Tangos de ahora

Diego Schissi habló con “Río Negro” de su nuevo disco “Tongos, tangos improbables” y de la permanencia de la música ciudadana.



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Eduardo Rouillet Diego Schissi sigue presentando su segundo CD, “Tongos, tangos improbables”, editado por Untref Sonoro (Universidad Nacional de Tres de Febrero), junto al violín de Guillermo Rubino, Santiago Segret en bandoneón, el guitarrista Ismael Grossman y Juan Pablo Navarro en contrabajo. Hijo del dramaturgo Oscar Viale –autor de los guiones cinematográficos de “Los gauchos judíos”, “El infierno tan temido” y “Plata dulce” y textos para televisión, “Mi cuñado” entre ellos– nació en Buenos Aires en febrero del 69. Comenzó estudiando guitarra de chico y el piano apareció recién a los catorce. Desapegado de las instituciones, creó y modificó su propio camino, salvo una breve incursión en el Conservatorio Nacional López Buchardo y otra en la Universidad de Miami, de donde egresó como bachelor of music en 1996. “El acercamiento al tango viene, en el caso de mi generación y de pibes más jóvenes, a través de su música misma, que nos cautiva no porque lo hayamos vivido de una manera directa y con los cultores más representativos sino por haber escuchado sus discos y sentirnos atraídos por un mística que finalmente nos compró”. Tras siete años en Estados Unidos, Diego retornó a la Argentina y en el 99, con Juan Cruz de Urquiza, Oscar Giunta, Rodrigo Domínguez y Guillermo Delgado conformó el Quinteto Urbano, que grabó tres álbumes en cinco años. “En mi caso particular, es una elección muy consciente. Quiero hacer tango, pero tengo el prurito de si lo será esto que estoy creando. Nuestro disco se llama ‘Tongos, tangos improbables’, una forma de esquivarle al problema, de escapar con humor, que esconde un deseo enorme de tener algo que ver con ese linaje, con esa cultura”. –¿Tu viejo era tanguero? –Sí, pero de un modo muy particular. Como mucha gente de su generación tuvo que elegir entre Piazzolla y el tango tradicional. Cuando yo estaba creciendo, él había optado por Ástor, era lo que se escuchaba en casa. No Troilo. Sin embargo de chico, él era del 32, había curtido, bailado con su orquesta y demás. Después, ya cerca de los cincuenta años, volvió a recorrerlo en su integridad, desde Carlos Gardel en adelante. –¿Cómo apartarse de Piazzolla, un modelo insignia? –No sé si lo logré, pero puedo confesarte que soy fanático de la primera hora de Ástor, es uno de los emblemas musicales más importantes que tenemos los argentinos. Y, por supuesto, para mí es tango. Es un tema superado en lo personal. Cuantas más corrientes tenga el género más rico será. Meto al tango electrónico también… no siento que haya que distinguir, como tampoco dejar de lado las corrientes tradicionales, porque sin ellas se muere. Para mí Piazzolla es uno de los puntales, de las referencias primeras, pero hay que separar sus gestos musicales concretos del vínculo que tuvo con el género en su forma clásica, dónde se paró él y la proyección que le pudo dar en el mundo. En todo caso, eso hay que imitar y no sus formas sonoras estrictas. Yo quiero hacer música y, dentro de ella, el tango es una prioridad que me cautiva desde muchos puntos de vista, del estrictamente musical y porque tengo ganas de hacer música de acá, desde este lugar. –Tenés una hija de 10, Bianca, y otra de siete recién cumplidos, Lila. Cuando ellas o tu mujer escuchan tus trabajos, ¿qué te devuelven? –Te voy a hacer una confesión, algo que es feo de decir (sonríe Diego), en la familia mis proyectos nunca han tenido aceptación: “¡Papá hace cosas raras!”. –Nadie es profeta en su familia… –Exactamente, son los más difíciles de convencer. Mi hermana, por ejemplo, retirándose indignada: “¡No me avisaste que esto era así!”… problemas de ese tipo. A la vez, tengo cierto orgullo porque este proyecto es uno de los que más interés familiar han creado: “¡Está más o menos bien, podemos llegar a oírte en algún momento!”. –¿Cómo lo leés vos? –Estoy muy contento. Por un lado siento que tiene una primera síntesis que me interesa, como un punto de partida en el que quiero seguir insistiendo. Me gustaría profundizar en esta instrumentación, con el formato quinteto, insistir en el tipo de música que hacemos, en este acercamiento al género, la inclusión de un bandoneón habiendo dejado atrás la percusión. Acordate de que vengo de tocar mucho jazz, donde lo percusivo es muy difícil de resignar. Y, por otro lado, lo que mejor me pone es escuchar un equipo de gente tan particular y especial. Siento que hemos fundado un grupo y eso no tiene precio. Siento un compromiso y las ganas de trabajar de todos con una propuesta que es sólo mía en teoría y en la práctica es del grupo. Esto de hacer música nueva es una gran incógnita, encuentro cosas que me gustan pero no deja de ser algo que necesita su tiempo de maduración. Yo estuve tantísimos años en proyectos de otros y recién a los treinta y seis me animé a hacer por las mías. Bueno, “Tongos…” es el segundo proyecto totalmente de obra propia. Fue algo que maduró… por un lado no sentía la seguridad de hacerlo, tal vez más subjetiva que real, reconozco ahora. Pero, en definitiva, uno vive dentro de la propia cabeza y eso hay que respetarlo porque esto implica un esfuerzo de trabajo y energía muy grande. Creo que fue una maduración y sentir que había que hacerlo.


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