Te salva



mediomundo

claudio andrade candrade@rionegro.com.ar

Nos salvan la perspectiva de algo divertido en el futuro más próximo. Nos salva el asado del fin de semana. La parripizza. Una película que está por estrenar en cine o DVD. Nos salva un libro entrañable que nos espera junto a la mesa de luz cada noche. Nos salva la amiga que nos regaló ese libro (por ejemplo: “Querido amigo” de Angélica Gorodischer). Nos salva una computadora nueva, flamante como un auto. Nos salva el auto al que se va a subir toda la familia cuando papá lo traiga de la concesionaria. Nos salva el trabajo que acabamos de conseguir o la idea de lo que podemos crecer en el trabajo que ya tenemos. Nos salva una remera negra con el logo de un grupo de rock. El ticket que nos llevará de vacaciones al norte de Brasil. Nos salva saber que sobreviviremos a las penas más profundas y que sucumbiremos ante un dolor de muelas. *** Nos salvan las ganas de hacer el amor (ahora mismo, ya, en este preciso instante), de perpetuarnos, de ser otros, de ser los mismos de siempre pero distintos. Nos salva una canción. Esta canción. La canción de cuando éramos novios. La canción de cuando nos conocimos. La canción gracias a la cual y mientras suena interpretamos un papel, actuamos una vida y nos inventamos en el aire. Nos salva el celular con “touch screen ”. Nos salva el helado de chocolate suizo. Nos salva una cortaplumas suiza que nos han regalado por ser el Mejor Padre del Mundo, el Mejor Marido o el Peor de los Amantes. Qué importa, nos ha sido dado como un brindis por la vida, por lo demás, por estar, por ser parte. Nos salvan el deseo innato de existir a pesar de todo, contra todo, para casi todo. Nos salva el cafecito en el bar de la esquina. Una noche soñada junto al fuego después de no haber pescado un mísero ejemplar en el transcurso de un fin de semana que sólo prometía glorias deportivas. Nos salva el beso de las buenas noches a nuestros hijos. Su aroma a miel y hierba fresca, sus cuerpitos calientes. Nos salva un gol a los tropezones en una cancha de barro. Un disfraz de Batman en una fiesta que recuerda los 80. Unos jeans que todavía nos entran y nos hacen ver de sospechosos treinta y largos (larguísimos). El rasgueo de una guitarra acústica. Un comercial estúpido pero tierno sobre cualquier estúpida cosa que no necesitamos pero que tal vez terminemos comprando. El chiste absurdo que nos hace reír. Nos salva la tele durante las comidas. Una cumbia loca en el casamiento de una prima desquiciada que jamás debió casarse. Una voz dulce que nos consuela cuando todo va de mal en peor. Un examen que nos redime de una cirugía mayor. La idea de Dios. Un abrazo que nos llega a la rodilla. El domingo entre 10 partidos de fútbol de 10 ligas diferentes. Nos salvan la inocencia, la garra, la sinergia. Nos salvan lo cotidiano y lo excepcional. El pan recién horneado y la visión pletórica de una pintura hecha por el dedo de un genio. Nos salvan la certeza del barrio, la inseguridad de Nueva York. Nos salva el estar juntos y presuponer que somos parte de un plan secreto. De un juego. Nos salva decir te quiero, porque te quiero. Sólo por eso.


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