Turquía entre dos mundos

Por Redacción

Fue de prever que el presidente islamista de Turquía Recep Tayyip Erdogan culparía al Estado Islámico por los atroces atentados en Ankara en los que murieron por lo menos 130 personas, en su mayoría kurdas, que participaban de una marcha pacifista. También lo fue que muchos sospecharían que detrás de la matanza estuvo el propio Erdogan, ya que le sirvió para reclamar la unidad nacional de cara a las elecciones del 1 de noviembre, o que hayan atribuido la responsabilidad por los atentados a lo que llaman el “Estado profundo” conformado por grupos ultranacionalistas turcos como el de los “Lobos Grises”. Es que en Turquía son tantas las organizaciones, entre ellas algunas vinculadas con el oficialismo islamista, que serían plenamente capaces de sembrar la muerte por motivos políticos o sectarios, que es comprensible que los atentados en Ankara hayan provocado una fuerte reacción por parte de quienes acusan al gobierno de estar más interesado en aprovechar la violencia terrorista que en combatirla. Si bien desde el punto de vista de los extremistas del Estado Islámico Erdogan es un “moderado”, es decir, un infiel, el presidente turco no ha vacilado en hacer del horror motivado en el resto del mundo por las hazañas sanguinarias de los yihadistas un pretexto para atacar las posiciones de las milicias kurdas. Lo mismo que su homólogo ruso, Vladimir Putin, que para ayudar a su aliado sirio Bashar al-Assad califica de terroristas a todos sus enemigos, Erdogan quiere sacar provecho del desconcierto occidental frente a lo que está sucediendo en el Oriente Medio para redoblar la ofensiva contra el separatismo kurdo que, en su opinión, es mucho más peligroso que el islamismo militante. Se trata de una estrategia que podría tener consecuencias geopolíticas muy serias. Aun cuando los gobiernos de Estados Unidos y los países principales de la Unión Europea sigan aferrándose a la idea de que Turquía sea una isla de estabilidad en una región convulsionada y que por lo tanto hay que tolerar los excesos de Erdogan, en Turquía misma las grietas continúan ampliándose. Además de la que se ha cavado entre la minoría kurda de aproximadamente 15 millones que domina el sudeste del país y los turcos, hay otra que divide a los turcos laicos, de cultura más europea, de aquellos que toman su fe islámica al pie de la letra y que, por lo común, son más pobres que los relativamente occidentalizados. Por basarse el poder de Erdogan en los sectores más piadosos y más conservadores de la población, no le ha perjudicado mayormente el autoritarismo creciente de su régimen o los ataques cada vez más virulentos contra la libertad de expresión. Luego de producirse los atentados en Ankara, el gobierno prohibió a los medios aludir a ellos, lo que, huelga decirlo, sólo sirvió para aumentar la tensión. Turquía se ha visto beneficiada por la noción, muy popular en las cancillerías europeas, de que constituya una especie de puente entre el Occidente y el mundo musulmán. Muchos dirigentes europeos han manifestado la esperanza de que el gobierno “moderado” de Erdogan logre mostrar que el islam es tan compatible con la democracia y el respeto por los derechos humanos como ha resultado ser la democracia cristiana alemana. Sin embargo, el que siga siendo escasa la posibilidad de que, andando el tiempo, Turquía se incorpore a la Unión Europea ha alentado a los que, como Erdogan, están convencidos de que le convendría más a su país procurar recuperar el papel de la potencia musulmana más poderosa que durante siglos desempeñó. Hasta hace muy poco, los esfuerzos en tal sentido del gobierno turco brindaban resultados promisorios, pero han tenido secuelas negativas los intentos de aprovechar la guerra civil en Siria y la irrupción del Estado Islámico. Asimismo, desgraciadamente para Erdogan, los éxitos anotados por los kurdos en la lucha contra los yihadistas –son casi los únicos que se animan a enfrentarlos en el campo de batalla– les ha merecido la admiración de la mayoría de los europeos, mientras que la conducta ambivalente del régimen turco, el que con frecuencia ha actuado como un aliado de los extremistas al permitirles entrar y salir de su territorio y que, para más señas, no ha tratado de frenar el éxodo hacia Europa de centenares de miles de musulmanes, lo ha desprestigiado.


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