Murió Indio Solari: el último pogo del míster
Con el fervor de las grandes despedidas de la historia nacional, una marea humana peregrinó para decirle adiós a Carlos “Indio” Solari. Postales de un último pogo que cierra, para siempre, el siglo XX. Escribe Hernán Panessi.
Escribe Hernán Panessi.
Murió el Indio Solari. El pecho se estruja. Corren horas espesas para la República Argentina. Como en todas las despedidas, cada uno atraviesa el desgarro como puede, con lo que tiene a mano: no existe un manual para amansar los dolores del alma. Poco a poco, la geografía de Plaza Constitución, una de las estaciones centrales de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, empieza a inflarse, a crujir bajo el peso de un hormigueo incesante. Las huestes ricoteras bajan apresuradamente de los colectivos, asoman por las escaleras del subte y se reconocen en la mirada: hoy, el dolor es su irremediable destino. Nadie lo anuncia en voz alta, pero todos saben que viajan a estrolarse de frente contra la realidad.
El destino de este nublado domingo de junio es el Polideportivo Gatica, en Villa Domínico, en el partido de Avellaneda. En el tren que devora los kilómetros hacia el sur del conurbano, el aire se carga de una devoción rústica, algo desesperada. Hay gargantas que se queman con vino barato y ojos fijos en la ventanilla, que acompasan con alguna canción vomitada desde el celular, buscando algún tipo de horizonte, algún tipo de respuesta. El Indio Solari fue un catalizador de la alta cultura y un simplificador de nociones que tocaban el corazón del pueblo. Allí están ellos: si hay dolor es porque existe el amor.
Murió Indio Solari: «Gracias, Indio»
La máquina se detiene finalmente en la estación de Sarandí. Acá no importan las caminatas, ni importan las piernas cansadas. La consigna no necesita ser explicada: se marcha, en una procesión que tiene que ver más con la Virgen de Luján que con un velatorio popular. Con el corazón en la mano y con el orgullo intacto. “Gracias, Indio”, le dicen las masas a su ídolo, en una despedida que tiñó a Avenida Mitre, a cuadras de las sedes del Club Atlético Independiente y de Racing Club, de un realismo mágico y brutal. Una escena que no podría pintar ni el mismísimo Leonardo Favio.
La fila se deforma por las calles y aquella imagen literalmente es la de un océano de gente. Un monstruo de mil cabezas que avanza con algo de parsimonia, con algo de alegría y con mucho, definitivamente mucho, de confusión. Aquí no se divisa el principio ni se intuye el final. Los ricoteros están donde hay que estar. Las banderas argentinas flamean pesadas y se mezclan con los trapos de Los Redondos, esos que sobrevivieron a todas las tempestades del rocanrol.
El aire huele a parrilla, a lágrimas contenidas y a esa extraña fraternidad que sólo florece en el barro de las causas perdidas. Los estruendos y los sorbos de alcohol marcan el pulso de un velatorio que tiene más de procesión pagana que de llanto silencioso. Aquí, conviven el rezo peronista, el grito tribal, el pogo espontáneo, el llanto despedazado y la certeza de que el Indio Solari es para siempre.
Murió Indio Solari: el arquitecto de las misas
A medida que las horas se escurren extrañas y el sol empieza a caer, la tarde se vuelve un limbo lleno de bruma. Cae sobre los hombros un delicado manto de humedad. Allí, la fila avanza lentamente y las remeras con frases ricoteras se venden y se compran como reliquias de una era que se cierra para siempre. Y desde la televisión, algunos datos: “Hay más de un millón de personas”. Hay, acá, un vacío gigante en el pecho de esta masa, de este malón inherentemente popular.
Cerca de las vallas del polideportivo, apenas a unos metros del encuentro con el ídolo, brota prácticamente de la nada una tensa calma. Un silencio sepulcral. Al cruzar el último retén, el bullicio se evapora. El comunicado oficial apunta a que, por ahí, vienen pasando unas 15.000 almas por hora. Y, de pronto, pum, ahí está él, el arquitecto de las misas que salvaron tantas vidas. El poeta. El marido de Viru. El que no lo soñó. El que anduvo con Skay y con Poli. El que se distanció de Enrique Symns. El que bancaba a Lali, a Wos y a Bizarrap. El que dejó una obra personal que es —desde este instante— de todo el pueblo argentino. De vos, de vos y de vos también.
Murió Indio Solari: el último pogo
“Gracias, Indio”, agradecen desconsoladamente sus fanáticos. Y ahora, el camino hacia su canonización como mito popular y eterno no tiene retorno alguno. El pogo más grande del mundo se convierte de sopetón en un last dance, en el último pogo. Esta es la despedida más grande de la historia nacional, dicen, junto a la de Gardel y a la de Evita. Acá, en este preciso instante de la historia, el siglo XX pone su punto final.
Escribe Hernán Panessi.
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