Un mundo propio

Por estrafalario que parezca, el gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner se las ha arreglado para que casi todos, incluyendo, desde luego, a los dirigentes sindicales, confíen menos en sus declaraciones acerca de su manera muy particular de monitorear la evolución de la economía, que en las del Fondo Monetario Internacional. Mientras que la gente del FMI ha dejado saber que su organismo comparte la convicción ya generalizada de que las cifras difundidas por el INDEC sólo reflejan la voluntad oficial, distintos voceros gubernamentales siguen insistiendo en que son fidedignas, aunque luego de más de un año de manipulación flagrante virtualmente nadie les cree. Es por eso que el anuncio de que en enero el costo de vida subió "sólo" el 0,9% motivó tanta incredulidad. Dicen los escépticos que el mes pasado los costos del transporte público aumentaron un promedio del 20%, mientras que el turismo, que conforme al INDEC subió apenas el 5,9%, en realidad pegó un salto de casi el 15%, de suerte que es sencillamente imposible tomar en serio el índice minorista oficial.

Por razones que son tan obvias como legítimas, el FMI hace hincapié en la importancia de contar con "datos fiables sobre indicadores clave, como la inflación, para establecer una buena política económica, no sólo en la Argentina sino en todos los países", para citar al portavoz del organismo Masood Ahmed. Sin datos fiables, los responsables de manejar la economía nacional se encuentran en la situación de un viajero en África que sólo dispone de un mapa del Brasil. En el caso de que el gobierno crea en sus propias estadísticas, continuará tratando la inflación como un problema engorroso pero así y todo no demasiado grave cuya solución puede darse el lujo de postergar. Sin embargo, aun cuando el ministro de Economía, Martín Lousteau, entendiera muy bien que la tasa real es mucho más elevada que la difundida por el INDEC, se sentirá obligado a obrar como si en verdad no le preocupara, puesto que tomar medidas firmes con el propósito de eliminar el mal sería una forma de confesar que a partir de enero del año pasado el gobierno del que forma parte está procurando engañar tanto a la ciudadanía como al resto del mundo.

Por desgracia, la inflación es mucho más que un mero fenómeno estadístico. Cuando cobra fuerza, provoca un sinfín de distorsiones y golpea dolorosamente a los sectores de menores ingresos, para los cuales cualquier aumento puede resultar insoportable, razón por la que muchos sospechan que, no obstante la propaganda oficial, la brecha entre los relativamente pudientes y los pobres continúa ampliándose. Asimismo, tanto los aumentos constantes de los precios como la falta de confianza en la veracidad de los datos oficiales hacen temer que tarde o temprano estallará una nueva crisis económica que pondrá un fin repentino al período de expansión rápida que se inició poco antes de la llegada de Néstor Kirchner a la Casa Rosada. Por este motivo, muchos pronosticaron que, una vez instalada en la presidencia, Cristina trataría de sincerar poco a poco los números producidos por el INDEC, pero la difusión de un índice de inflación nada creíble para el mes pasado puede tomarse por una señal de que no tiene la más mínima intención de hacerlo. Parecería que, al igual que su marido, la presidenta se ha persuadido de que siempre hay que privilegiar el crecimiento, de modo que si procurar combatir la inflación significara resignarse a una tasa de expansión menos vertiginosa que la de los años últimos sería mejor pasarla por alto. Dicha actitud es peligrosa. La razón por la que los gobiernos del Primer Mundo están dispuestos a tomar medidas muy antipáticas para frenar una tasa de inflación decididamente inferior a la registrada oficialmente aquí -y ni hablar de una del 20% anual o más estimada por consultoras no gubernamentales- es que la experiencia les ha enseñado que a la larga la inflación alta es incompatible con el crecimiento sostenido. Según parece, los Kirchner se han convencido de que les será dado mofarse de las reglas que imperan en otras latitudes. Sería maravilloso que resultaran estar en lo cierto y que todos los demás se hayan equivocado, pero, mal que les pese, parece casi nula la posibilidad de que así sea.


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