Tenis, doping e hipocresías
Sergio Danishewsky @sergiodanish
El diálogo transcurre en la sala de jugadores de uno de los cuatro torneos de Grand Slam. Conversan un periodista argentino y un viejo conocedor del circuito internacional que supo trabajar en la Asociación de Tenistas Profesionales (ATP) y luego fue contratado por un jugador de elite. El cronista pregunta por el doping y el otro responde: “Es que a veces hay que saber callarte. Si (Guillermo) Cañas no hubiera declarado contra sí mismo nadie lo habría sancionado. ¿O no sabes que la ATP siempre protegerá a sus diez mejores jugadores?”. Cañas había dado positivo por HCT en Acapulco en febrero del 2010. Se había declarado inocente primero, pero en su testimonio de julio ante el tribunal dio explicaciones que desembocaron en una sanción de dos años y en una multa de 276.000 dólares. Y era el décimo en el ranking. El caso, de ningún modo el más resonante en la larga relación entre tenis y doping, viene a cuento ahora que el mundo del deporte –y las revistas de interés general y las de economía, y hasta las de chimentos– luce escandalizado por la confesión de la rusa Maria Sharapova, quien admitió haber dado positivo por meldonium en enero, en Australia, y se expone a una sanción que será, cómo no, ejemplificadora. Es tan denso el cóctel de hipocresía, ignorancia, prejuicio y mala fe que envuelve el tema que merece ciertas miradas adicionales. Que la alta competencia ha incluido al uso de sustancias estimulantes para elevar rendimientos y optimizar la tolerancia al esfuerzo es a esta altura una obviedad. Pero ubicar al deportista en el centro de la escena como único protagonista de la historia es, además de tentador, profundamente injusto. Claro. Nadie compraría una revista en la que, en lugar de una Sharapova compungida y haciendo pucherito, apareciera un médico ignoto de guardapolvo blanco y antecedentes turbios. La rusa es el eje de una maquinaria comercial, publicitaria y también deportiva que se nutre de éxitos, pero que factura mucho más por imagen y presencia que por premios oficiales. Impresiona ver andar a Maria, pero también a Djokovic, a Federer, a Serena Williams, a Nadal y a tantos otros, en cualquier torneo: a la manera de los boxeadores cuando avanzan hacia el ring en una velada de Las Vegas, un séquito de colaboradores acompaña a la estrella. Un grupo de asistentes a quienes deben añadirse agentes, representantes, abogados, médicos y nutricionistas, muchos de los cuales desconocen las reglas del tenis pero bien saben de números, fórmulas y controles. Que se entienda: los jugadores de tenis son personas mayores que debieran hacerse responsables de sus actos. Pero de allí a que todos sepan diferenciar la pastilla naranja de la rosa que el asistente de confianza entrega con el desayuno hay una distancia considerable. La reciente decisión de la Federación Internacional de Atletismo de posar su lupa sobre la Federación Rusa debiera generar mucho más revuelo que el positivo de Sharapova. Revela una estructura (¡estatal!) destinada a colocar el pabellón blanco, azul y rojo en lo más alto de los podios olímpicos y mundiales cuantas veces sea posible. Y reinstala aquellos viejos fantasmas de los métodos non sanctos urdidos detrás de la Cortina de Hierro, con acumulación de medallas y su contracara de atletas muertos prematuramente. Pero Maria es Maria. Y sus patrocinadores, que pocas preguntas habrán hecho a la hora de elegirla como cara visible de relojes, autos o zapatillas, salen corriendo a despegarse de la figura caída en desgracia para salvaguardar sus propias imágenes. La hipocresía salpica también a otros actores. La Agencia Mundial Antidoping (AMA) decidió el 1 de enero que el meldonium es una sustancia dopante. Pero la toleró durante diez años. Los expertos en la materia sospechan que la última ola de positivos pudo deberse a efectos residuales (sustancia consumida en diciembre, todavía permitida, y aparecida en controles en enero, ya prohibida). Pero la inflexibilidad de quienes fiscalizan contrasta con la indulgencia de otras entidades para con quienes sostienen el negocio. Cuando la exministra de Deportes de Francia, Roselyne Bachelot, la emprende contra Rafael Nadal acusándolo de ocultar doping con una ausencia de siete meses del circuito, se apoya en un prejuicio pero saca a la superficie un secreto a voces: como en el 2004 las hermanas Williams antes de los Juegos de Atenas, como en 1997 Andre Agassi, ciertos descansos prolongados llamaron la atención. No se trata de falsos moralismos ni de hacer futurología, pero vendrán nuevas sustancias, mentes brillantes que sepan enmascararlas, chicos que las consuman, dedos acusadores, campeones arrepentidos. Como vendrán súbitos deseos de sacar los pies del plato, como esos manteros que ven venir a la policía y escapan, listos para volver a ofrecer relojes que encandilan pero después no dan ni la hora.
Sergio Danishewsky @sergiodanish
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