Para escaparle al estrés, nada como diseñar zapatos y ropa

Las mujeres que asisten a dos talleres en Neuquén fabrican sus propios calzados y prendas. Los brindan dos diseñadoras que se capacitaron en Buenos Aires y regresaron a la ciudad. Las alumnas transformaron las clases en un espacio de encuentro.

12 oct 2018 - 23:30

Decirle adiós al estrés parece imposible a veces. La rutina no ayuda mucho y las obligaciones diarias tampoco. Algunos optan por hacer deportes, otros por cocinar y ellas eligieron dar sus primeros pasos en el diseño: son mujeres de todas las edades que se animaron a fabricar zapatos y a coser sus propias prendas de vestir.

Se animaron a poner en marcha su creatividad y para eso encontraron un espacio donde pueden crear, soñar, volar y dejar ir todas sus preocupaciones. Son justamente en los talleres que dictan dos diseñadoras neuquinas que no dejan de apostar a sus pasiones: diseñar indumentaria y fabricar zapatos.

En un punto, sus historias son similares: estudiaron, se capacitaron y regresaron a Neuquén para darle rienda suelta a su creatividad. Ellas son Jorgelina Duccoli y Amancay Martín. Son diseñadores, emprendedoras y profesoras. Ambas se definen como “diseñadoras a tiempo completo”.

Las dos tienen sus propias marcas: una de indumentaria y la otra de calzado. Pero si hay algo que las une es el amor por lo que hacen, la pasión que le ponen a cada diseño y la satisfacción que les da dar clases. Y fue justamente en este rol que descubrieron un abanico de posibilidades para crecer como profesionales.

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Jorgelina cuenta que a su taller asisten alumnas de todas las edades, desde los 7 años y hasta mujeres de 60. “Cada una viene por diferentes razones, pero siempre coinciden en que acá encuentran un lugar para compartir, para encontrarse”, asegura. Su sello personal en cada clase son los pochoclos y los mates. Sin ello no se empieza. “Llegan y me piden que les haga pochoclos. Mientras trabajan, van comiendo y tomando un mate”. Recuerda que dio sus primeros pasos en la costura por herencia: su abuela era una gran modista a quien siempre admiró.

Diversión asegurada

Asegura que sus alumnas van a distraerse, a divertirse. “Vienen a pasarla bien. El taller se transformó en un lugar de encuentro para ellas”, indicó. Inclusive contó que hay madres que van con sus hijas. “Les ayuda a profundizar su vínculo y a compartir un momento juntas”, sostuvo.

La diseñadora estudió en la Universidad Nacional de Buenos Aires hasta que decidió regresar a suelo neuquino. Desde 2011 que dicta el taller que siempre tiene cubiertas las vacantes. La impronta de su taller lleva su estilo: “Las clases son personalizadas porque cada alumna elige qué hacer”, aclaró. El espacio donde dicta las clases es una extensión de su casa. Para quienes han tenido la experiencia de pasar una tarde allí no pueden dejar de decir que “es como estar en casa”.

Compartir sana

El aroma a cuero y las risas son una de las tantas particularidades del taller de calzado que dicta Amancay. Ella se lo adjudica a que todas las que van tienen buena onda y que van en busca de descubrir cómo hacer un zapato. “La curiosidad las atrae: nadie sabe cómo se fabrican”, aseguró Amancay. La diseñadora apostó a dar clases para tener un nuevo ingreso, pero con el tiempo fue notando que abrir el taller fue una de las mejores decisiones de su vida: “Entre charlas compartimos nuestras experiencias, tratamos de pasarla bien y, a veces, se dan conversaciones profundas. Es muy terapéutico”, señaló.

Ella divide su tiempo para fabricar calzado y dar clases. La mañana la dedica a hacer zapatos y por la tarde se encuentra con sus alumnas con las que algunas ya son amigas.

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La diseñadora está convencida que uno de los tantos factores que atrae a sus alumnas es que “hacer algo con las manos es muy terapéutico”. Cree que todas las etapas de la fabricación del calzado “te obligan a estar ahí presente, en el aquí y ahora”, indica.

Son muchas las mujeres interesadas en comenzar: tiene una lista de futuras alumnas que esperan un lugar. “Actualmente tengo cuatro grupos de alumnas y una lista bastante extensa de espera”, puntualizó la diseñadora neuquina. “Ahora hay muy pocas alumnas nuevas porque todas se enganchan mucho y no dejan”, subrayó.

Sus alumnas la llaman “Aman” y comparten todo con ella: desde sus tristezas hasta la satisfacción cuando terminan un zapato. Ella y sus alumnas todo lo hacen mientras eligen qué cuero usar, cortar el material y pegar lo que estén haciendo.

Son mujeres de todas las edades y profesiones. Pero hay algo que las une: la pasión por los zapatos. Y sin querer hallaron un lugar donde pueden olvidarse de todo para encontrarse.

Dos talleres que iniciaron para dar clases como cualquier otro pero que con el tiempo tomaron nuevos rumbos. Ya instalados, hoy son opciones como terapias alternativas, que muchas mujeres buscan. Adiós al estrés, a las preocupaciones y a las obligaciones: es hora de diseñar, de crear.

Jorgelina Duccoli
39 años . Casada.
Un hijo (Pedro de 7).
Estudió diseño en la UBA.
En 2011 regresó a Neuquén y comenzó a dictar el taller.
Amancay Martín
33 años . Casada.
Estudió en diseño del Habitat de Neuquén y en Buenos Aires se capacitó en fabricación de calzado. Dos hijos (Ema de 4 y Lautaro de 4 meses). En 2010 regresó a Neuquén y comenzó con clases particulares. Seis años después empezó con los talleres que dicta hoy.
Coser, cortar, crear: un cable a tierra

Una de las alumnas de Jorgelina es hotelera toda la semana, madre de tres niños y con muchas responsabilidades. Cuando llega a la casa de su profesora y comienza a crear se transforma en una verdadera diseñadora. “Es mi cable a tierra”, dice mientras corta una tela. Georgina Cozzari, de 33 años, siente que puede conectarse con ella misma y hacer prendas para sus hijos, para regalar y para ella. “A veces vengo y no hago nada. Pero me tomo un mate, charlo un rato con mis compañeras y compartimos lo que nos pasa”, resaltó.

Sus semanas son ajetreadas. Entre el trabajo, su casa y las actividades de sus hijos el tiempo vuela. Pero cuando llega al taller siente que el tiempo se detiene y que ese momento es suyo. “Acá venimos a compartir, a tomar un mate, a escucharnos. Es nuestro momento”, aseguró.

Ella es una de las alumnas que más tiempo lleva asistiendo. Hace 3 años que comenzó y afirma que seguirá porque ya es parte de su vida.

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“Hacer algo con las manos es muy terapéutico. Te trae al presente, a estar aquí y ahora. Para mí es una pasión fabricar zapatos”,
indicó Amancay Martín.
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“Ellas se enganchan mucho porque se conectan consigo mismas”,
aseguró Jorgelina Duccoli.
¿Cuántas son?
25
Las alumnas del taller de costura. Hay alumnas de entre 7 y 60 años.
23
Las alumnas que asisten al taller de calzado. Mujeres entre 25 y 60 años.
Mates, sonrisas, charlas y trabajo

Apenas llegan al taller, sus risas inunda el lugar. Se saludan, preparan el mate y comienzan a trabajar. Mientras lo hacen van charlando sobre cómo estuvo su semana, se piden consejos y hasta intercambian ideas para hacer sus zapatos.

Una de ellas es Elira Miranda. Tiene 34 años, es profesora en química y llegó al taller cuando vio unos borceguíes en un local céntrico que había hecho, justamente, quien hoy es su profesora de calzado.

“Hace más de un año y medio que empecé y pienso quedarme mucho tiempo más”, se ríe y agrega: “Acá me desenchufo de la vorágine de la semana”.

Elira cuenta que ya hizo 23 pares de zapatos y que su sueño es poder hacer unos para bailar flamenco.

“Sería un sueño hacer mis propios zapatos de flamenco. Pienso seguir hasta poder hacerlos. Siento que es maravilloso contar con una profesora que tiene la paciencia, humildad y generosidad de enseñarnos todo lo que sabe. Por eso los miércoles -el día que va al taller- son míos”, concluyó.

Otra de las alumnas es Rossana Coscia (44), quien durante el día trabaja como supervisora de estaciones de servicio. Es diseñadora de indumentaria y asegura que cuando entró al taller por primera vez supo que iba a quedarse. “Acompañé a una amiga a inscribirse y cuando dijo que los horarios no le coincidían la miré a Amancay -profesora del taller- y le dije: yo voy a venir”.

Ella asegura que allí terminó por encontrar su pasión. “Cuando entré -por el taller- me enamoré. Sentí algo especial”, explica.

Cada creación es especial porque sostiene que la hace pensando en quién va a llevar ese zapato. “Le pongo todo”, cuenta Rosana mientras define qué cuero va a usar en su nuevo proyecto.

Ella hace un año que asiste y resalta que encontró allí un grupo humano.

“Este taller superó mis expectativas. Acá nos contamos los que nos pasa. Compartimos todo”, terminó diciendo.

Neuquén

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