Tradiciones en conflicto

Por Redacción

Quienes hablan de choques de civilizaciones, para usar la expresión que el académico norteamericano Samuel Huntington puso de moda hace veinte años, no tienen en mente sólo las diferencias culturales e incluso religiosas que pueden resultar enriquecedoras sino también lo incompatibles que son ciertos esquemas políticos. Mientras que en Europa el orden establecido aún se basa en el Estado nación que es en buena medida fruto del nacionalismo decimonónico, se trata de un concepto que es radicalmente ajeno al islam que, a pesar de todo lo ocurrido desde los tiempos de Mahoma, propone un esquema binario en que los fieles que viven en la “casa del islam” han de luchar, por los medios que fueren, para salvar de la ignorancia a los que todavía se encuentran en “la casa de la guerra”. Aunque el nacionalismo es un fenómeno reciente que tiene sus orígenes en el siglo XVIII, desde entonces se ha consolidado hasta tal punto que, en Europa, América y muchas partes de Asia y África, casi todos creen que es perfectamente natural que la Tierra se vea dividida entre Estados nacionales. Que este sea el caso es motivo de frustración para los convencidos de que dos guerras mundiales se debieron al nacionalismo ferviente de los países europeos: a pesar de sus esfuerzos, la mayoría se resiste a comprometerse emotivamente con la Unión Europea supuestamente superadora o, como quisieran los progres más exaltados, con las Naciones Unidas. La convicción de tantos de que esquemas políticos basados en el nacionalismo son normales ocasiona muchos malentendidos. Los partidarios de una Europa sin fronteras no se limitan a demócratas bien intencionados. También incluyen a militantes de credos universalistas y ambiciones imperiales. En la actualidad, los más vehementes son los islamistas. Si bien hay docenas de Estados nacionales musulmanes, para el islam se trata de estructuras artificiales, a menudo improvisadas hace un siglo por cartógrafos colonialistas, que se han mantenido por razones prácticas –ser miembro de la ONU tiene sus ventajas–, porque saben que en el fondo lo único que importa es la sumisión a la presunta voluntad de Alá. Asimismo, además de ser cultos religiosos en el sentido europeo de la palabra, las distintas variantes del islam acarrean programas políticos y sociales que inciden, de manera asombrosamente detallada, en la vida personal de sus adherentes. Para los más de treinta millones de musulmanes que viven en Europa, la prédica de sus correligionarios más prestigiosos en contra del Estado nacional no es un problema meramente teórico. Aprenden desde la infancia que hay que privilegiar la lealtad hacia su propia comunidad por encima de todo lo demás, pero en los países en que se encuentran son cada vez más los que les dicen que deben actuar como los demás ciudadanos y obedecer las leyes locales, respetar las costumbres y colaborar con las autoridades cuando el bien común está en juego. Ser a un tiempo un buen musulmán, según las pautas tradicionales, y un buen ciudadano británico, francés, alemán o sueco no es fácil en absoluto. Puede que sea imposible. Las autoridades europeas saben que sin la colaboración voluntaria de los musulmanes presuntamente moderados no les será dado eliminar a los yihadistas que, en nombre de su fe, están librando una guerra, aún de baja intensidad, casi artesanal, en comparación con otras, pero así y todo sanguinaria. También saben que hasta ahora no la han recibido. Los asesinos que hace poco sembraron terror en Bruselas pudieron vivir ocultos en un barrio dominado por musulmanes sin que ningún vecino los denunciara. Eran “hermanos”, de suerte que sólo un traidor pudiera pensar en entregarlos a las fuerzas de seguridad belgas. Huelga decir que el código de silencio así supuesto, el equivalente islámico de la omertà de la Mafia, funciona también en muchas otras ciudades europeas. No es consecuencia del miedo a represalias sino de lealtades primarias. Durante años, los dirigentes europeos confiaron en que los musulmanes que se habían afincado en sus países terminarían tomando su lugar en sociedades multiculturales, en que todos cederían algo a fin de asegurar la convivencia pacífica, pero al cobrar más virulencia la yihad, algunos se han dado cuenta de que podría tratarse de una ilusión. En todos los países europeos, las tradiciones musulmanas han resultado ser más fuertes que las tentaciones brindadas por el multiculturalismo necesariamente laico. Los primeros en entenderlo no fueron los intelectuales progresistas que, era de suponer, se opondrían por principio a la influencia de cultos contrarios a la igualdad de género, la homosexualidad, el derecho a cambiar de religión y de expresar opiniones minoritarias, sino personas nada sofisticadas que no estaban dispuestas a atribuir la hostilidad de los musulmanes a sus propios prejuicios o la conducta violenta de sus antepasados. Creen que su forma de vida, y hasta su vida misma, corre peligro y quieren que el gobierno defienda lo suyo con más vigor. Si no lo hace, lo reemplazarán por otro, “de derecha”. Lo mismo que en la Argentina, en Europa llamar “derechista” a un político ha sido durante mucho tiempo una forma de descalificarlo como un bruto fascista, pero últimamente el epíteto ha perdido eficacia. Si sentirse preocupado por la presencia creciente de personas de otra cultura que a veces actúan como conquistadores medievales es “derechista”, mientras que rasgarse las vestiduras y hablar de lo bueno que sería que entraran muchos más es “progresista” o “izquierdista”, la mayoría no vacilará en votar por personajes que se declaren resueltos a restaurar el statu quo de antes, aun cuando, como es el caso en Francia, además de Estados Unidos, se trata de individuos cuyo “derechismo” no se limita a su aversión al islam. El conflicto que tiene en vilo al mundo entre las tradiciones de raíz europea y las islámicas es asimétrico. Aunque los europeos y aquellos que en otras latitudes comparten sus valores son muchísimo más ricos, creativos y poderosos que quienes se han rebelado contra su hegemonía, son reacios a aprovechar su propia superioridad porque en la guerra cultural interna que se libra en Occidente han ganado la batallas más recientes contestatarios adictos a la autocrítica. Con su ayuda, los islamistas más astutos han conseguido aprovechar las fisuras jurídicas, éticas y políticas, en la armadura de las sociedades de los infieles, pero puede que hayan subestimado los riesgos que les supondría provocar una reacción furibunda, nada pacífica, por parte de los reacios a resignarse a ser víctimas pasivas de la guerra santa que han iniciado.

Opiniones

James Neilson