Tecnología y guerras

La última novedad bibliográfica comentada en el Norte es (segundo volumen de una trilogía a completarse) «The Third Reich in Power, 1933-1939», recibido como un futuro clásico con una tesis novedosa. La guerra propone allí Richard J. Evans, profesor de historia moderna de la Universidad de Cambridge «fue la esencia del nazismo». La idea del dominio mundial, a través de una invencible tecnología bélica, constituyó el objetivo que se propusieron sus ideólogos desde el momento mismo en que accedieron al poder. Esta tesis, seriamente fundamentada, contradice en más de un sentido otras especulaciones menos categóricas sobre los orígenes y el sentido de una tragedia que dejó cincuenta millones de víctimas.

Según el historiador inglés, debería comprenderse al Tercer Reich no como un intento de instauración de la barbarie o el rechazo a una cultura racional, sino como un régimen comprometido en un «romance con la tecnología» e infatuado con la modernidad. Los comentaristas señalan que el profesor Evans, al describir las bases ideológicas del nacional-socialismo recuerda las autopistas, el apoyo a las investigaciones médicas y el impacto en la modernización de toda la sociedad. Esto es, en su opinión, lo típico que vendieron a la gente y que la gente compró. «Para millones de alemanes, el Tercer Reich, con su distribución masiva real o prometida de maravillas tecnológicas como el «receptor (de radio) para el pueblo» y el «auto del pueblo» (el Volkswagen), significó modernidad y progreso para todos». El nazismo no fue un culto, una religión política, como se ha sostenido. Su ideología para la paz y la guerra fue fraguada con un propósito preeminentemente científico. Fue el imperio del 'Darwinismo social', con sus mensajes gemelos de ingeniería racial y guerra como armas de los fuertes en la lucha por la supervivencia. Fueron ideas que hicieron pie a partir de la derrota en la Primera Guerra y se encarnaron en un partido que accedió al poder porque no tuvo oposición ideológica comparable a la fuerza de su discurso.

La idea de un «romance» del nazismo con la tecnología, la tesis del profesor Evans, conduce a una referencia a las ideas del filósofo más influyente del siglo XX en el tema de la técnica, uno ciertamente famoso y que tuvo una relación criticada con el régimen nacionalsocialista.

 

El testimonio del pensador

 

Martin Heidegger apoyó entusiastamente al partido de Hitler en sus comienzos y dio un mensaje público inequívoco desde su posición de rector de la Universidad de Friburgo en 1933. Parece no haber duda de que percibió inicialmente al nacionalsocialismo como la expresión política de su propio esfuerzo superador de la metafísica clásica y de su idea de que capitalismo y comunismo eran, por tecnolátricos y masificadores, en lo esencial idénticos. El hecho de su temprano desengaño y renuncia al rectorado no sirvieron para absolverlo del nefasto antecedente ni para aliviarle los años de ostracismo académico que le sobrevinieron. Pero se negó obstinadamente (a pesar de las insinuaciones de amigos y conocidos como Hannah Arendt y Kart Jaspers) a cantar la palinodia, a presentarse como un «demócrata purificado». Cuando en 1966 «Der Spiegel» logró romper el largo y asediado «silencio de Heidegger» logrando su acuerdo para hablar del asunto, el filósofo puso como condición que la nota de la entrevista no se publicaría sino hasta después de su muerte y así se hizo luego de su fallecimiento en 1976. Una parte de la entrevista en la que se refirió a la tecnología y el nazismo calza justo en lo que aquí estamos considerando.

Cuenta su biógrafo Rüdiger Safranski que cuando la conversación con el periodista llegó al problema «de que la técnica arranca y desarraiga al hombre cada vez más de la tierra», Martin Heidegger resaltó que el nacionalsocialismo originalmente quería luchar contra esa evolución (esto se opone a la tesis de Evans y parece más bien una ilusión o un autoengaño), pero luego ese régimen mismo se convirtió en su promotor. Y en cuanto a la posibilidad de escapar al determinismo tecnológico, el filósofo confesó su desconcierto sobre la cuestión «de cómo haya que asignarse en general un sistema político a la actual época técnica y cuál pudiera ser ese sistema…». Y redondeó allí un pensamiento inquietante: «Yo no estoy persuadido de que sea la democracia».

Una relación final y en torno de lo que viene constituyendo, cuando los gastos militares de Estados Unidos sobrepasan los 500 mil millones de dólares en el año, la mayor inquietud de los más lúcidos entre los demócratas liberales de la potencia hegemónica. Nos la brinda una biografía del general Eisenhower que recoge párrafos de sus discursos presidenciales. El primero, de 1953, expresa: «Cada arma que se fabrica, cada buque que se bota, cada proyectil que se lanza es en último sentido un robo a aquellos que tienen hambre, que tienen frío y carecen de abrigo. Este mundo en armas no está gastando sólo dinero. Está gastando el sudor de los trabajadores, el genio de sus científicos, las esperanzas de sus niños. Bajo las nubes de la guerra, la humanidad está colgada en una cruz de hierro». El segundo, más conocido, es el «Farewell Adress», el discurso de despedida de su segundo mandato en enero de 1961. Reza: «En los consejos de gobierno debemos guardarnos de la obtención de influencia no justificada del complejo industrial-militar. El potencial para la perniciosa acumulación de poder en manos ilegítimas existe y no cesará de existir. No debemos permitir jamás que el peso de esta influencia ponga en peligro nuestras libertades y nuestros procesos democráticos».

 

 

HECTOR CIAPUSCIO (Doctor en Filosofía).

Especial para «Río Negro»


La última novedad bibliográfica comentada en el Norte es (segundo volumen de una trilogía a completarse) "The Third Reich in Power, 1933-1939", recibido como un futuro clásico con una tesis novedosa. La guerra propone allí Richard J. Evans, profesor de historia moderna de la Universidad de Cambridge "fue la esencia del nazismo". La idea del dominio mundial, a través de una invencible tecnología bélica, constituyó el objetivo que se propusieron sus ideólogos desde el momento mismo en que accedieron al poder. Esta tesis, seriamente fundamentada, contradice en más de un sentido otras especulaciones menos categóricas sobre los orígenes y el sentido de una tragedia que dejó cincuenta millones de víctimas.

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