departamento y que lo mínimo que podíamos hacer era estudiar y hacer las cosas bien, pero también éramos de divertirnos, hacer deportes y tener muchos amigos. Había que administrar una libertad enorme”, cuenta Gastón.

Los caminos que empezaron allí terminarían alcanzando una dimensión que aquellos chicos difícilmente podían imaginar. Gastón se recibió de abogado en la UBA, hizo un máster en Columbia y desarrolló una extensa trayectoria empresarial: presidió Dow para Argentina y la Región Sur, fue elegido CEO del Año en 2016, cofundó y lideró Vista junto con Miguel Galuccio, presidió IDEA, encabezó la iniciativa solidaria Seamos Uno durante la pandemia y actualmente es cofundador y CEO de Nuqlea.
Andrés se graduó como arquitecto en la UBA, trabajó en Nueva York junto a Rafael Viñoly e integró el equipo que participó del proyecto finalista para la reconstrucción del World Trade Center después del atentado del 11 de septiembre. Luego fundó Remy Arquitectos, un estudio con más de dos décadas de trayectoria, más de 200 proyectos realizados en distintos países y presencia internacional.
Ramiro eligió la odontología y continuó el camino profesional de Juan Carlos dentro de Kranex; Sebastián estudió Administración y se incorporó después a la conducción de la empresa familiar; juntos son responsables de la expansión y del futuro de la empresa. Nadia, once años menor que Gastón, estudió Derecho, se casó con un australiano y vive en Australia con sus dos hijos.
Las profesiones fueron distintas, pero cuando intentan encontrar el denominador común vuelven a los padres. “Creo que tenemos una combinación de los dos. Papá, con el trabajo, el estudio, levantándose un fin de semana para seguir trabajando; y mamá, que nos llevó a soñar, a no ponernos límites”, dice Andrés.
Una idea que decantó en empresa familiar
Juan Carlos y Betty tenían alrededor los 50 años cuando decidieron volver a empezar y crearon Kranex. Él se especializó en diagnóstico por imágenes buco-maxilo-facial, desarrolló una extensa actividad académica y profesional y supo advertir tempranamente las posibilidades que ofrecía la incorporación de tecnología a la odontología. Fue además miembro fundador de la Sociedad Argentina de Radiología Odontológica y de la Asociación Argentina de Diagnóstico Maxilo-Facial.
Gastón todavía recuerda lo que pensó cuando sus padres tomaron aquella decisión. “Mis viejos, a los cincuenta y pico, tuvieron la idea de armar Kranex y yo era estudiante y pensaba: ‘Están locos, a esta edad’. Ahora tengo esa edad y me doy cuenta de que eran jóvenes”.

La empresa creció y la segunda generación se incorporó al proyecto. Ramiro sumó desde la odontología una mirada más general y moderna del negocio, mientras Sebastián aportó desde la administración la gestión económica, operativa y humana. Con el tiempo, ambos continuaron y expandieron aquella empresa que había nacido de la visión de sus padres y que hoy tiene varias sedes en la región.
La convivencia entre generaciones, profesiones y maneras diferentes de mirar el trabajo trajo los contrapuntos habituales de muchas empresas familiares, pero los hermanos entienden esas diferencias como parte de un proceso que permitió transformar y hacer crecer el proyecto original.
“Papá tiene una mirada más concentrada y Ramiro una visión más general del negocio. Ese contrapunto fue, para mí, lo que les permitió crecer. Yo muchas veces les digo a mis empleados: ‘Discútanme. Necesito un Ramiro en mi empresa que me diga si lo que estoy viendo está bien’”, cuenta Andrés.
Sebastián aportó otra pieza. Sus hermanos lo llaman “el adhesivo” y destacan su capacidad para articular las diferentes miradas. “Tiene un perfil muy bajo, pero ha sido un gran artífice de la armonía empresarial familiar”, dice Andrés. Kranex siguió creciendo, mientras la familia también aprendió a separar los espacios. Cuando se reúnen, el trabajo deja lugar a los hijos, los viajes, las vacaciones juntos y los nuevos proyectos.
“Una ética del trabajo”
Las voces se cruzan durante toda la mañana. Los hermanos se corrigen, completan recuerdos, se ríen de ellos mismos y discuten algún detalle. Juan Carlos escucha mucho y habla cuando encuentra algo que quiere precisar, mientras Betty permanece atenta a todos, incluidos los tres perros que siguen entrando y saliendo del living.
Cuando la conversación intenta definir qué recibieron los hijos de sus padres, aparece una expresión precisa: “Una ética del trabajo”, define Betty.
“Son supersabios en ese sentido y nos transmitieron esa combinación de mirar las cosas desde el mundo de las posibilidades, de soñar en grande y hacer lo mejor que uno pueda, pero también entender que las cosas hay que ejecutarlas, que están el esfuerzo, el trabajo y la acción”, dice Andrés.

A eso suman una manera optimista de atravesar las dificultades. “Tratamos de concentrarnos siempre en lo positivo, de transformar lo que pasa en un aprendizaje y no quedarnos en la queja. Es muy raro que las conversaciones de nuestra mesa sean sobre lo que está mal; hablamos más de lo que se puede hacer, de lo que está bien y de lo que se puede hacer mejor”, reflexiona Gastón.
La familia no se presenta como una postal perfecta. Hubo enfermedades, dificultades y decisiones complejas, pero los hijos reconocen una tendencia compartida a quitar dramatismo y buscar una salida. “Somos una familia muy optimista”, dice uno. “Somos demasiado optimistas”, corrige otro. Y las risas vuelven a llenar el living.
Diez primos y un lugar para volver
Los cinco hermanos formaron sus propias familias y Juan Carlos y Betty tienen diez nietos. Nadia vive lejos, pero regresa a la Argentina y el contacto familiar se mantiene a la distancia. Los primos también construyeron sus grupos. Benicio, el hijo de Andrés, cuando llega a Neuquén prefiere muchas veces instalarse directamente en la casa de Sebastián para estar con ellos. La Patagonia sigue siendo un territorio común y San Martín de los Andes, adonde Juan Carlos y Betty llevaban a sus hijos desde pequeños, se convirtió en otro de los puntos de reunión de las nuevas generaciones.

Flor observa la escena desde un lugar particular. Vino desde Buenos Aires como pareja de Gastón y terminó incorporándose por completo a esa dinámica. “Yo ya no puedo verla desde afuera. Son mis hermanos y mis suegros son como mis padres”, dice. Recuerda especialmente el nacimiento de su primera hija en Bahía Blanca, cuando su propia madre no pudo acompañarla porque su padre atravesaba un problema de salud. Betty viajó y estuvo a su lado. “Entró conmigo al quirófano”, cuenta.
La foto que los explica
Hacia el final de la charla pregunto: si tuvieran que elegir una fotografía que explicara quiénes son los Remy, ¿cuál sería? Una de las respuestas no remite a una fotografía real, sino a una imagen construida desde la memoria. “Yo imagino una mesa redonda en la que interactuamos y en la que mis papás nos permitieron hacer un ida y vuelta. Una mesa en la que nos permitieron ser”, dice Ramiro.
Gastón elige una fotografía tomada en ese mismo departamento, con las tres generaciones juntas: Juan Carlos y Betty, sus cinco hijos y los diez nietos. Pero Andrés recuerda otra imagen. Los hermanos están en Primeros Pinos cuando todavía eran chicos, rodeados de nieve y vestidos con lo que había. Uno tiene las antiparras, otro los guantes, otro los esquíes y otro las botas. Ninguno tiene el equipo completo. “Y estamos todos sonriendo. Seguramente la estábamos pasando bomba”, recuerda.
Décadas después, algunos de aquellos chicos vivieron en Nueva York, estudiaron en universidades extranjeras, condujeron grandes compañías, crearon empresas, diseñaron edificios en distintos países o desarrollaron desde la Patagonia tecnología aplicada a la salud. Cuando ellos mismos buscan una explicación para esos recorridos, sin embargo, regresan a imágenes mucho más sencillas.
“Nosotros como familia no nos definimos por el éxito profesional, ni por ser CEO, ni por ser el gran arquitecto o lo que sea, sino mucho más por las cosas simples y familiares, por los valores. Nos inculcaron que no te define el éxito ni las cuestiones hacia afuera, sino lo que somos hacia adentro como personas y como familia, y eso es lo que tratamos de transmitirles a nuestros hijos”, dice Gastón.
“Yo me siento docente”
Juan Carlos escucha el balance mientras la conversación llega a sus 80 años. “Hace años que digo que tengo 80 porque la gente me dice: ‘Ah, pero qué bien que estás’”, cuenta entre risas. Aunque enseguida hace su propia cuenta y aclara que todavía le faltan cuatro meses porque incluye los nueve meses de gestación. El juego con la edad contrasta con su manera de pensar esta etapa de la vida: más que mirar hacia atrás, sigue concentrado en lo que todavía quiere hacer.
Trabaja con herramientas digitales, explora las posibilidades de la inteligencia artificial y tiene un nuevo proyecto para Kranex. Quiere convertir el mismo edificio donde comenzó la empresa en un espacio de intercambio de conocimientos, con un aula en la que profesionales puedan encontrarse, aprender y compartir experiencias.

El proyecto completa un círculo que empezó mucho antes de la empresa, incluso antes de que la odontología se convirtiera en el centro de su recorrido profesional. “Yo me siento docente”, dice Juan Carlos.
Cuando habla de sí mismo, sostiene que esa fue siempre su verdadera profesión y que la odontología vino después. Enseñó anatomía cuando era un joven odontólogo en Conesa, fue docente universitario y dictó cursos y jornadas nacionales e internacionales. Ahora vuelve a imaginar un aula en el lugar donde alguna vez imaginó una empresa.
“Me siento como de 50, honestamente. Lamento la cronología porque me gustaría hacer más cosas. Hay días en que pienso ‘voy a hacer esto’, pero el físico no da para tantas cosas. En la cabeza sí. Ese es el problema: pienso mucho”, dice. Los hijos se ríen porque lo reconocen en esa frase.
Betty llamó a esa herencia “una ética del trabajo”. Juan Carlos prefiere hablar de enseñar y compartir lo aprendido. Los hijos agregan la libertad, el optimismo, la posibilidad de pensar en grande y la convicción de que después hay que trabajar para convertir las ideas en hechos.
Cuando le pregunto qué siente al escuchar a sus hijos no necesita una explicación larga. “Orgullo”, responde conmovido. Me mira, los ojos le brillan pero la cabeza no baja.
En la cocina sigue esperando la mesa larga con el mantel blanco, la misma alrededor de la cual dentro de un rato van a almorzar. Mientras Betty condimenta las ensaladas, ponen la mesa, hablan por teléfono, se besan, se abrazan. Tal vez la historia que intentaron reconstruir durante una hora estaba contenida desde el principio entre esa mesa y el aula que Juan Carlos imagina para esta etapa de su vida. En una están los hijos que aprendieron que podían hablar, discutir y elegir sus propios caminos; en la otra está un hombre que todavía piensa qué puede enseñar a quienes vienen detrás.
Entre una y otra transcurrieron más de cinco décadas, cinco hijos, cuatro nueras, un yerno, diez nietos, una empresa que pasó de una generación a otra y trayectorias que llegaron desde Conesa y Neuquén hasta distintos lugares del mundo. Lo que permanece es aquello que la familia aprendió a transmitir: la libertad para imaginar un camino propio y una ética del trabajo para recorrerlo.
Es viernes y todavía no es mediodía, pero en la cocina del departamento de Juan Carlos y Betty Remy, en el centro de Neuquén, ya hay olor a comida. La familia se reúne por el cumpleaños del papá. La mesa larga tiene un mantel blanco y muchas sillas esperan alrededor, mientras la conversación circula desde distintos rincones y cada uno se acerca a saludar, se presenta y consigue que una visita desconocida deje de sentirse extraña rápidamente.
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