Un gobierno muy confuso

Que a veces los líderes de un gobierno democrático privilegien lo que suponen son sus propios intereses políticos por encima del bien común puede considerarse normal, ya que virtualmente todos son proclives a creerse más importantes que las sociedades que administran, pero pocos han ido tan lejos en tal sentido como el encabezado formalmente por la presidenta Cristina Fernández de Kirchner. Parecería que para el "hombre fuerte" del gobierno, es decir, el ex presidente Néstor Kirchner, poner de rodillas al campo se ha convertido en una obsesión, motivo por el que está más que dispuesto a frustrar cualquier intento por parte de otros funcionarios de superar el conflicto extraordinariamente costoso con los productores rurales que ya ha hecho trizas su propia popularidad y la de su mujer. Dicho conflicto comenzó bien antes de marzo del año pasado cuando el gobierno, obnubilado por el alza internacional del precio de la soja, anunció que en adelante las retenciones serían móviles, ya que los Kirchner nunca trataron de ocultar la hostilidad que sentían por todo lo relacionado con el agro, el que a su juicio es irremediablemente oligárquico, pero a partir de la aparición de la tristemente célebre resolución 125 es el tema dominante de la política nacional.

Hace apenas una semana, hubo motivos para creer que por fin la sensatez se impondría para que el gobierno y el campo, éste representado por la Mesa de Enlace, alcanzarían un arreglo razonable a través del diálogo. No pudo ser. Para sorpresa incluso de algunos de sus propios integrantes, el gobierno dejó saber que el presidente de la Sociedad Rural, Hugo Biolcati, había llegado a un acuerdo para trigo, carnes y leche con el ministro de Planificación, Julio De Vido, luego de negociaciones secretas. El protagonismo de De Vido en el embrollo se debe a que, por ser hombre de confianza del ex presidente Kirchner, tal vez esté en condiciones de formalizar decisiones, algo que no pueden hacer la presidenta Cristina, el jefe de Gabinete, Sergio Massa, y el largamente eclipsado ministro de Economía, un tal Carlos Fernández.

Según parece, los responsables de ordenar la difusión de los detalles de los encuentros de Biolcati y De Vido calculaban que serviría para romper la unidad de la Mesa de Enlace, al enojar a los demás miembros que no habían sido debidamente informados de lo que ocurría. De ser así, la jugada resultó contraproducente. Conscientes de lo que estaba sucediendo, los miembros de la Mesa de Enlace cerraron filas y convocaron en seguida a un nuevo paro. Puede que sean menores las consecuencias concretas de la protesta organizada por los productores rurales, pero el impacto político inmediato fue claramente negativo para un gobierno que brinda la impresión de estar sólo interesado en anotarse puntos en su enfrentamiento con un sector productivo fundamental, justo cuando el país está deslizándose hacia una crisis económica que amenaza con resultar traumática.

En esta ocasión, como en muchas otras, la mala fe que fue manifestada por el gobierno puede atribuirse no sólo a la afición evidente de los Kirchner por las maniobras sinuosas sino también a la confusión que causa lo que en una ocasión el ex presidente interino Eduardo Duhalde calificó de "doble comando". Aunque se presume que a esta altura todos saben que Néstor Kirchner lleva la voz cantante y que el papel de Cristina es en buena medida decorativo, la necesidad de fingir creer que es una presidenta de verdad sigue provocando malentendidos además, claro está, de hacer muy difícil la búsqueda por los deseosos de superar conflictos de interlocutores válidos entre los distintos integrantes del elenco gubernamental. Si bien los ruralistas comprenderán que el ex presidente siempre tendrá la última palabra y que por lo tanto un diálogo con la ministra de Producción, Débora Giorgi, sería a lo sumo protocolar si los eventuales acuerdos no fueran aprobados por Néstor Kirchner, razón por la que les convendría más intercambiar ideas y propuestas con De Vido, el secretario de Comercio Guillermo Moreno o, lo que sería aún más realista, el mismísimo Néstor Kirchner, tendrán que prestarse a lo que podría ser una farsa con la esperanza, por tenue que fuera, de que sirva para producir algo útil.


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