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Un universo musical al pie de la cordillera

La Semana Musical Llao Llao es fiel a sí misma. Un recorrido entre el glamour y la pasión artística.





BARILOCHE.- Hay momentos, nítidas postales, que definen la Semana Musical Llao Llao. El agasajo de bienvenida al público y a la prensa, en un salón donde se prodigan champagne y exquisitos aperitivos de salmón y variedades tonales de sushi, podría ser una. No la única. Otra también podría ser un grupo de entre 50 y 60 personas sentadas en las lustrosas e impecables escaleras de madera por las que se accede al salón Llao Llao, en el que se desarrollan por estos días los recitales de la nueva temporada. Estudiantes, melómanos, teóricos de la música de cámara, amantes de la sensación privilegiada que resulta del vínculo generoso e íntimo entre los instrumentos en un marco como este. Aquellos no «ligarán» el chocolate que reparten las nenas al pie de las escaleras a todo el que ocupa una silla. No se acoplarán al capítulo más glamuroso del encuentro. No saldrán en la foto.

Estos enamorados del arte que esperan su turno y adquieren las entradas más económicas saben que tendrán su recompensa: el arte puro puesto en escena.

También tenemos los perfumes franceses, los trajes a medida, los peinados clásicos, las esperas en los pasillos entre huéspedes que vienen de una sesión de relax envueltos en batas de baño blancas, las conversaciones en inglés, alemán y otros tantos idiomas en la barra (un espacio en el cual aun se puede fumar). El mundo, aterciopelado y cosmopolita, adinerado y definitivo, que tan precisamente define al Hotel Llao Llao.

La semana se nutre de dichos elementos dispares que no dejan de ser complementarios. Si bien el encuentro ha sentado las bases de su leyenda en un discurso que se revela elitista por el uso y las formas de su protocolo, hace de la música un emblema y una herramienta de placer compartido. Es un espectáculo liberal, en un sentido muy americano del término. Políticamente liberal. En el sector VIP una entrada llega a los 360 pesos, pero ahí atrás, donde la pasión supera la búsqueda de la comodidad, con 25 pesos uno ya puede encontrar su atalaya. El sonido fluye perfecto y diáfano a lo largo toda la sala. El disfrute no alberga exclusiones.

Cada año la semana se muestra más fresca, enérgica y hasta más soñadora. Cada año, pone un número mayor de fichas sobre el tapete. Y hasta ahora, el salto acrobático le ha salido bien. Los públicos crecen, el contenido artístico se acrecienta en calidad. Algunos de los hechos musicales más interesantes y atractivos de los últimos años de la Argentina han transcurrido la semana musical. Un reducto abierto.

No ha sido en vano el esfuerzo de edificar paso a paso esta estructura bautizada Semana Musical Llao Llao. Aun si dejamos a un costado las formas, el glamour y el halo de exclusividad, descubriremos su verdadero propósito: traer al sur del planeta a algunos de los intérpretes más talentosos de su tiempo. La de este año no se diferencia de las otras si partimos del mismo concepto. Una vez más, sus organizadores lograron armar una semana poblada de hombres y mujeres talentosos.

El día inaugural fue una muestra de esta aseveración. El fantástico violinista Noé Inui, ofreció pasajes de denodado virtuosismo y de innegable sensibilidad mientras estuvo sobre el escenario. Y atrás de él, como un paisaje perfecto, de trazos sólidos y preclaros, la Orquesta Sinfónica del Neuquén, dirigida por el maestro Andrés Tolcachir.

Y aquí se manifiesta otra de las claves de la Semana Musical: los momentos que rozan los espiritual. Son eso, momentos, trazos. No quiere decir que cada una de las piezas y las ejecuciones, deban quedar en la historia, es que la búsqueda de un grado de perfección, de un sentimiento acaso oculto pero necesario, resignifica este evento. Noé Inui, encarnó la figura del trapecista que nos conmociona. El equilibrio de su música, la fragilidad de ciertas notas, nos hicieron pensar en el vacío. Un abismo que nunca llegó aunque nos atrapó al grado de hipnotizarnos.

Luego la Orquesta Sinfónica del Neuquén, demostró una vez más que sus esfuerzos y sus presentaciones constantes la han forjado a fuego como una entidad musical con peso propio. El vendaval y la ternura fueron suyos. Cuidada y contenida junto al violinista, o precisa y tortuosa en las siguientes escenas que le tocó protagonizar. Hasta que llegó el final, una obra de Alberto Ginastera. Locuaz, plena.

Si bien Abel López Iturbe, marcó un estilo a la hora de presentar la Semana Musical, Nelson Castro, le ha impuesto su ritmo personal al encuentro. Ha convertido las introducciones en otro espectáculo que merece ser visto y disfrutado. Castro en su papel de verdadero erudito, que tiene la generosidad de abrir las obras al público, de hacerlas accesibles desde un lugar distinto: el discurso oral. Su inteligencia y definitiva alegría por lo que aquí sucede, merecen una parte de la gloria musical en juego.

 

CLAUDIO ANDRADE

candrade@rionegro.com.ar


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