Un enemigo amorfo
El autodenominado Estado Islámico se encuentra en guerra con Estados Unidos, la Unión Europea, Rusia y China, además de Israel, Irán, Irak y Siria. Por unanimidad, hace poco los miembros del Consejo de Seguridad de la ONU exhortaron a todos los países en condiciones de aportar algo a participar de una ofensiva contra el grupo que se enorgullece de ser responsable de un sinfín de atrocidades macabras. Sería de suponer, pues, que los aliados coyunturales, dueños casi monopólicos del poder militar convencional que existe en el mundo, eliminarían muy pronto a los fanáticos sanguinarios que se han adueñado de zonas extensas de Siria e Irak, pero pocos creen que ello vaya a ocurrir. Por el contrario, los líderes de los países más poderosos hablan de una lucha que durará muchos años, tal vez “generaciones”, lo que a primera vista parece absurdo pero, por razones que casi todos preferirían pasar por alto, en verdad es realista. A pesar de, o a causa de, los horrendos crímenes que cometen los yihadistas, éstos cuentan con el apoyo de una proporción significante de los más de 1.600 millones de musulmanes que hay en el mundo. Aunque se trata de una minoría, incluye a políticos y otros de países enriquecidos por el petróleo que les dan ayuda financiera. Asimismo, algunos gobiernos, como los de Turquía y Arabia Saudita, entienden que es de su interés permitir que Estado Islámico siga activo; los turcos temen más a los separatistas kurdos que a los yihadistas, mientras que para los sauditas el enemigo principal es la teocracia chiita iraní. Además de los problemas planteados por los enrevesados conflictos étnicos y religiosos que hacen virtualmente ingobernables muchos países africanos y asiáticos, los resueltos a combatir el yihadismo “sin piedad”, para citar al presidente francés François Hollande, se sienten preocupados por la eventual reacción de sus propios conciudadanos musulmanes en la Unión Europea, Rusia y China. Saben muy bien que muchos se sienten más comprometidos con el islam que con los países en que viven y que algunos simpatizan con los guerreros santos, de ahí la presencia en las filas de EI de miles de combatientes procedentes de Europa, América del Norte, del sur caucásico de Rusia y del oeste de China. Si sólo fuera cuestión de aniquilar a EI en Oriente Medio, las grandes potencias podrían hacerlo en un lapso muy breve, pero no resultaría tan sencillo destruirlo en otras partes del mundo, aunque es legítimo suponer que una campaña militar exitosa serviría para que la yihad perdiera su atractivo para aquellos jóvenes europeos y chinos que la creen destinada a triunfar y también para sus simpatizantes ricos en Arabia Saudita y los emiratos del Golfo. Sea como fuere, los gobiernos europeos aún no quieren arriesgarse tomando medidas que asustarían a sus conciudadanos musulmanes e indignarían a los convencidos de que la mejor forma de apaciguar a jóvenes tentados por el terrorismo consistiría en ayudarlos a reconciliarse con las sociedades en que se criaron. Por desgracia, parecería que todos los esfuerzos en tal sentido han fracasado. La voluntad de los gobiernos europeos de dar prioridad a la convivencia ha contribuido a ampliar la brecha entre el grueso de la clase política y los cada vez más que se creen víctimas de un experimento social o demográfico que tendrá consecuencias nefastas. Aunque dirigentes como la alemana Angela Merkel y el británico David Cameron han afirmado que a su juicio el “multiculturalismo” ha resultado ser un error, no saben cómo remediarlo. Tampoco se animan a señalar que mientras que muchos miles de antillanos, latinoamericanos, chinos, hindúes, sijes, budistas y cristianos de origen africano o asiático se han incorporado a la “familia europea” sin que hayan surgido dificultades, no se puede decir lo mismo de los musulmanes que, por supuesto, constituyen la mayoría abrumadora de los inmigrantes. Puede que ya sea demasiado tarde para que los gobiernos europeos encuentren el modo de asimilarlos. De ser así, los conflictos entre las distintas comunidades, como los que en semanas recientes han estallado en Francia y Bélgica, continuarán agravándose, lo que, entre otras cosas, facilitaría el resurgimiento de movimientos nacionalistas, cuando no racistas, parecidos a los que tantas tragedias inenarrables provocaron en la primera mitad del siglo pasado.
El autodenominado Estado Islámico se encuentra en guerra con Estados Unidos, la Unión Europea, Rusia y China, además de Israel, Irán, Irak y Siria. Por unanimidad, hace poco los miembros del Consejo de Seguridad de la ONU exhortaron a todos los países en condiciones de aportar algo a participar de una ofensiva contra el grupo que se enorgullece de ser responsable de un sinfín de atrocidades macabras. Sería de suponer, pues, que los aliados coyunturales, dueños casi monopólicos del poder militar convencional que existe en el mundo, eliminarían muy pronto a los fanáticos sanguinarios que se han adueñado de zonas extensas de Siria e Irak, pero pocos creen que ello vaya a ocurrir. Por el contrario, los líderes de los países más poderosos hablan de una lucha que durará muchos años, tal vez “generaciones”, lo que a primera vista parece absurdo pero, por razones que casi todos preferirían pasar por alto, en verdad es realista. A pesar de, o a causa de, los horrendos crímenes que cometen los yihadistas, éstos cuentan con el apoyo de una proporción significante de los más de 1.600 millones de musulmanes que hay en el mundo. Aunque se trata de una minoría, incluye a políticos y otros de países enriquecidos por el petróleo que les dan ayuda financiera. Asimismo, algunos gobiernos, como los de Turquía y Arabia Saudita, entienden que es de su interés permitir que Estado Islámico siga activo; los turcos temen más a los separatistas kurdos que a los yihadistas, mientras que para los sauditas el enemigo principal es la teocracia chiita iraní. Además de los problemas planteados por los enrevesados conflictos étnicos y religiosos que hacen virtualmente ingobernables muchos países africanos y asiáticos, los resueltos a combatir el yihadismo “sin piedad”, para citar al presidente francés François Hollande, se sienten preocupados por la eventual reacción de sus propios conciudadanos musulmanes en la Unión Europea, Rusia y China. Saben muy bien que muchos se sienten más comprometidos con el islam que con los países en que viven y que algunos simpatizan con los guerreros santos, de ahí la presencia en las filas de EI de miles de combatientes procedentes de Europa, América del Norte, del sur caucásico de Rusia y del oeste de China. Si sólo fuera cuestión de aniquilar a EI en Oriente Medio, las grandes potencias podrían hacerlo en un lapso muy breve, pero no resultaría tan sencillo destruirlo en otras partes del mundo, aunque es legítimo suponer que una campaña militar exitosa serviría para que la yihad perdiera su atractivo para aquellos jóvenes europeos y chinos que la creen destinada a triunfar y también para sus simpatizantes ricos en Arabia Saudita y los emiratos del Golfo. Sea como fuere, los gobiernos europeos aún no quieren arriesgarse tomando medidas que asustarían a sus conciudadanos musulmanes e indignarían a los convencidos de que la mejor forma de apaciguar a jóvenes tentados por el terrorismo consistiría en ayudarlos a reconciliarse con las sociedades en que se criaron. Por desgracia, parecería que todos los esfuerzos en tal sentido han fracasado. La voluntad de los gobiernos europeos de dar prioridad a la convivencia ha contribuido a ampliar la brecha entre el grueso de la clase política y los cada vez más que se creen víctimas de un experimento social o demográfico que tendrá consecuencias nefastas. Aunque dirigentes como la alemana Angela Merkel y el británico David Cameron han afirmado que a su juicio el “multiculturalismo” ha resultado ser un error, no saben cómo remediarlo. Tampoco se animan a señalar que mientras que muchos miles de antillanos, latinoamericanos, chinos, hindúes, sijes, budistas y cristianos de origen africano o asiático se han incorporado a la “familia europea” sin que hayan surgido dificultades, no se puede decir lo mismo de los musulmanes que, por supuesto, constituyen la mayoría abrumadora de los inmigrantes. Puede que ya sea demasiado tarde para que los gobiernos europeos encuentren el modo de asimilarlos. De ser así, los conflictos entre las distintas comunidades, como los que en semanas recientes han estallado en Francia y Bélgica, continuarán agravándose, lo que, entre otras cosas, facilitaría el resurgimiento de movimientos nacionalistas, cuando no racistas, parecidos a los que tantas tragedias inenarrables provocaron en la primera mitad del siglo pasado.
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