Última vez



en clave de y

María emilia salto bebasalto@hotmail.com

Es la última primavera en este hogar. Es cuestión de tiempo, días, un mes, para que con mis bártulos al hombro -es un decir- me vaya a mi nueva casa. Que será mi hogar cuando la habitemos, mis bártulos y yo. Es la última vez que florecerán estas madreselvas y estos jazmines del aire, llenando el ambiente de un perfume denso, un olor a sol y placer, un glorioso amarillo y blanco desafiando al cielo azul del día, al cielo negro de la noche. Es la última vez que estas rosas preciosas, las amarillas que trepan por la reja del frente, las naranjas y ocres, las rojas y púrpuras, desplegarán para mí, en cámara lenta, lenta, el pequeño capullo, las hojas que se retiran liberándolo, ese pétalo que abre primero y parecería decirle a los otros todo bien, adelante, y en horas toda la rosa estará a pleno. Y cuando se caigan, ya están los otros capullos buscando su lugar en el mundo, su breve tiempo de vivir. (¿Breve? ¿Qué sé yo de breve, quién lo sabe? Para las mariposas que empiezan a rondar, sus horas son toda una vida. Para las tortugas, nosotros, los humanos, somos de vida breve. ¡Todo es tan pleno en su finitud!). Es la última vez que las pertinaces violetas desafían perros y pisadas, reproduciéndose por todo mi pequeño espacio de césped de la vereda, ésa que le he contado tantas veces, es la letrina preferida del mejor amigo del hombre. No mío, le aseguro. Puede parecerle que estoy exagerando. Es posible, o será que hace años que son una rutina, una hermosa rutina, claro, y esta vez es la última y yo las veo más plenas, más densas. ¿Y si ellas lo saben, si me están dedicando una película “Fantasía” sólo para mí? ¿Por qué no? Atienda esto: es raro que esos lirios, varas verdes erectas y mudas, por primera vez en años abren sus corolas una tras otras. Más vale tarde que nunca, queridos. Debo confesarles que más de una vez estuvieron a punto de desaparecer, harta de regar y remover la tierra con la esperanza de que ese verde sano, porque era evidente, era un verde sano, saliera del coma y reaccionara. Por última vez la telaraña que es todo el invierno la enredadera que cubre el enorme paredón de mi patio, está tornándose verde primaveral. No sé su nombre botánico; es ésa que cuando llega el otoño se convierte en una paleta de amarillos, naranjas, marrones, ocres, rojos, una cascada maravillosa… a esta parte, a la paleta de colores, no llegaré. El otoño me encontrará en mi nueva casa, que no tiene un patio grande, tiene un patio interior al que alegrarán mis macetas con jazmines, flores camarón, aljabas, yerberas… sí, algo se irá conmigo de la naturaleza. Usted dirá: esta mujer puede recomendar sus plantas a la nueva gente que habite la casa. En realidad, es lo que hizo la señora que me la vendió, y sus plantas están. Sucede que nadie habitará esta casa. Como dijo Luis XIV, o XV, bueno, alguno de esa serie de reyes que no tenían la bola de cristal para prever la Revolución Francesa, “después de mí, el diluvio”. No soy tan desaprensiva con éste mi hogar. Me encantaría que siguiera en pie, pero no será así. Un edificio de departamentos ocupará su lugar. Y yo que denosté esas torres que aparecen tapando todo paisaje, llenando de autos calles tranquilas… Créame: no hay que escupir para arriba. De todos modos, no será una mole imponente. Será de tres pisos y conociendo el gusto de mi comprador, por otra parte, un amigo, le aseguro que no desentonará con el barrio. Mejor así. Mi nueva casa está en el mismo barrio y es probable, es una realidad, pasaré por este no-hogar muchas veces. Rutina, piloto automático… Sí le aseguro: sacaré el piloto automático cuando lo estén tirando abajo y tomaré otra calle. Sería insoportable verlo caer, mirarme con ojos dilatados de boquetes, asombrados y furiosos por mi negocio. Quizás se sienta traicionado, pero como decía don Corleone, sólo es un negocio... Mentira. Fue mi hogar.


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