Soria - Peralta: cuando un Carlos salvó al otro Carlos

Yo vivo por este pibe – dijo Carlos Soria a un periodista y le presentó a Carlos Peralta.

Fue en Roca. A comienzos de los ´90, en un lindo pub que su corta existencia transcurrió en la calle San Martín entre Av. Roca y Sarmiento.

Y de mano de Soria vino la historia.

- Yo me había comprado un gomón y con éste (por Peralta, claro) nos fuimos a probarlo a Paso Córdoba. El se quedó en la costa preparando no sé qué. Yo aceleré el gomón, me alejo de la costa y no sé qué hice...el ancla, no sé que carajo hice y el gomón se dio vuelta, me golpeé quedé medio atontado, flotando...chapaleando, y de golpe siento que éste me gritaba... “ ¡Tranquilo gringo!....!Tranquilo!”... Se había largado y venía nadando a todo vapor... Me agarró, me sacudió...Llegó otra gente... ¡Pero éste me salvó la vida!...

- Mucho gusto – dijo Carlos Peralta. Estrechó la mano del periodista. Mirándolo, acotó con resignación...

- Y... ¡Uno hace cada cosa!...

Morocho. Genética que le asegura pelo bien abulonado hasta que la cuenta diga basta. Cara de sargento de la bonaerense en cruce de ruta y agotado de tanto borcego, el día que Carlos Peralta conoció a Carlos Soria, organizó mucho de vida personal.

Y le dio sentido, dirección a esa urticaria que sentía desde pibe de espíritu inquieto y cadete y luego empleado de comercio: la política.

Se conocieron en los entrecijos del peronismo. Ahí, donde nada es light. Tampoco un espacio apropiado para la metafísica.

Y definieron su relación en términos de firme lealtad. Carlos Soria reconoció en Carlos Peralta, su mano derecha para esa exigencia que recorre la política desde los tiempos del Neardenthal: las mil operaciones santas y no santas que le dan contenido. No la política del “debería ser”. Sino la que “es”. La política como “arquitectura completa, incluso los sótanos”, escribió Ortega y Gasset en “Tríptico”, un trabajo que con más de 70 años a cuesta, sería interesante que leyera la dirigencia.

Y en esa misión, Carlos Peeralta fue un todo terreno para el otro Carlos.

En todo su largo camino junto a Carlos Soria, Carlos Peralta fue chofer. Boletinero de cuanta línea interna en el PJ armara aquel. Responsable de cuanta campaña electoral pusiera aquel en marcha. Y de ser necesario, filtraba a un compañero que sacaba los pies del plato, para decirle que ese salir le sería insalubre.

Cálido en el trato a pesar de cierta gestualidad hosca. Buen humor. Solidario. Hombre de cuna humilde, Carlos Peralta aguantó a pie firme el borrascoso y destemplado estilo con que solía relacionarse Carlos Soria con sus coraceros más fieles.

Ese discurrir del verbo agresivo que estallaba en un tronante “¡Pelotudo!” Y acto seguido devenía en una inmediatez profundamente cálida, sinceramente sentida. “¡Carlitos viejo y peludo nomás!... ¡Ya vas a ver cuando lleguemos a la gobernación!.... ¡Mierda Carlitos, vamos a poner patas pa´ arriba esta provincia!...

Sí, sí “gringo”...pero esperemos, esperemos....

¡Qué, estás aflojando!... ¡Qué te pasa, carajo! – chillaba entonces Carlos Soria.

Como aquella noche de hace seis años en “De Felipe”, en Roca. Carlos Peralta comentó que uno de sus pibes ingresaba al Colegio Militar de la Nación. El otro Carlos reaccionó.

Pero dejate de joder Carlitos...Ahí los gritan todo el día, los mandan todo el día...ordenes, ordenes, ordenes...Vos sabés como son los milicos...

Mirá quién se queja – le respondió Carlos Peralta...

Y así, Carlos Peralta desde la sombra activa generada por el otro Carlos comenzó a dibujarse un espacio en el PJ rionegrino. Y llegó a concejal de Roca entre 1995 y el 2003. Luego legislador provincial hasta hoy.

Un protagonismo que desplegó con soltura.

Ahora, la historia.

Carlos Torrengo

carlostorrengo@hotmail.com

LA MUERTE DE CARLOS SORIA


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