Un país anémico

Como siempre ocurre cuando se difunde la sensación de que la economía está acercándose a una etapa tumultuosa, en los meses últimos se ha intensificado mucho la sangría de capitales. Según los especialistas en la materia, en apenas tres meses salió el equivalente de aproximadamente 9.000 millones de dólares estadounidenses, una cantidad sólo superada en los momentos más álgidos de la crisis que puso fin a la convertibilidad. Aunque el conflicto con el campo contribuyó a agravar la situación, el éxodo había comenzado antes de que al gobierno se le ocurriera mejorar sus finanzas apropiándose de una tajada aún mayor del dinero procedente de la exportación de granos y oleaginosas. Por razones en parte políticas -la decisión de Néstor Kirchner de prestar la presidencia a su mujer por cuatro años no sirvió para persuadir a nadie de que la Argentina era un «país normal»- pero también económicas, en la segunda mitad del año pasado la incertidumbre en cuanto a las perspectivas futuras resultaba más convincente que las cifras relacionadas con la tasa de crecimiento y una proporción cada vez mayor de quienes estaban en condiciones de hacerlo optó por alejar su dinero de las manos de un gobierno a su juicio nada confiable.

Conforme a algunos cálculos, los argentinos tienen tanto dinero en el exterior -se habla de casi 300.000 millones de dólares- que vale más que todo cuanto logra producir el país en un año. No sorprende, pues, que a pesar de algunos períodos de expansión rápida como los disfrutados en los años noventa y a partir del 2002 nuestro desempeño económico haya sido llamativamente mediocre, ya que desde la restauración de la democracia a fines de 1983 hemos crecido menos que el promedio mundial. Tampoco sorprende que la mitad de la población se encuentre ya sumida en la pobreza extrema, ya en peligro de caer en ella empujada por la inflación, puesto que los recursos que en otras circunstancias se hubieran usado para crear nuevas empresas, para mejorar sustancialmente la educación y para actualizar la infraestructura, cuyo estado es desde hace décadas lamentable, han sido invertidos en otras partes del mundo. De más está decir que una sociedad que se dedica a expulsar capital sencillamente no puede esperar crecer de manera sostenible durante mucho tiempo o dotarse de servicios sociales aceptables. A lo mejor gozará de bonanzas esporádicas cuando las condiciones internacionales le sean favorables y pueda exportar materias primas o productos agropecuarios no elaborados, para recaer después en una nueva crisis al trasladarse al exterior los recursos financieros que serían necesarios para poner en marcha un proceso de crecimiento prolongado.

El gobierno del «doble comando» kirchnerista es el responsable principal de la pérdida de capitales más reciente. Aunque jura que quiere reducir la brecha abismal que separa a los ricos de los pobres, actúa de tal modo que se ha ampliado todavía más. Por motivos políticos, cuando no electoralistas, ha hecho lo posible por sembrar desconfianza entre todos los agentes económicos, incluyendo a quienes se han visto beneficiados por el «modelo» y por lo tanto quisieran que se conservara. Están menos impresionados por las cifras reconfortantes difundidas por el INDEC y por el Banco Central que por la conciencia de que el gobierno sólo se preocupa por su propio destino y que en consecuencia subordinará absolutamente todo a la «construcción del poder», incrementando drásticamente el gasto público con el propósito de comprar voluntades, repartiendo privilegios costosos entre sus aliados del empresariado y ensañándose con todos aquellos que se muestren reacios a aportar al «proyecto» kirchnerista. Dan por descontado que tarde o temprano el país experimentará otra de sus crisis cíclicas atribuibles a la incapacidad del gobierno de turno para cumplir con sus obligaciones, de ahí el aumento reciente del índice riesgo país que es en la actualidad el peor de la región, superior incluso al otorgado a Ecuador. Acusar a quienes defienden así su patrimonio de falta de solidaridad es muy fácil pero, lejos de ayudar a atenuar los problemas creados por la incertidumbre crónica, sólo sirve para privar al país de los medios que le permitirían hacer un esfuerzo serio por solucionarlos.


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