Tsunami financiero



Parecería que, como ya ha sucedido en otras oportunidades, la intervención masiva reciente en los mercados de la Reserva Federal que funciona como el Banco Central estadounidense ha resultado contraproducente: en vez de ayudar a restaurar la confianza en la marcha de la economía sirvió para convencer a muchos inversores de que su estado es aún peor que lo que creían. Asimismo, el que la inyección por la Fed de la friolera de 200.000 millones de dólares -según algunas medidas, el equivalente de nuestro producto bruto anual- se viera seguida por el colapso del importante banco de negocios Bear Stearns, que será comprado a precio de liquidación por el grupo JPMorgan Chase, tuvo un impacto poderoso en los mercados de Asia y Europa pero uno bastante débil en los de Estados Unidos. Aunque los hay que creen que ya hemos visto lo peor y que de ahora en adelante la situación mejorará porque los grandes bancos ya han revelado casi todas sus pérdidas, fuera de Estados Unidos predomina la opinión de los pesimistas que insisten en que la crisis apenas si ha comenzado y que tanto los norteamericanos como muchos otros tendrán que pagar un precio muy elevado por la gran fiesta que han disfrutado en los últimos diez años. Como señalan, desde hace mucho los norteamericanos y, en menor medida, los europeos se han habituado a créditos baratos, a diferencia de los asiáticos ahorrativos, pero tendría que llegar el día en que nadie esté dispuesto a seguir prestándoles más dinero. Pues bien: parecería que dicho día ya ha llegado.

Según el ministro de Economía Martín Lousteau, la Argentina no debería verse perjudicada excesivamente por lo que está ocurriendo en los mercados de los países ricos, puesto que nuestras finanzas son relativamente sanas y el país no depende tanto de créditos como en el pasado. Por lo demás, aún no han mostrado señales de flaquear los precios de los commodities: por el contrario, siguen aumentando. Aunque es posible que el optimismo de Lousteau se justifique -después de todo, la Argentina se “desacopló” de los mercados financieros internacionales a inicios del 2002- , convendría que el gobierno actuara como si creyera que la turbulencia externa nos plantea una amenaza grave y aprovechara la oportunidad de enfrentar la inflación con algo más que las medidas meramente cosméticas a las que nos tiene acostumbrados el secretario de Comercio Guillermo Moreno. Por cierto, sería irresponsable confiar el manejo de la economía al piloto automático en medio de una tormenta que podría adquirir dimensiones imponentes en los próximos meses.

Tal y como están las cosas, parecería que Estados Unidos ya ha entrado en recesión y que la Unión Europea y Japón sufrirán los coletazos, por depender tanto de sus exportaciones hacia lo que sigue siendo el principal mercado de consumo del mundo. Esto nos perjudicaría si, como suele suceder, comienzan a caer los precios que se pagan por los productos agropecuarios. Y si, como es probable, China termina afectada por el bajón estadounidense que se pronostica, sería inevitable que se redujeran los ingresos supuestos por la venta de soja que, las retenciones mediante, sirven para mantener alto el superávit fiscal. Asimismo, aunque para alivio de todos los mercados se estabilicen pronto sin que la “economía real” de los países centrales y China experimente demasiadas dificultades, sería poco sensato apostar a que sólo se trate de un susto pasajero. A diferencia de su marido, que disfrutó del privilegio de estar a cargo del país en un período signado por una bonanza internacional fenomenal y por una exuberancia financiera con muy pocos precedentes que nos beneficiaron enormemente, a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner le ha tocado estar en la cabina de control en un momento en que los riesgos tienden a multiplicarse. Paradójicamente, el cambio así supuesto podría resultarle ventajoso, ya que le suministra pretextos convincentes para remediar los errores más patentes cometidos por su antecesor sin por eso brindar la impresión de oponérsele. Como dijo una vez el economista de cabecera de los dos, John Maynard Keynes, “cuando cambian las circunstancias, yo cambio mis opiniones…”. Bien que mal, no hay duda de que las circunstancias actuales no son las mismas que eran algunos meses atrás.


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