Teorías sobre mi muerte



–Hace años yo escribí un libro en el que especulaba dónde me encontraría la muerte. Ahora es muy fácil saber dónde va a ser el final, porque queda muy cerca. No sé si son tres, cinco años más, pero si no es acá en Buenos Aires… Traza un círculo sobre el papel blanco. –…será acá, en Quito. Otro círculo. –…o acá, en Chicago. Otro más. –…o puede ser Mar del Plata. Pero es por acá. Y seguramente en un hotel frecuentado, conocido por mí, o en una clínica de alguna de esas ciudades. No me preocupa, pero pensé que a los setenta años iba a tener una casa en el sur de la provincia de Buenos Aires, y a esta hora iba a estar tomando mi primera copa de vino frente a un hogar, leños ardiendo, y un montón de niños jugando por ahí. Y yo contando historias. Nunca lo tuve ni lo tendré. Tampoco hice nada para eso. Pero creí que, naturalmente, se terminaba así. Que la soledad y el vagabundeo eran un juego hasta llegar a ese final. Una vez fui a Medellín. Todos los verdes del mundo y curvas, curvas. En la ladera de una montaña había una casita y dos viejitos de la mano, tomando sol. Destrozaron toda mi idea del mundo. Pensé: “Qué imbécil, yo creí que sabía qué era la felicidad. Y tengo razón, pero si sacan a estos dos de acá”. A esa edad debe ser lindo ir a una casa en la montaña, tomar una copa de vino, hablar tonterías. “¿Viste qué humedad?” “Escuché en la radio que mañana va a haber menos humedad”. Las palabras, separadas por hilos de respiración, caen como ácido sobre el velo frágil del lugar común. – “Ah. ¿Llamó mi ahijado?”. “Sí, dice que lo llames, que va a estar en la casa de la madre”. “Ah”. “Conseguí ese pan que te gusta”. “No me digas”. “Sí. Don Fermín lo trae de nuevo”. “Me parece que me voy a ir a acostar”. Vivir así. Es una posibilidad, ¿no? Cruza las manos sobre la empuñadura del bastón. Después suspira y dice: –No. Fragmento de la entrevista “La leyenda de Facundo Cabral”, realizada por la periodista Leila Guerriero


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