Tito
CLAUDIO ANDRADE
Tengo un amigo, el Tito, que me manda mails desde el pasado. Una parte de él, o todo no puedo afirmarlo con certeza, insiste en permanecer en la adolescencia.
Fuimos compañeros de secundaria en el sur de Chile, en una época en que los inviernos todavía eran la otra cara del Cadalso. Luego nos encontramos en Concepción, aun no sé qué hacía allí, creo que andaba de novio con una prima, luego en Montevideo, entonces le había dado por convertirse en murguero y, finalmente, en Buenos Aires. Su verdadera ciudad, según me explicó, porque en el fondo de su alma un tanguero de ley penaba sus ganas de interpretar «Malena».
Después de tanto andar -también estuvo en Jerez donde acabó por descubrir que en su interior no vivía un milonguero sino un cantante de flamenco- ha vuelto al lugar del cual un día salió, Iquique. Como si tuviera 17 años se inscribió en la facultad de abogacía, una carrera que ya había cursado hasta tercer año en una universidad privada de Buenos Aires.
Me dice en una de sus cartas que le alegra volver a poner en funcionamiento su cerebro, tanto como descubrir que en la «Facu» hay miles de hermosas señoritas llenas hormonas y ganas de existir. Pero Tito ya no tiene 18 o 19, como sus compañeras a las que les pertenece toda la ilusión del futuro, sino 42. Sus cartas son un viaje a una adolescencia compartida. Parece increíble haber vivido tal variedad cosas en un período verdaderamente corto. Sus líneas se basan sobretodo en preguntas: ¿te acuerdas de cuando andábamos por el pueblo en la camioneta del Gordo de un lado al otro porque había nevado toda la noche? ¿O de cuando escondimos 150 mil dólares del papá de Charly porque no quería que le embargaran la plata? ¿O cuando hicimos una fiesta que duró tres días en la casa de la Carla? ¡Que linda era Carla! ¿no? ¿O de cuando nos tomamos un café con Fito Páez en Avenida Libertador?¿O cuando fuimos de mochileros y estuvimos dos semanas sin ver otra cosa que cumbres y guanacos? Así son las típicas postales de Tito, llenas de señas que me trasladan a una edad en la que me creía inmortal. O, peor aún, no sabía que la muerte también tenía una cita conmigo.
De aquellos amigos, de esos tiempos extraños, sólo ha quedado Tito. La mayoría vive demasiado lejos, y, supongo, todos hoy en día pretendemos que jamás fuimos muy íntimos. Todos excepto Tito.
Crecer es perder la inocencia con que nacimos, sí, pero también es aceptar que las viejas energías empiezan a diluirse. Que las motivaciones no llegan solas sino que hay que invocarlas con diversos pretextos. Paradójicamente, la creatividad es uno de los bienes más ricos y escasos que tiene la mente humana. Tito se despide diciéndome que cada vez que le piden, allá en la calurosa Iquique, que explique como es el frío en el fin del mundo, les relata la vez en que él y yo dormimos en una de las habitaciones de piedra que alquilaba mí tía a los estudiantes universitarios en Punta Arenas.
En realidad, no dormimos. Yo encendí la luz y me quedé meditando como un Buda con los puños apretados, mientras Tito imitaba una y otra vez a Jennifer Beals, la chica de «Flashdance», en la escena en que movía las pantorrillas con sexy frenesí (aunque observar a Tito haciendo de «hot girl» era más bien un espectáculo desopilante). La tortura duró hasta las 6 de la mañana cuando mí tía encendió la cocina y nos fuimos a dormir al sillón que estaba junto al fuego. En realidad, yo dormí en el piso.
«Pero el frío es historia -me aclara Tito- ahora termino de escribir y me voy a la playa con unas amigas. Un abrazo, chao». Concluye. Y me lo imagino sonriendo, de camino a las olas y a unos jóvenes cuerpos bronceados que lo esperan ansiosos.
Hacia su presente, su eterno pasado.
CLAUDIO ANDRADE
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