Un asunto cotidiano llamado accidente de tránsito

Los accidentes de tránsito son un elemento más de la fauna urbana. Su dimensión y su análisis sobrepasa lo puramente casual. Buscar explicaciones a esta constante es encontrar respuestas en la identidad cultural de un país, revelar sus miedos pero también sus más morbosos y extraños placeres. "Río Negro" estableció paralelos entre la cinematografía, la literatura, la música y la fatalidad en las siempre peligrosas rutas. También conversó con profesionales, científicos, artistas, psiquiatras, en definitiva, toda una variada gama de personalidades que hablaron de la cultura del choque.



Carlos Monzón, otro de los ídolos nacionales fallecidos en un accidente de tráfico.

¡Crash!. El sonido del impacto es parte de la fauna urbana en este país. La mayoría corre hacia la ventana más próxima. No pocos se quedan en sus asientos en las oficinas, en el interior de sus casas, en la pieza del hotel como si nada hubiera sucedido. Nada fuera de lo normal, se entiende. ¡Crash! Y verán las cosas que pasan allá fuera. Parabrisas quebrados en mil pedazos, parachoques abollados, puertas retorcidas como viejas tarjetas de navidad. Todo esto en el mejor de los casos. En el peor, estaremos hablando de tristes fallecimientos. Muchos de ellos estúpidos, sin sentido. Completamente irracionales. El choque parece tener implicancias que van más allá del accidente mismo, el descuido o la irracionalidad. Hace unos años el director de cine David Cronenberg estableció un punto de contacto entre el impacto de los automóviles y una forma de morboso erotismo. Un grupo de desquiciados se sometía a sí mismo a dolorosas experiencias con vehículos que terminaban con cuellos torcidos, costillas rotas y heridas varias en el cuerpo a modo de orgullosos tatuajes. Su fanatismo llegaba a tal punto que organizaban reuniónes en las que se reproducían los más famosos accidentes de tránsito. ¿El más célebre de todos? Por supuesto, el golpe inesperado que acabó con la vida de James Dean. Otro cadáver exquisito en la carretera de la fama. Hacia el final los protagonistas, ya completamente secuestrados por el deseo, se sorprenden de no haber muerto en uno de sus proyectos “estéticos”. ¿Alguna similitud ,la realidad?

Primera postal: la duda

Dos amigos vuelven de un fin de semana en Villa La Angostura. Van detrás de un camión un poco fastidiados hasta que el chofer les hace una seña: despejado, adelante. El que va al volante le pregunta al otro ¿le creo? La casualidad no es una palabra adecuada para referir la historia de los accidentes en la Argentina. La causalidad es la única respuesta suficiente. La muerte de sus emblemas, de sus ídolos no deja espacio para la duda. ¿En qué circunstancias murió Carlos Monzón? Sí, en un accidente de tránsito. ¿En qué circunstancias murió Rodrigo? Sí, en un accidente de tránsito. Las calles, las rutas, los pasajes que conducen a las playas o a los bosques en tiempos de vacaciones, están llenos de trampas, de guiños, de enigmáticos laberintos construídos por los que conducen. Tal vez ya sea hora de buscar un nuevo concepto para referirse a las muertes que terminan en las rutas. La pregunta no es una hipótesis, ni siquiera es una pregunta que busque respuestas que no estén ya escritas en algún lado. Sin embargo, la hacemos una y otra vez en una búsqueda que quizás nos lleve hacia algún tipo de sosiego o justificación.

 

¿Por qué manejan tan mal los argentinos?

“La casa es un espacio privado en donde las normas son íntimas. Las calles son escenario de la vida en sociedad. Lo que sucede en las calles es un reflejo de las relaciones sociales. Ahí se ponen en juego, entre otras cosas, problemas de clase. Es una idea (equivocada,por cierto) que el peatón es uno que no le da el cuero para subirse a un auto, y el si tengo una camioneta grande soy más poderoso que los automovilistas. Esto funciona así, no por una simple cuestión de fuerza, tamaño y poder destructor, sino que se le agrega una valoración social. Estos son mecanismos implícitos que pocos reconocerían. Entonces en las calles se escenifican la manera en que se dirimen conflictos en el país. Los que pueden, ignoran a los que pueden menos, o esperan que se adapten a sus caprichos. Ambición infantil, el que me parezca injusto que ese camión esté adelante mío, no me habilita a pasarlo cueste lo que cueste, corriendo riesgos exagerados. Me hace acordar a un personaje (no me acuerdo el nombre): la mina platuda de ‘El gran Gatsby’ que es la que atropella a la otra y desencadena el desenlace. Esa mujer, al principio del libro dice que maneja mal, pero que se considera con derecho a circular porque los demás deberían saber cómo hacer para protegerse. Manejar bien es un problema de los demás, no mío. Creo que no estamos lejos de esa idea. Otra referencia literaria: en los cuentos de Soriano. No me acuerdo en qué libro, en uno en el que habla del padre, en un momento están viajando en un auto por la Patagonia y se le ocurre comentarle al padre lo mal que está manejando. El padre detiene el auto y le dice que se baje así se agarran a trompadas. Así reacciona la gente a la que se le señala un error. Es una afrenta a la hombría”. Es la respuesta sustanciosa y clarificadora de Willy Pregliasco, doctor en física del Instituto Balseiro, instrumentista de tuba en la Banda Atómica, y viajero de impenitente de las rutas argentinas. Pregliasco junto a Ernesto Martínez, el otro físico que encontrarán en esta misma nota un poco más adelante, han trabajado profusamente, desde la física, por supuesto, en los elementos vinculados a las causas de los accidentes. Los motivos empíricos que desencadenan las tragedias. Poco después de contestar, Pregliasco recordó exactamente en qué párrafo de “El gran Gatsby” de Francis Scott Fitzgerald, encontró aquel diálogo tan representativo de lo que ocurre en este país. Gracias a su proverbial memoria lo reproducimos. Que cada uno saque sus propias conclusiones. Es el personaje Jordan Baker quien narra: “…En esa misma fecha, sostuvimos una curiosa conversación sobre el modo de conducir coches. Se inició porque pasamos tan cerca de unos obreros que el guardabarros le arrancó a uno un botón de la chaqueta. –Conduces pésimamente protesté–. Deberías tener más cuidado, o no conducir. –Tengo cuidado. – No, no lo tienes. – Bueno, ya lo tienen los demás —replicó ella, con ligereza. –¿Qué tiene eso que ver? –Se apartan de mi camino. Para que haya un accidente tienen que ser dos. – Supón que tropiezas con uno tan imprudente como tú. – Espero que eso no llegue a suceder; me molesta la gente descuidada. – Por eso me gustas tú”

Segunda postal: como en Hollywood pero en Buenos Aires

Esto ocurrió hace unos diez años atrás sobre Avenida Entre Ríos a pocas cuadras del Congreso de la Nación. Un colectivo de pasajeros detiene en medio de la avenida imprevistamente su marcha. Atrás, un particular no alcanza a reaccionar y golpea el parachoques de su vehículo. El dueño del auto se baja y furioso le recrimina la maniobra al conductor. Discuten, se insultan. De pronto el chofer del colectivo arranca dejando parado en la calle al otro. Como en una película norteamericana este comienza a correr detrás del colectivo. Finalmente, se agarra de una baranda, consigue subirse, salta los tres escalones que lo separan de su nuevo enemigo y lo golpea. Son alrededor de las 7 de la tarde y el micro circula por el centro de una de las ciudades más grandes del planeta. A pesar de la lucha de los dos hombres, el transporte público sigue de frente haciendo su ruta como ausente a todo. ¿Qué nos revela la forma de conducir de la realidad de un país? Un colega, el periodista Lucas Guagnini, solía decir que alguna vez había escuchado el siguiente refrán: “Los cubanos manejan lento y mal, los alemanes rápido y bien y los argentinos…rápido y mal”. Hay también una cultura dispuesta a absorber determinados imaginarios provenientes del cine o la literatura. Hace ya unos años se hizo muy popular en esta parte del mundo el actor Ryan O Neil en el papel de un conductor (el filme se llamaba de ese modo) que se caracteriza por enfrentarse al igual que un suicida con sus oponentes. Auto contra auto. Vida contra vida. El que torcía el volante era quien perdía la contienda. No es un hecho fortuito del destino que estos filmes tengan arraigo en la idiosincrasia nacional. La lista de títulos es extensa y viene a la mente en forma desordenada. Pero de una manera u otra se ha homenajeado la osadía al conducir en las dos partes de “Rápido y furioso”, “60 segundos”, las dos partes de “Taxi”, y otras producciones donde el rol de los automóviles es fundamental como “Misión Imposible 2” y “Ronín”. Las versiones locales de estas secuencias tampoco se han hecho esperar demasiado. El rubro autos conserva, no curiosamente, una variada gama de seguidores. Pensemos en que las competencias de turismo carretera tienen un alcance nacional como si se tratara de…¿una misa?. Fox Sports emite su propio programa de autos, también ESPN hace lo suyo, TyC Sports y Canal 9 otro tanto, e incluso, los más fanáticos pueden encontrar programas especiales sobre tales temas en la BBC (en el que se prueban los coches más caros del mundo) y en Discovery o People & Art.Algo de esto también se traspasa a las calles de la ciudad. A la misma pregunta responde el psiquiatra y diputado provincial Luis Di Giácomo: “Se maneja mal porque: 1) No hay sanciones ejemplificadoras. 2) Porque conformamos una sociedad transgresora cada vez con menos conciencia  del deber ser, en términos de “nadie cumple con la ley, cuando yo tengo poder (un vehículo) hago mi parte”.

 

Aguanta San Cristóbal

Una vieja letra de Tom Waits viene a cuento. Encontrada por ahí, justo a propósito de este artículo “Aguanta San Cristóbal”, cuenta: “Aguanta San Cristóbal, bajo el humor del motor Fija el asiento trasero, no te preocupes del radiador Tengo un cambio de marchas en el aéreo, una plancha de 2 dólares Tengo un carro del 85 que sube pendientes de 85 grados Aguanta San Cristóbal, en el asiento de pasajeros Hay que darle gas, esta noche conduce el diablo Aguanta, San Cristóbal, en un asiento de pasajeros Hay que darle gas, esta noche conduce el diablo Aguanta, San Cristóbal, con un músico de burdel Súbeme a Mt. Baldy, déjame en la niebla Aprieta a fondo el acelerador, clávale una estaca en el corazón”. Entonces. ¿Existe una relación entre el erotismo y el acto de conducir? ¿Entre la virilidad y el uso del poder? La calle representa uno de esos lugares en los que, sí, –como en el amor y como en la guerra– todo se vale. Una geografía que permite y ampara la trampa, el desquicio y la duda moral: ¿Quién tiene la prioridad: el que se aviva o el que la tiene por derecho de tránsito? ¿Paso antes que el peatón o lo atropello porque no puede afectarme? ¿Huyo después del accidente porque alguien más lo socorrerá o porque no es lo mismo una persona a pie que otra montada en su carro de metal?. “Un factor es la ignorancia supina: muy poca gente (incluyendo abogados y jueces) conoce las reglas de tránsito y su porqué. Pero hay otro factor mucho más importante: la gente maneja como vive. La falta de consideración es clave: si no respetamos las colas ni pagamos los impuestos, porqué vamos a respetar las normas de convivencia social de un tráfico ordenado? En cuanto a las habilidades físicas, son muy poco importantes. El grupo de mayor riesgo son los varones de 18 a 25 años: la testosterona piensa por ellos. El estado calamitoso de muchas rutas, la pésima señalización vial, y el deterioro del parque automotor también contribuyen a la mortalidad, sin duda, pero a mi juicio son efectos menores que se superponen a la incompetencia despreocupada”, indica el doctor en física del Instituto Balseiro, Ernesto Martínez, quien ha venido realizando peritajes en distintos casos de accidentes de tránsito.

 

Postal número tres: Caballo contra peón

Es una tarde poblada de autos y peatones. Cada cual cruza como puede. Un joven se acerca a la esquina para cruzar la calle. Ve que se acerca muy lentamente un auto conducido por un hombre mayor. Parece que va a detenerse. Cuando está a la mitad de su camino el joven se da cuenta de que se ha metido en una ridícula trampa: ya no puede volver pero el auto tampoco se detiene. Movido por el susto y la adrenalina alcanza la otra vereda. Sorprendido le grita al chofer: “¡Porqué no parás!”. El chofer hace un gesto de “Qué se la va a hacer”. “Manejar tan mal es casi como ser un as del volante, es tener una extraordinaria habilidad para violar las leyes del tránsito. Por eso se maneja así”, dice el actor Nacho Gadano ante la pregunta que nos convoca. Más tarde el crítico de música Víctor Pintos bromeará también con que: “Los argentinos manejamos tan mal porque se avanza por la izquierda. Y nos da miedo”. ¿Tendrá el miedo algo que ver en todo esto? El miedo al otro, tal vez. El miedo a mostrarse respetuoso en un ambiente en el que estamos protegidos por la chatarra. Pero nadie escapa ni está ajeno a los condicionamientos socioeconómicos. Diálogo entre dos especialistas escuchado en un programa de ESPN hace unas semanas: – Este nuevo modelo de camioneta viene considerablemente más alto, dice uno. – Eso tiene que ver también con la seguridad del otro, con la ética. – Y…si, en caso de colisión uno de ellos está más arriba. La velocidad, tanto como la dinámica de un automóvil se hallan ligados a conceptos tales como “eterna juventud”, “fuerza”, “intensidad”. Pensemos en aquel comercial en el que un abuelo rejuvenecía al poner su rostro contra el viento. El hijo o el nieto aceleraba sólo para lograr un breve lifting facial en su acompañante. Por siempre joven. El slogan que promocionaba una camioneta hasta no hace mucho, rezaba: “Raza fuerte”. Unos 12 años atrás un comercial de automóviles apelaba a algo similar al decir: “La especie dominante”. Y, para concluir, ¿no es acaso un clásico de la publicidad nacional el aviso en el que se lanza desde un avión a una camioneta para demostrar su resistencia al impacto? “Viviendo hace 5 años fuera del país, comprendo con mayor claridad que los argentinos, al manejar: – No respetan (ni entienden por qué hacerlo) los carriles. – No entienden que la cultura de ceder el paso genera tráfico más fluido. – Tal vez por malgastar el tiempo muchos salen a último momento, apurados. – Muchos sienten placer por ir más rápido que los demás, y frustración cuando van lento “por culpa” de los otros. –En las ciudades tienen que lidiar con cientos de taxistas y colectivos que manejan pésimo y obstruyen la circulación. – Piensan en cómo aprovecharse de la situación o “los huecos” que se abren, para sí mismos, y no piensan, ni formulan la idea, de una posible cultura de trabajo en equipo entre todos los circulantes. –Se olvidan de usar las luces para comunicar sus maniobras. Pero por otro lado… – Estacionan muchísimo mejor. – Comprenden mejor las cuestiones mecánicas de los automóviles (en los últimos 3 años, en EEUU, he cambiado unas 5-6 cubiertas a gente que estaba en la calle y no sabía cómo hacerlo, 2 de los cuáles ni siquiera sabía que tenían cubierta de auxilio y herramientas incluidas en el auto; también conozco bastante gente que no puede manejar un auto con cambios manuales). Sé que tenemos varias cuestiones positivas acerca del manejo de automóviles”. Responde por mail, al tema en cuestión, el músico argentino Ignacio Long, radicado en los Estados Unidos. En una de las primeras escenas del filme “Entre copas”, y que tiende a pasar desapercibida, el protagonista, un solitario erudito de los vinos, aprovecha el tiempo muerto haciendo puzzles en el trayecto por autopista desde su casa hasta la casa de su amigo, con el nada despreciable detalle de que es justamente “él” quien conduce. En el fondo es una conducta muy similar la que se observa en un país en donde hablar por teléfono y conducir al mismo tiempo se ha convertido en un deporte nacional. Es entendible, después de todo manejar puede ser muy aburrido sobretodo si estamos obligados a prestar atención al camino y a las señales, además de considerar la integridad de los otros. Demasiado trabajo para empezar la mañana.

CLAUDIO ANDRADE candrade@rionegro.com.ar


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