Un socio problemático
Aunque el presidente electo Mauricio Macri dice creer que, “unidos, Argentina y Brasil somos imparables”, para ponerse en marcha la alianza estratégica que tiene en mente sería necesario que nuestros vecinos dejaran atrás el fenomenal embrollo político y económico que se las han ingeniado para crear. Por desgracia, es poco probable que logren hacerlo en los meses próximos. Además de afrontar el riesgo de verse destituida mediante un juicio político, la presidenta Dilma Rousseff está intentando frenar la caída de una economía que todos los días pierde más terreno a sabiendas de que un esfuerzo vigoroso por estimularla podría resultar contraproducente. Entre los empresarios brasileños, el consenso parece ser que la economía no podrá comenzar a recuperarse hasta que Dilma haya abandonado el Palacio del Planalto, razón por la que la noticia de que se había iniciado el proceso de “impeachment” hizo saltar de alegría a la Bolsa de San Pablo, cuyo índice principal subió el 3,29%, pero, como es natural, tanto la presidenta misma como su padrino político Luiz Inácio “Lula” da Silva están resueltos a movilizar en defensa de la presidenta a los militantes del Partido de los Trabajadores. Lo que se han propuesto es retomar el control de la calle que, desde hace un año, se ve dominada por la oposición. Se trata de una iniciativa que acarrea el riesgo de que estallen batallas campales en muchas partes del país al chocar bandas oficialistas contra los muchos que quieren que Dilma renuncie ya. Asimismo, Lula y sus acompañantes podrían decidir que, para reconciliarse con la mayoría, Dilma debería reemplazar a su ministro de Finanzas, Joaquim “manos de tijera” Levy por una persona menos reacia a gastar el dinero público, lo que a juicio de muchos no sólo daría un nuevo impulso a la inflación sino que también asustaría a los interesados en invertir en Brasil. Dilma está en tantos apuros porque, a pesar de su voluntad de ver encarcelados a colaboradores corruptos, carece de autoridad moral. Para derrotar al candidato presidencial centrista Aécio Neves en el balotaje que se celebró en octubre del año pasado, lo acusó de querer llevar a cabo un “ajuste neoliberal” despiadado que enseguida tendría consecuencias terribles para la mayoría de los brasileños, pero no bien reanudó su gestión se puso a aplicar uno que sería aún más feroz que el que había atribuido a su contrincante. Aunque es normal que los políticos en campaña carguen las tintas o, como diría el expresidente Eduardo Duhalde, que mientan descaradamente, la maniobra de Dilma motivó tanta indignación entre sus propios votantes que desde aquel momento está en la cuerda floja. Para que la presidenta brasileña resultara aún más vulnerable, no le ha sido dado desvincularse del escándalo de corrupción de Petrobras, la empresa emblemática que durante años sirvió al gobierno del PT como una fuente al parecer inagotable de dinero: puesto que entre enero de 2003 y junio de 2005 Dilma se había desempeñado como ministra de Energía y Minas, pocos la creen ajena a los delitos perpetrados sistemáticamente por los administradores de la petrolera y sus amigos de la clase política. Para Macri, lo que está sucediendo en Brasil ha de ser motivo de mucha preocupación. Aunque por ahora se siente obligado a privilegiar su relación personal con Dilma con la esperanza de contar con su respaldo diplomático frente al régimen chavista de Venezuela y, en cuanto resulte posible, conseguir cierto apoyo económico, sabrá que en cualquier momento podría verse ante un sucesor de actitudes muy distintas. Desde el punto de vista tanto de Macri como de los demás dirigentes latinoamericanos con la eventual excepción de los bolivarianos, sería mejor que se celebraran pronto nuevas elecciones en Brasil, lo que pondría fin a un período ya demasiado largo de incertidumbre, y, en el caso de nuestro presidente electo, que las ganara alguien como Neves, con ideas que son parecidas a las suyas; pero entenderá que no le conviene en absoluto brindar la impresión de querer involucrarse en los asuntos brasileños. Si bien ya es habitual que los dirigentes de un país latinoamericano procuren incidir en la política de otros, los beneficios de hacerlo suelen ser escasos y los problemas ocasionados pueden ser muy grandes, razón por la que en dicho ámbito hay que actuar con mucha cautela.