Sociólogos y fútbol

Por Héctor Ciapuscio

En el «Journal da Unicamp», periódico que edita la universidad brasileña de Campinas, aparece un reportaje a un argentino, doctor en Sociología del Deporte por universidad inglesa, que está ahora allí en pasantía. Pablo Alabarces, quien escribió «Fútbol y patria», un libro sobre las relaciones entre el fútbol y el nacionalismo, desgrana en el reportaje sus ideas sobre este fenómeno de la cultura popular. Habla del crecimiento explosivo del periodismo deportivo, de la televisión que puede ocuparnos el día entero con partidos, de diarios especializados como «Olé» en la Argentina y «Lance» en el Brasil consagrando ediciones voluminosas a minucias que son devoradas por los hinchas.

Comentando el odio futbolístico entre brasileños y argentinos, dice que se originó en el desequilibrio en cuanto a éxitos en los campeonatos mundiales -tres copas para los unos entre 1958 y 1970, ninguna para los otros- además del factor económico: decadencia industrial de la Argentina, levantada brasileña en los últimos treinta años. Son hinchadas diferentes. Los argentinos sienten más pasión por los clubes, mantienen una cultura «tribal», de barrio o territorio -las «barrabravas» son expresión violenta de complicidades con políticos y policías en procura de ventajas económicas-, mientras los brasileños, que tienen a sus «torcedores» de clubes hasta ordenados y reconocidos por un estatuto, se apasionan más por sus selecciones.

En nuestro país el sociólogo más interesado en el fútbol como fenómeno popular es Juan José Sebreli. Son conocidos algunos comentarios provocativos suyos sobre el juego que le han reportado -del lado de «los que saben de fútbol» (que somos, naturalmente, casi todos)- calificativos como descolgado, entrometido o ignorante. Pero a estos reproches de meterse él con el fútbol contesta que no, que el fútbol se mete con él, le toca vivir en una sociedad donde todo está inficionado por el fútbol. En los últimos años, las mayores fuentes de ganancias para los clubes son el «sponsoreo», la transmisión por tevé de los partidos y la compra-venta de jugadores, un verdadero tráfico de seres humanos en el que algunos dirigentes ganan altas comisiones. Dice -con ejemplos de trampas como «la mano de Dios» de Maradona contra los ingleses en el '86, festejada como una viveza entre nosotros, y el triunfo con sobornos ante Perú en el '78 – que es un deporte de caldo gordo para la ilegalidad. Y ya, nos parece, en franca actitud de irritar, se las toma con los hinchas. Los ve como «pasivos y dogmáticos, personas que carecen de espíritu crítico y sentido del humor». Detesta su fanatismo. «El hincha es una variante de la personalidad autoritaria; no pueden faltar en él ni racismo ni xenofobia». Parece desconocer a los de otra clase, los entusiastas de un deporte alegre y limpio.

 

«Opio del pueblo»

 

Ambos sociólogos le dan un lugar especial en sus reflexiones al asunto de la utilización del fútbol por las dictaduras para adormecer conciencias. Pablo Alabarces recuerda un tiempo cuando la izquierda atribuía a los militares el uso político del fútbol como «opio del pueblo». En su opinión, sin embargo, esa hipótesis ha sido eficazmente combatida por las ciencias sociales en los últimos veinte años; nadie puede plantearlo hoy seriamente. No hay un caso histórico de causa-efecto. Sostiene que la dictadura brasileña no fue más larga ni más exitosa por la victoria en la Jules Rimet de 1970 y tampoco la dictadura argentina por el título en la copa del '78.   

La opinión de Sebreli es distinta. En «La era del fútbol» presentó a este deporte-espectáculo como un instrumento utilizado por los que mandan para manipular a la población, distraerla con él para tapar sus problemas. En un reportaje refirmó su aserto con el ejemplo de 1978 cuando, dijo, los dictadores militares fueron aclamados en Plaza de Mayo al grito de «Videla corazón». Propone que los tres grandes momentos del deporte en el siglo XX son el Mundial de Fútbol de Mussolini, las Olimpíadas de Hitler y el Mundial de la Junta Militar argentina.

Complementando esa idea del sociólogo, podemos referir las de intelectuales famosos que -desde actitudes con raíz, digamos, política en un caso y elitista en el otro- coinciden. Naom Chomsky, el célebre lingüista, sostiene que la difusión masiva en televisión de los deportes tiene el propósito de «mantener en línea a la chusma» (keeping the rabble in line). Que cuanto más pensemos y nos obsesionemos sobre el deporte, menos pensamos sobre cosas como la erosión de las libertades civiles, la corrupción de nuestros dirigentes o la ruina del planeta por las grandes corporaciones. El otro comentario -intencionadamente conectado con la famosa metáfora de Marx («La religión es el opio del pueblo»)- pertenece al polígrafo George Steiner. Es éste: «Ahora tenemos una religión en la Tierra, se llama fútbol, es la única religión planetaria».


En el "Journal da Unicamp", periódico que edita la universidad brasileña de Campinas, aparece un reportaje a un argentino, doctor en Sociología del Deporte por universidad inglesa, que está ahora allí en pasantía. Pablo Alabarces, quien escribió "Fútbol y patria", un libro sobre las relaciones entre el fútbol y el nacionalismo, desgrana en el reportaje sus ideas sobre este fenómeno de la cultura popular. Habla del crecimiento explosivo del periodismo deportivo, de la televisión que puede ocuparnos el día entero con partidos, de diarios especializados como "Olé" en la Argentina y "Lance" en el Brasil consagrando ediciones voluminosas a minucias que son devoradas por los hinchas.

Registrate gratis

Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento

Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora