Se cumplen cien años de la llegada del ferrocarril a la estación Neuquén

El puente y la llegada del tren fueron el disparador de una nueva historia. El 12 de julio de 1902, la máquina atravesó el río entre los vapores del whisky.

07 jul 2002 - 00:00

Locomotora "Frutera"

Formación inaugural de 1899

<a href="images/losf.gif" onclick="CSAction(new Array(/*CMP*/'F696DF2'));return CSClickReturn();" csclick="F696DF2">Los Ferrocarriles</a>

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NEUQUEN (AN).- El 26 de junio de 1901, el maquinista Antonio Mazzarolo hurgó en uno de esos lugares donde sólo los ferroviarios pueden guardar algo y alzó una preciosa botella inglesa que contenía un líquido amarillo que no era té. A su lado, su paisano Francisco Della Negra aceptó el convite y juntos bebieron whisky del mejor en una autorizada violación al reglamento de la empresa Ferrocarril Sud. Pasó el primer trago y enseguida otro, y otro. No era un día cualquiera.

"Estaba todo seguro, los ingleses habían medido todo, vio cómo son los ingleses, pero igual tomaron un poco de coraje y se tomaron algo", cuenta la abuela Dolores Vargas de Della Negra, la nuera de don Francisco, el foguista o fogonero de la primera máquina que cruzó sobre el puente metálico que, desde entonces, une a Cipolletti con Neuquén. Ese día de junio Mazzarolo y Della Negra cumplieron exitosamente con la prueba de resistencia del puente que le ganó la pulseada a un bravísimo río Neuquén que -en más de una oportunidad- arrasó con los terraplenes de la obra. Una año después, el 12 de julio de 1902, el puente que los ingleses trajeron desde Birmingham fue atravesado por una engalanada locomotora a vapor que se metió en la historia, la máquina 205, que cruzó el río y terminó llena de festejos en la estación de Neuquén.

Está claro que fue esta obra ferroviaria la que cambió para siempre la historia del paraje Confluencia, hasta entonces un caserío mínimo y disperso al que sólo se podía llegar en balsa, siempre y cuando el Neuquén estuviera de humor.

Dolores Vargas recuerda que "ése día, siempre era tema de conversación" por parte de suegro, un italiano nacido en Parma que, llegado a la Argentina allá por 1890, comenzó a trabajar en Ferrocarril Sud. Francisco siempre vivió en Bahía Blanca, donde tuvo 13 hijos, uno de los cuales, su homónimo, se radicó en Neuquén en la década del 30. Por aquí, en la capital de la provincia, están sus retoños.

A cien años de la llegada de la máquina 205, los ex ferroviarios neuquinos alistan un festejo especial, nostálgico y apasionado, que tendrá su punto máximo el próximo viernes a las 11. Ese día, en la estación neuquina se espera la llegada de una formación del tren presidencial y el de una máquina a vapor, igual a la 205, y muy parecida a la que cargó a Mazzarolo y Della Negra en 1901. Paralelamente, a 184 kilómetros por las vías, el gobierno provincial retomará los trabajos del oxidado proyecto de un tren trasandino que (¿será esta vez?) unirá a Argentina y Chile.

Es curiosa la relación del país trasandino con los trenes argentinos. Fueron precisamente los conflictos de límites con Chile los que generaron el trazado de los rieles que unieron a Bahía Blanca con Neuquén. Esa mala relación con los vecinos repercurtió en Europa donde, cuando no, "los banqueros suspendieron sus negocios en la Argentina; la inmigración se paralizó; los negocios internos se estancaron; los capitales se tornaron medrosos y la opinión general vislumbró muy cercano el fantasma de la guerra", afirma Arthur Coleman en su libro "Mi vida de ferroviario inglés en la Argentina".

Fue en ese contexto que el gobierno argentino se movilizó en pos de un posible conflicto y -como primera medida- promovió una línea férrea estratégica para colocar rápidamente, en caso de un conflicto, un ejército en la cordillera de los Andes.

El primer paso lo dió el ministro del Interior Benjamín Zorrilla quien consideró que Ferrocarril Sud era la empresa ideal para esta obra que se hizo en tiempo récord y en un delicado contexto que, entre otras cosas, llevó a imponer el servicio militar obligatorio. La inauguración de la obra hasta lo que hoy constituye el Alto Valle dio se hizo el uno de junio de 1899, y estuvo a cargo del entonces presidente Julio Argentino Roca.

Una enorme formación de tres trenes con todas las comodidades imaginables llegó desde Buenos Aires al acto de inauguración que se realizó en Chimpay donde, al llegar la comitiva, se hizo acto veloz. Es que el agua del río Negro ya había cubierto la playa de la estación. No hubo tiempo para mucho; así que apenas Roca terminó de decir lo suyo los convoyes emprendieron la retirada ante el avance de las aguas. Dos minutos después de que el último tren cruzara de regreso sobre una alcantarilla, la furia del río Negro se llevó un puente y un terraplén. Fue recién en el Fortín Uno (Río Colorado) que la comitiva pudo fumar los cigarros y beber el champagne que el vapor francés Chile había descargado en el puerto de Buenos Aires. Por los cigarros y el champagne, los trenes demoraron dos días la partida de Constitución. La carga del Chile estuvo en cuarentena.

Con todo, la gran fiesta que debía realizarse en Roca tuvo como escenario Río Colorado. Tres años después, los ríos fueron domados definitivamente por obras de contención y por el puente metálico roblonado que sigue firme y en uso. Así empezó una nueva historia para esta parte de la Patagonia, hace cien años y a caballo de la máquina 205.

Rodolfo Chávez

Viajar a la Confluencia vía Santiago de Chile

NEUQUEN (AN).- Antes de la llegada del ferrocarril, el recorrido entre Buenos Aires y Chos Malal (la capital del Territorio) podía demandar entre un mes y medio y dos meses. Ya con el tren, desde la estación Limay (el nombre que tenía el lugar donde hoy se erige Cipolletti) el viaje a la ciudad del centro demandaba entre 8 y quince días.

Según reproduce Arthur Coleman en su libro "Mi vida de ferroviario inglés en la Argentina", en 1889, el jefe de la segunda sección del ministerio del Interior, Gabriel Carrasco, cuenta que estando en Santiago de Chile se encontró con el coronel Manuel Olascoaga, por entonces jefe de la comisión de límites con Bolivia.

-¡Mi coronel! ¡Cuánto gusto verlo por aquí! ¿Y qué de bueno lo ha traído a Santiago?

-Vengo de paso para mi gobernación del Neuquén, le contestó Olascoaga.

-¿Cómo? ¿Para ir a Neuquén, usted pasa por Santiago de Chile?

-Es claro mi buen amigo -respondió el coronel- Como que tomando el tren a Buenos Aires a Mendoza, pasando allí la cordillera y repasándola después frente a Neuquén, llego más pronto y descansadamente a mi gobernación que atravesando a caballo las cientos de leguas pampas, desiertos y montañas que la separan de la capital argentina- cerró Manuel José Olascoaga.

El diálogo -que Coleman rescató para su obra- fue elevado por Gabriel Carrasco a sus superiores del Ministerio del Interior.

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