Una época extraña
mirando al sur
Separados por cuatro años de diferencia, Jorge Luis Borges y la utopía bélica de Malvinas murieron el mismo día: el 14 de junio. Ambos eventos están dentro de uno de los quinquenios más intensos de la historia argentina reciente: los primeros años de la posdictadura.
En 1982, un atildado Mario Benjamín Menéndez se rindió al jefe británico Jeremy Moore y, en lo único que probablemente haya que agradecerle, evitó una matanza que algunos de sus oficiales le reclamaron entonces y otros de verba fácil le reclaman ahora. Nada más fácil que arriesgar la sangre de otro. Para ese momento, los soldados argentinos llevaban casi tres días sin dormir, bajo fuego. Habían combatido y visto morir a sus compañeros. Se replegaron, los que podían y como podían, a Puerto Argentino, donde entregaron sus armas y comenzaron a tomar conciencia de que habían sobrevivido.
¿A qué Argentina regresaban? Cientos de ellos lo supieron bien pronto. Les bastó el contraste entre las advertencias que les hicieron en el Canberra –el buque británico que los trasladó a Puerto Madryn como prisioneros de guerra– acerca de que los civiles los culparían de la derrota y la recepción popular que tuvieron, a contrapelo de la voluntad oficial de olvido y ocultamiento. Ese día, en Madryn se acabó el pan: los vecinos de la ciudad llevaron a los sobrevivientes a sus casas, les dieron de comer, les prestaron el teléfono para llamar a sus familias. Desafiaron los cordones militares que intentaron imponerles a jóvenes que habían comprobado con riesgo de su vida las consecuencias de un Ejército que se había olvidado hacía tiempo de sus funciones específicas o, sencillamente, pensaba que en realidad tenía otras.
En las islas quedaron nuestros muertos. Tengo sus fotos ante mí. Puntos diminutos en la nieve, vidas extinguidas entre los restos de sus posiciones, combatiendo contra los ingleses y contra las condiciones adversas de una guerra que no fue planificada ni prevista. El hecho de que el desempeño correcto de algunas unidades sea destacado como excepción en el Informe Rattenbach da el tono general en el que los argentinos combatieron en Malvinas. Escribir esto no va en desmedro de quienes allí estuvieron; todo lo contrario. No es antipatriótico destacar que las condiciones de por sí extremas de las islas empeoraron por la propia improvisación. Pero durante demasiados años se eludió esa discusión con el argumento de que era atacar el sacrificio de los compatriotas. Nada más lejos de eso. ¿Qué es peor? ¿Criticar las condiciones de la guerra o permitir que se amparen cobardes, inoperantes y maltratadores al amparo de los justos?
Malvinas son los pilotos volando a sabiendas de que tenían nueve sobre diez posibilidades de no volver, para herir el orgullo inglés con su audacia y profesionalismo; los artilleros siempre bajo el alcance de las baterías inglesas; los marinos del Belgrano; los patagónicos que vivieron la guerra tan cerca; las familias del Chaco y el conurbano pegadas a la radio. Son los que dejaron su vida para que otros se replegaran, pero también son los muertos de hambre, los estaqueados y los soldados que, no bien regresaron, se empeñaron en no ser mezclados con los torturadores y los estaqueadores. Malvinas es mi amigo Toni, que regresó herido en el último vuelo que salió de Malvinas. Antes de eso, había tenido tiempo de perder una batalla con unos ratones por los restos de comida en Moody Brooke y de juntar los pedazos de cuatro de sus amigos en una frazada, muertos al pisar una mina argentina mientras iban a robar comida a la casa de unos isleños. Malvinas es mi amigo Miguel, uno de los fundadores del movimiento de excombatientes, que en 1986 gritó con orgullo en el Cabildo que reivindicaba su uniforme porque se lo había puesto para defender a la patria y no para secuestrar, torturar y asesinar. Malvinas es la recepción de Madryn y el cruel ocultamiento de los años que siguieron. Ocultamiento estatal e incomprensión social. Porque regresaron de la guerra que habían peleado en nombre de todos a un país que ya no quería hablar más de muerte y violencia y que lo más rápido posible buscó desembarazarse de las evidencias de lo que había vivido.
Era una época extraña. Borges, fallecido en Suiza el 14 de junio de 1986, la definió así en “Juan López y John Ward”, uno de los dos poemas que escribió sobre los soldados en Malvinas (el otro es “Milonga del muerto”). Antes de eso, en uno de sus típicos gestos filosos, definió la guerra como dos pelados peleándose por un peine. Podría pensarse que es fácil hacer chistes con las vidas de otros, pero en el caso del escritor basta leer el poema de los dos Juanes para darse cuenta de que estaba inscribiendo la única guerra librada por la Argentina en el siglo XX en un marco ético e histórico más profundo.
Una época extraña, sin duda, aquella de la posguerra de Malvinas. Como en el poema de Perlongher, los cadáveres aparecían por todas partes. De una manera injusta, esa conmoción no nos dejó espacio para los que volvían de Malvinas, y menos aun para los que quedaron allá. Cuando callan los cañones, la guerra sólo termina para los que firman los tratados, para los que cierran el diario o apagan la radio. Pero sigue en las cabezas y en los corazones de los que estuvieron allí.
*Director del Museo Malvinas
Ese día, en Madryn se acabó el pan: los vecinos llevaron a los sobrevivientes a sus casas, les dieron de comer, les prestaron el teléfono para llamar a sus familias.
Era una época extraña. Borges, fallecido en Suiza el 14 de junio de 1986, la definió así en “Juan López y John Ward”, un poema que escribió sobre los soldados en Malvinas.
Datos
- Ese día, en Madryn se acabó el pan: los vecinos llevaron a los sobrevivientes a sus casas, les dieron de comer, les prestaron el teléfono para llamar a sus familias.
- Era una época extraña. Borges, fallecido en Suiza el 14 de junio de 1986, la definió así en “Juan López y John Ward”, un poema que escribió sobre los soldados en Malvinas.
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