Los aritos eran gritos de guerra en las comunidades indígenas

20 ene 2002 - 00:00

NEUQUEN (AN).- La moda adolescente de colgarse aritos en el labio, la ceja y la nariz se remonta a las primeras culturas indígenas de la Patagonia. Se llamaban tembetas y eran parte del ritual de ingreso de los niños en la vida del guerrero.

El investigador Jorge Fernández encontró cinco ejemplares en la cueva de Haichol, resguardo de 7.000 años de historia de los primitivos habitantes de Neuquén.

Dicen que las modas vuelven y a veces lo hacen desde muy lejos en el tiempo. Los aros que los jóvenes exhiben en su rostro son el rescate inconsciente de una costumbre ancestral de los aborígenes de la Norpatagonia.

Fernández, recientemente fallecido, investigador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet), dedicó su vida a indagar los secretos de la tierra neuquina. Uno de sus lugares preferidos fue la cueva de Haichol, ubicada a 35 kilómetros de Las Lajas. De las profundidades del lugar rescató utensilios, restos óseos y armas indígenas que le permitieron reconstruir una vida y una cultura sepultada hace miles años. Entre los misterios develados que este profesor dejó como legado, existen cinco tembetas cilíndricas que se relacionan, salvando las distancias temporales, con los aritos de los adolescentes de hoy.

Las tembetas, según los primeros estudios de Fernández, tienen su origen en el Planalto brasilero y llegaron a esta zona a través del contacto con las comunidades indígenas guaraní, tupi-guaraní y chiriguanos.

El término Tembeta deriva de la expresión tupi-guaraní "tembé": labio, "Ita": piedra. Estos adornos de piedra y metal eran utilizados como símbolos de ascenso en la escala jerárquica de las sociedades. Los objetos se les colocaban a los niños a partir de los 6 años y nunca después de los 12 años. Quienes recibían esta marca ingresaban automáticamente en el mundo del guerrero adulto. El ritual consistía en perforar con una punta bien afilada, debajo del labio inferior en cuyo hueco se introducía una pequeña "cañahuequita", tembeta. Durante muchos años los pueblos patagónicos decoraron sus rostros con estos adornos, pero los procesos de aculturación, mestizaje y evangelización española fueron enterrando de a poco este culto.

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