Este señor es un payaso

27 ago 2017 - 00:00

Cambió la vista de su ventana. El destino lo trajo ahora a un lugar del sur que desconocía. Él igual se siente en casa: el aire acondicionado sigue donde estaba antes, su almohada, la cocina, su ropa. Todo viene con él.

Lo nuevo está afuera. Su hijo ya tiene un banco asegurado en una escuela de Roca. Irá al Centro de Educación Media 43, para cursar primer año. Debe ser la escuela número 20 desde que viaja con su papá.

La heladera ya está llena. El martes hizo las compras para la semana. Seguramente recurrirá a la lavandería para limpiar la ropa.

Sabe que después del jueves viene el grueso del trabajo, pero eso no lo tiene nervioso. Vestido con un conjunto deportivo de acetato negro y gorra, se presenta: “Soy Narices” dice, antes de entrar a su camarín.

“Toda la gente me ha dicho que soy muy serio, no me gusta el baile, no me gusta salir a rumbear. Soy feliz en la casilla viendo tele”, comenta este hombre que tiene 32 años y que tras un cálculo rápido estima que ya suma 12.000 funciones en su vida. La improvisación le asegura la defensa cuando las luces lo ubican en el centro de escena.

Entre el desorden de un pequeño espacio donde se dan los últimos retoques antes de salir al escenario él y sus compañeros artistas, cuelga prolijo en una percha un traje . Este hombre es un payaso.

Su nombre oficial es Javier Ortiz. Nació un 7 de mayo en Cucuta, un municipio colombiano, capital del departamento de Norte de Santander. El mundillo del circo lo deslumbró desde siempre. De hecho, su fascinación lo encontró frente al espejo cientos de miles de veces, practicando caras, gestos, tonos de voz.

Recuerda cómo le brotaba la emoción de la piel cada vez que veía llegar una larga caravana de trailers. Era incontenible, le explotaba el corazón.

Otra vez sus ojos encontrarían el placer a pocas cuadras de su casa. Bolsas de papel repletas de “crispetas”, bombones o perros calientes lo acercaban a la entrada. Los bolsillos flacos no iban a dejarlo detrás de la puerta. Si vendía bien podía asegurarse el disfrute, adentro todo era magia.

Tenía siete años. Era un niño más entre el público, pero en sus planes, él no era uno más en el coro de risas.

- “Mamá, yo quiero ser payaso”, le decía al volver a Teresa, la mujer que lo cobijó desde sus seis meses.

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Un día se puso los pantalones grandes de su mamá sujetados por tirantes, escondió su pelo bajo una peluca, se pintó la cara y dejó su seriedad en la casa. Salió a poner en práctica lo que había aprendido hasta entonces. Desde ese momento fue siempre el animador de las fiestas de navidad de los niños en su barrio.

“A trancas y a mocha” –como él dice– llegó a octavo año de la escuela. “Cuando llegaba un circo yo me iba a trabajar allí. A veces no iba a clase y me iba todo el día al circo a ensayar, a trabajar. Tuve mucho problema cuando era niño con mi madre, me separé de ella por eso”.

A los 9, su carisma conquistó al dueño del gran circo. Le reservó un lugar entre los artistas, lo pintaron y subió al escenario. Empezó con cosas pequeñas que se volvieron más grandes. Nunca más pudo irse.

“Tanto me gustaba que ahí me quedé, me salí del estudio y me fui de la casa. Mi mamá al principio me apoyó, ya a lo último le agarró rabia y fobia al circo. Me escapaba y se iba a otro pueblo a buscarme, decía que me iban a hacer demandas porque yo era menor de edad, pero yo volvía. Mi vida ya era el circo”.

Fue trapecista, malabarista, lanzador de puñales, ayudante detrás del telón y hasta vendedor de entradas, aunque nada le calzaba mejor que la función de hacer reír. “Naricitas” lo bautizaron. “Era el mil usos, no sólo el payaso, porque empecé en los circos de barrio, que son los chicos, rotos, feos... pero que tienen la mejor escuela”.

A los 15 mejoró su vestuario y aplicó otras técnicas para el maquillaje. Armó un show y se jugó un lugar en el Circo Gigante Modelo. Tuvo la oportunidad y con ella el pase para irse luego a Ecuador. Ya se hacía llamar “Narices”. Javier pasó al olvido, ya nadie le dice así. Hizo pareja y fue papá. Desde allí a las Fiestas Patrias del Perú, más tarde a Venezuela, a Bolivia, Chile, Paraguay y Argentina.

Ahora lo acompaña Nikito, que tiene 13 años. Dicen que es “el payasito más chiquito de los circos del país”. Es su hijo mayor. Lo bautizaron Jeison al nacer, pero sigue los pasos de su papá y sube con él en cada función, con su nombre artístico a cuestas.

Lo que lo pone triste es que sus otros dos hijos, Brian (11) y Cristian (9) quedaron en su país con su exmujer luego de que decidieran poner fin a su unión y tomar caminos distintos. Asegura que siendo payaso gana bien, lo suficiente para pagar las cuotas para mantenerlos.

“Desde chico, cuando me separé de mi familia, soy solo. Me toca cocinar, lavar, atender a mi hijo y llevarlo a la escuela, todo me toca a mí ”, asegura, atesorando un neceser entre sus manos: adentro tiene sus maquillajes y su infaltable espejito de mano.

Su vida transcurre en un viaje permanente. No piensa en un pedazo de tierra y menos en una casa propia. “¿Encerrado en cuatro paredes? Me vuelvo loco”, asegura. Lo que puede lo ahorra para comprarse una camioneta allá, pero que no sabe tampoco cuando usará. “Mi vida es el circo, andar”.

“Lo más lindo de trabajar de payaso es que conoces gente, costumbres, lugares. Eso es lo que disfruta uno además de hacer reír a las personas”. Robarle una sonrisa a un adulto, el desafío de todos. Narices sabe que para lograrlo la receta es meterse en el personaje, cada payaso forma el suyo. “Payaso se nace, no se hace. Pueden haber miles y saber los shows y ser viejos en el circo, pero si no traen la alegría por dentro, no vale”.

En medio de la charla, el hombre abandona el negro y se viste de color naranja, usa un par de zapatos blancos con detalles en negro y los 15 minutos frente al espejo, le cambian hasta la voz.

“Cuando me pinto, me transformo. Somos muy diferentes el payaso y yo”.

Narices participará hoy de tres funciones: a las 15:30, 18 y 21:30 en el circo Mundial.
Desde el 1 de septiembre se podrá disfrutar su show en Centenario.

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