Tiempo y justicia

La queja es parcial o totalmente justificada: no hay dudas de que la realidad nos muestra, en todos los rincones del planeta y sea cual fuere la organización o sistema social adoptado, flagrantes injusticias y contradicciones. Es más: si nos remontamos en la historia, comprobaremos que la «sociedad justa» no existió nunca; en todas las latitudes y en todos los tiempos hubo gruesas, crueles y escandalosas instituciones sociales negadoras de los valores básicos como la equidad, la solidaridad, el respeto y la consideración del prójimo, la igualdad, etc., los que son proclamados hoy como necesario basamento del orden social.

No es, por lo tanto, un notable descubrimiento el advertir que las sociedades humanas no son justas en su organización. Nunca lo fueron. Si profundizamos un poco en el análisis, nadie podrá negar que el valor «justicia» tampoco está en el orden de la naturaleza: en ésta el pez grande se come al chico, y la regla es la supervivencia del más apto, el más fuerte prevalece sobre el más débil; la consideración y el respeto al prójimo no entran en el catálogo.

Los humanos no somos esencialmente más que un tipo especial de primate muy evolucionado, pero no obstante no nos sentimos identificados con el orden de la naturaleza y llevamos con nosotros un sentido moral, una tendencia a la afirmación de unos valores y principios, que son aquellos que causan la desazón y el descontento traducido en las frases con que se han comenzado estas líneas. Tenemos el fuerte sentimiento de que el orden social no debiera ser como lo percibimos, y de allí la rebeldía cuando se comprueba lo lejana que se encuentra la realidad de ese ideal.

Algún gran filósofo llegó a afirmar que la sola existencia de esos valores en nuestras conciencias, frente a la inexistencia de los mismos en el orden natural, sería la mejor demostración de la existencia de un ser superior.

Lo cierto es que la percepción dolorosa de la injusticia de la organización social humana genera en muchos el desgano, la indiferencia, el nihilismo o el abandono. Otros reaccionan en forma distinta, sosteniendo la necesidad imperiosa de cambiar de una vez el sistema, implantando de raíz uno nuevo; se generan así los ideales revolucionarios y la pretensión de lograr, en el curso de una generación, la anhelada justicia y el imperio irrestricto de los valores, así fuera a través de la violencia.

Aquellos que se quejan contra las injusticias o disvalores de «este mundo» parecen no advertir que no hay otro, solamente conocemos el que nos ha tocado en suerte y, salvo en las utopías, en afiebradas imaginaciones o en las leyendas del «paraíso terrenal», vale decir: en la ficción, no existe el lugar en que se pueda conciliar la realidad con nuestras aspiraciones. Aquellos que han optado por creer en alguna clase de dios o de religión pueden guardar alguna esperanza de conocerlo después de la muerte. Ergo: estamos condenados a vivir en «este mundo», injusto como puede serlo, y a seguir sus reglas, que se nos imponen, salvo que optemos por la resistencia armada.

Obvio es decir que la violencia revolucionaria raramente ha mejorado las cosas: en la intención de imponer a rajatabla determinados principios, los regímenes libertarios han degenerado siempre, y casi en forma inmediata, en autoritarismos en muchos casos sangrientos y sobremanera crueles: ni qué hablar de los dictadores macabros como Robespierre, Mao, Stalin, Ceausescu y otros que han masacrado a quien cuadre en nombre de los grandes principios humanitarios e igualitarios que proclamaban o aparentaban sustentar.

Los que sueñan con ver un mundo justo parecen no advertir que la injusticia no nació el día en que ellos lo hicieron y que «el sistema» no acaba de ser inventado por nadie, sino que es simplemente una resultante histórica. Y que así como la injusticia nos precedió, es infantil pretender o soñar que desaparecerá antes de que dejemos la Tierra.

Los eternos descontentos y los impacientes que proclaman la necesidad de revolucionarlo todo pueden ser comparados con los niños que enloquecen y hacen berrinches cuando no se les da lo que quieren y que aún no comprenden del todo la realidad que hace que, por un motivo u otro, no lo logren o no convenga otorgárselos. La proclividad a proclamar la revolución simplifica las causas de la injusticia que tiende a remediar, y la impaciencia genera un berrinche de consecuencias muchas veces sangrientas y trágicas.

Demuestran también un escaso conocimiento de la historia y de su sentido.

Nadie puede negar las injusticias flagrantes que nos rodean. Pero nadie que tenga un mínimo conocimiento de la historia puede negar tampoco que este mundo, en esta época que nos ha tocado vivir, es mucho menos injusto o más justo que los siglos que lo precedieron.

Es verdad que la injusticia estuvo siempre presente, como lo está y lo estará, porque la realidad natural y social es de por sí injusta. Pero la buena noticia del tema es que, a través de la historia, el camino recorrido por la humanidad tiende a acercar cada vez más la realidad social a esos principios y valores que consideramos imprescindible garantizar.

Es necesario solamente comparar la época actual con las pasadas: la esclavitud como valor aceptado, la discriminación y la falta de igualdad y oportunidades, la masacre regular de los pueblos conquistados que hoy llamamos genocidio, el feudalismo, los abusos incontrolados del poder, la explotación despiadada en las primeras épocas del industrialismo, la tortura como método incorporado a los procesos judiciales y podríamos agregar una larga lista de etcéteras.

Hoy, hay muchas de esas lacras que aún no desaparecieron, pero en el ideario colectivo están condenadas; la opinión pública ya no las admite como naturales, como lo fueran en otras épocas, ni los que las practican se animan a reivindicarlas. Los políticos al menos simulan interés en solucionar los problemas de sus gobernados (en siglos anteriores, ni se molestaban en hacerlo). La igualdad ante la ley está garantizada en la mayor parte del globo: tan cerca como en el siglo XX, nada menos que la mitad de la población del llamado «mundo occidental» las mujeres obtuvo el reconocimiento de los mismos derechos que tradicionalmente y durante milenios se reconocían sólo a los hombres. Esta igualdad aún no es al 100% ni siquiera en los países más desarrollados, pero ello es notoriamente superior a la sujeción que afectaba anteriormente a la mujer. En nuestra parte del mundo, la tendencia es hacia la igualación total; faltan algunas culturas que aún prohíjan la discriminación y el sometimiento, pero no deben perderse las esperanzas de que más tarde o más temprano entenderán.

Lo que queremos expresar con esto es que los valores positivos y la idea de justicia se han ido abriendo camino; los progresos que se notan son infinitesimales de un año a otro, quizá. Pero son relevantes y notorios si los miramos con la perspectiva de los siglos o de los milenios de historia transcurridos. El mundo en el que nos ha tocado vivir es mucho mejor que el que vivieron nuestros abuelos, no sólo en tecnología, medicina, comunicaciones y comodidades, sino también en mejor y menos injusta organización social.

La rebeldía frente a las injusticias es inseparable de la calidad humana y debe seguir siéndolo. Aquel que se desalienta y se abandona, al percibir la injusticia, adopta una actitud negativa, en última instancia poco diferente del conformista, en sus efectos. Pero la rebeldía no debe llevar a soñar con el cambio violento, porque la propia violencia no es más que un paso atrás en la evolución de la humanidad; es una de las conquistas de la modernidad, justamente, que se reconozca que las ideas deben imponerse por su valor como tales y no por la fuerza. El derecho del más fuerte pertenece a la etapa primitiva, y no más que primitivos quienes lo invocan. Tras la entronización de la fuerza pueden encaramarse idealistas fanáticos como Robespierre o inescrupulosos y autoritarios de variado pelaje.

El único camino admisible es, entonces, el que emprendieron los reformadores de todos los tiempos: denunciar, incansablemente, e incansablemente reclamar los cambios necesarios; no resignarse jamás, pero entendiendo y haciéndose cargo de que necesariamente también el progreso será lento. Un grano de arena tras otro va creando una montaña bastante apreciable. Todos podemos hacerla crecer un poco.

 

 

FELIX EDUARDO SOSA (Profesor universitario).

Especial para «Río Negro»


La queja es parcial o totalmente justificada: no hay dudas de que la realidad nos muestra, en todos los rincones del planeta y sea cual fuere la organización o sistema social adoptado, flagrantes injusticias y contradicciones. Es más: si nos remontamos en la historia, comprobaremos que la "sociedad justa" no existió nunca; en todas las latitudes y en todos los tiempos hubo gruesas, crueles y escandalosas instituciones sociales negadoras de los valores básicos como la equidad, la solidaridad, el respeto y la consideración del prójimo, la igualdad, etc., los que son proclamados hoy como necesario basamento del orden social.

Registrate gratis

Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento

Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora