Un panorama muy complicado

Redacción

Por Redacción

Para sorpresa de quienes preveían que, una vez celebradas las PASO, el candidato oficialista Daniel Scioli y su competidor principal, el porteño Mauricio Macri, compartirían los votos conseguidos por Sergio Massa, parecería que muy poco ha cambiado a partir del 10 de agosto. Puede que el electorado termine polarizándose antes del 25 de octubre, pero por ser tan confuso el panorama es comprensible que aún se haya resistido a hacerlo. Huelga decir que la situación sería otra si la Argentina contara con instituciones políticas equiparables con las de América del Norte o los países más estables de Europa, pero a pesar de que todos los dirigentes afirman entender muy bien que, para funcionar de forma adecuada, la democracia necesita partidos fuertes, han sido llamativamente pobres los resultados de los esfuerzos por consolidar los existentes. El Partido Justicialista y la UCR son movimientos divididos en una multitud de facciones pendencieras, de las que el Frente para la Victoria oficialista es sólo un vehículo electoral conducido por la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, el PRO sigue siendo una organización porteña dominada por Macri, y los demás partidos son grupúsculos que, con escasas excepciones, dependen de la imagen coyuntural de una sola persona. Por lo tanto, las opciones frente al electorado distan de ser claras. A menos de un mes de los comicios que decidirán el futuro inmediato del país, los votantes no tienen más alternativa que la de tratar de determinar cuál de los candidatos posee no sólo las cualidades necesarias para gobernar con éxito sino también su capacidad para construir, y después conservar, el poder suficiente como para permitirle hacerlo. Parecería que las eventuales diferencias programáticas son lo de menos, ya que a esta altura nadie ignora que Macri, Scioli y Massa son centristas de ideas bastante similares; ninguno ha manifestado demasiado interés en las abstracciones ideológicas a la que aludían con frecuencia muchos presidentes anteriores y, desde luego, los defensores de la gestión de los Kirchner. A primera vista, el mejor ubicado para crear una coalición capaz de garantizar la gobernabilidad es Scioli. Puesto que cuenta con la adhesión de la mayoría de las facciones peronistas y otras que le son afines, debería serle posible disciplinar a los tentados a aprovechar circunstancias económicas y sociales ingratas para aumentar su propio poder. Sin embargo, en el movimiento incipiente que se ha aglutinado en torno al gobernador bonaerense se ha confluido dos corrientes que son mutuamente incompatibles, la sciolista por un lado y la cristinista por el otro. ¿Se resignarían a convivir pacíficamente o, como muchos temen, se entregarían a una lucha interna despiadada por el poder? Tal y como están las cosas, parece más que probable que, en el caso de que Scioli triunfara, los kirchneristas emprendan enseguida una ofensiva contra quienes tratarían de desalojarlos de los muchos “espacios” que se las han arreglado para ocupar. Un gobierno encabezado por Macri lo tendría aún más difícil. La presidenta y sus simpatizantes ya han comenzado a acusarlo de querer privar a los sectores más rezagados de los modestos beneficios económicos a los que se han acostumbrado con el propósito de hacer pensar que los duros tiempos que se avecinan se deberán no a las deficiencias patentes del “modelo” sino a la mala voluntad del “neoliberal” porteño. A juzgar por la experiencia no sólo nacional sino también europea, la prédica en tal sentido resultará eficaz, ya que en todas partes abundan los propensos a suponer que, si no hay recursos para repartir, es culpa de quienes se sienten constreñidos a tomar medidas para reducir el gasto público. De todos modos, la sospecha nada arbitraria de que, por depender del apoyo de una coalición precaria recién improvisada, Macri no estaría en condiciones de garantizar la gobernabilidad, parece haberle impedido crecer en las encuestas más allá del 30%, lo que le ha permitido a Massa mantenerse en carrera. Con todo, aunque por tratarse de un peronista a Massa le sería más fácil que a Macri armar una coalición relativamente fuerte, la convicción en tal sentido no ha sido suficiente como para modificar mucho sus perspectivas electorales, ya que, conforme a las encuestas, el porteño sigue aventajándolo por aproximadamente diez puntos.


Para sorpresa de quienes preveían que, una vez celebradas las PASO, el candidato oficialista Daniel Scioli y su competidor principal, el porteño Mauricio Macri, compartirían los votos conseguidos por Sergio Massa, parecería que muy poco ha cambiado a partir del 10 de agosto. Puede que el electorado termine polarizándose antes del 25 de octubre, pero por ser tan confuso el panorama es comprensible que aún se haya resistido a hacerlo. Huelga decir que la situación sería otra si la Argentina contara con instituciones políticas equiparables con las de América del Norte o los países más estables de Europa, pero a pesar de que todos los dirigentes afirman entender muy bien que, para funcionar de forma adecuada, la democracia necesita partidos fuertes, han sido llamativamente pobres los resultados de los esfuerzos por consolidar los existentes. El Partido Justicialista y la UCR son movimientos divididos en una multitud de facciones pendencieras, de las que el Frente para la Victoria oficialista es sólo un vehículo electoral conducido por la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, el PRO sigue siendo una organización porteña dominada por Macri, y los demás partidos son grupúsculos que, con escasas excepciones, dependen de la imagen coyuntural de una sola persona. Por lo tanto, las opciones frente al electorado distan de ser claras. A menos de un mes de los comicios que decidirán el futuro inmediato del país, los votantes no tienen más alternativa que la de tratar de determinar cuál de los candidatos posee no sólo las cualidades necesarias para gobernar con éxito sino también su capacidad para construir, y después conservar, el poder suficiente como para permitirle hacerlo. Parecería que las eventuales diferencias programáticas son lo de menos, ya que a esta altura nadie ignora que Macri, Scioli y Massa son centristas de ideas bastante similares; ninguno ha manifestado demasiado interés en las abstracciones ideológicas a la que aludían con frecuencia muchos presidentes anteriores y, desde luego, los defensores de la gestión de los Kirchner. A primera vista, el mejor ubicado para crear una coalición capaz de garantizar la gobernabilidad es Scioli. Puesto que cuenta con la adhesión de la mayoría de las facciones peronistas y otras que le son afines, debería serle posible disciplinar a los tentados a aprovechar circunstancias económicas y sociales ingratas para aumentar su propio poder. Sin embargo, en el movimiento incipiente que se ha aglutinado en torno al gobernador bonaerense se ha confluido dos corrientes que son mutuamente incompatibles, la sciolista por un lado y la cristinista por el otro. ¿Se resignarían a convivir pacíficamente o, como muchos temen, se entregarían a una lucha interna despiadada por el poder? Tal y como están las cosas, parece más que probable que, en el caso de que Scioli triunfara, los kirchneristas emprendan enseguida una ofensiva contra quienes tratarían de desalojarlos de los muchos “espacios” que se las han arreglado para ocupar. Un gobierno encabezado por Macri lo tendría aún más difícil. La presidenta y sus simpatizantes ya han comenzado a acusarlo de querer privar a los sectores más rezagados de los modestos beneficios económicos a los que se han acostumbrado con el propósito de hacer pensar que los duros tiempos que se avecinan se deberán no a las deficiencias patentes del “modelo” sino a la mala voluntad del “neoliberal” porteño. A juzgar por la experiencia no sólo nacional sino también europea, la prédica en tal sentido resultará eficaz, ya que en todas partes abundan los propensos a suponer que, si no hay recursos para repartir, es culpa de quienes se sienten constreñidos a tomar medidas para reducir el gasto público. De todos modos, la sospecha nada arbitraria de que, por depender del apoyo de una coalición precaria recién improvisada, Macri no estaría en condiciones de garantizar la gobernabilidad, parece haberle impedido crecer en las encuestas más allá del 30%, lo que le ha permitido a Massa mantenerse en carrera. Con todo, aunque por tratarse de un peronista a Massa le sería más fácil que a Macri armar una coalición relativamente fuerte, la convicción en tal sentido no ha sido suficiente como para modificar mucho sus perspectivas electorales, ya que, conforme a las encuestas, el porteño sigue aventajándolo por aproximadamente diez puntos.

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