Una desenfrenada y caliente noche «piojosa»
Seis mil almas vibraron con Los Piojos. Neuquén vivió una noche única.
NEUQUEN (AN).- Pareció que estuvieran en su casa, en el líving de su hogar. Se comportaron como tal, y hasta en un momento dio la impresión que tenían ganas de quedarse, de echar raíces en Neuquén. Las 6.000 almas que el viernes por la noche coparon el Ruca Che los recibieron con los brazos abiertos, y cuando la luz se hizo presente, trataron por todos los medios de retenerlos, de no dejarlos partir.
Nunca se sabrá si el recital que ofrecieron Los Piojos en esta capital fue el mejor de sus vidas. Pero no cabe ninguna duda de que los miles de jóvenes «piojosos» que el viernes por la noche saltaron y cantaron hasta perder el aliento no olvidarán jamás el espectáculo.
Fue un show sin precedentes, memorable. No sólo por lo que ofrecieron arriba del escenario «Ciro» Martínez, «Piti» Fernández, «Tavo» Kupinski, «Mickie» Rodríguez y «Roger» Cordero, sino por el verdadero espectáculo que mostró la marea de jóvenes que inundó el estadio del barrio San Lorenzo.Y por el debut de Gabriel, un chico neuquino de 12 años que dejó con la boca abierta a todos (ver aparte). «En Neuquén no recuerdo que se haya visto un espectáculo de estas características. Mirá cómo salta la gente, cómo baila. Es una cosa de locos, es extraordinario», decía con gestos de asombro uno de los organizadores del evento.
Nadie se lo quiso perder. Muchos fueron los que hasta último momento rogaron por obtener una entrada y decenas de muchachos ingresaron a las corridas cuando ya la voz de «Ciro» se había apoderado del lugar. Era hasta palpable la amargura de aquellos que no pudieron conseguir los 15 pesos para la entrada y debieron escuchar «María José» y «Era Doctor» desde la calle.
El magnetismo que despiertan Los Piojos en la juventud de la zona es algo difícil de explicar. «Vengo de San Martín de Los Andes, no me lo quería perder por nada del mundo», repetía en la entrada del Ruca Che un joven de larga cabellera negra, que dejaba ver con orgullo el símbolo de la banda tatuado en su brazo.
Hacía mucho tiempo que no se sentía un clima así, como el que se hizo presente en el Ruca Che el viernes por la noche, y que se extendió hasta los primeros minutos de ayer. Banderas, bengalas, más banderas. Ninguno se quedó sentado, ninguno dejó de cantar, la vergüenza quedó de lado. Los estáticos «no son de Los Piojos», cantaban, los estáticos no existieron.
Cerca de las 23.30 «Ciro» dijo «Chau Neuquén», y la música dejó de sonar. Pero nadie atinó a irse. Y el «Los Piojos no se van…» se hizo carne en las seis mil personas. Llegaron «Ruleta», «Vine hasta aquí», «Era Doctor», «Soy mendigo», «Arco Dos» y otros. El vocalista siguió corriendo sobre el escenario, se arrodilló y soltó alabanzas, jugó con una cámara de video, se colocó una máscara en su nuca, siguió bailando y gesticulando. El público enloquecía, el calor sofocaba, pero a nadie le importó.
Los Piojos demostraron nuevamente que son la banda por excelencia de la juventud. Pero además demostraron que se sienten a gusto en la zona, como en su casa. En colectivo, taxi, caminando… Gente de Neuquén, Cipolletti, Catriel, San Martín, El Bolsón, Centenario, Cinco Saltos. De alguna forma todos llegaron, y se transformaron en un sólo cuerpo y alma, un alma «piojosa».
Gabriel cumplió su sueño
aNo debió ganar ningún concurso de preguntas y repuestas, ni tampoco tuvo que participar de algún reality show… El viernes por la noche Gabriel Díaz cumplió su sueño más preciado: tocó en vivo junto a Los Piojos, ante 6.000 personas, y en su ciudad. La sorpresa de todos fue grande en el Ruca Che cuando «Ciro» Martínez anunció que los acompañaría en el escenario «un amigo», y de la oscuridad emergió Gabriel, un chico de apenas 12 años.
La multitud explotó en un solo aplauso y pareció que en ese momento la figura de este muchachito neuquino se volvió gigante. Comenzó a sonar «Globalización», y los punteos en guitarra de Gabriel despertaron una de las mayores ovaciones de la noche. Fue sorprendente la personalidad y la tranquilidad que demostró el chico en un estadio que parecía venirse abajo.
Gabriel es un muchacho como cualquier otro de su edad. Vive con su familia en Neuquén, va a la escuela primaria y se divierte en sus tiempos libres con sus amigos. Claro que hay algo que lo diferencia de la mayoría, y es su amor por la música, por el rock.
Un día, sabiendo que Los Piojos se presentarían en esta capital por quinta vez, el muchacho decidió probar suerte. Le escribió un mail a la banda contándoles sobre su fanatismo hacia ellos y pidiéndoles una oportunidad en la prueba de sonido. El no lo esperaba, pero cuando llegó al Ruca Che, el grupo lo recibió cordialmente. «Gabriel vino a la prueba de sonido y la rompió. Por eso está tocando con nosotros. Un gran aplauso para Gabriel», pidió «Ciro» a la multitud, y el lugar explotó.
Guitarrista de las bandas locales Hijos del rock y Odisea, logró tocar junto a sus ídolos. Fue su noche soñada. (AN)