Una gran oportunidad para la educación técnica

Por Carlos A. Abadie (*)



Por Carlos A. Abadie (*)

Una vez más, la Norpatagonia en general y Neuquén en particular afrontan la perspectiva de importantes inversiones en un amplio espectro productivo, que tiene como eje central la explotación e industrialización del gas y del petróleo, pero que también comprende campos tan diversos como la minería, el turismo, la forestación y la agroindustria, además de todos los servicios conexos entre los que se destacan las telecomunicaciones, el transporte y las obras de infraestructura básica, sin descuidar, claro está, la preservación del medio ambiente y la salud de toda la comunidad. En apariencia, y en la medida en que estas inversiones se concreten de forma de poner en valor operativo nuestros recursos naturales renovables y no renovables, parece posible esperar una importante reactivación de la demanda laboral y con ello, mejoras en las condiciones sociales y de vida de amplias franjas de la población, hoy angustiadas por la desocupación y la falta de oportunidades de desarrollo-crecimiento individual y colectivo.

Pero surge una pregunta crucial: ¿está preparado el sistema educativo y de capacitación-actualización profesional y técnica para dotar a nuestros jóvenes -y población económicamente activa, en general- para afrontar este desafío y ocupar con solvencia los puestos laborales calificados que serán demandados? Lo acontecido en el pasado relativamente reciente, durante las décadas del ’70 y del ’80 en particular, debería servirnos para aprender de los errores y falencias entonces cometidos. En aquella oportunidad, muchos de los “recursos humanos” locales y regionales, para decirlo en términos callejeros pero muy precisos: “La vieron pasar”; es decir que no pudieron ocupar puestos técnicos siquiera de media calificación, por no estar dotados de los conocimientos ni de las competencias profesionales que eran requeridos.

Esta nueva oportunidad histórica que afronta la región debe hacernos ver, de una vez por todas y para siempre, el rol fundamental de la educación técnica media y superior, y de las acciones de capacitación, actualización y perfeccionamiento continuo que urge expandir. Los jóvenes y todas las personas económicamente activas las necesitan para poder insertarse en el mundo de la producción y del trabajo. Además, no hay otro camino para superar la degradación y el embrutecimiento social y humano que suponen la desocupación y la marginalidad a manos del subsidio y del clientelismo electoral.

Pero la desactualización de los sistemas formadores de recursos humanos, con adecuadas competencias técnico-profesionales, no es solamente cuantitativa, sino que como consecuencia de la acelerada evolución de los conocimientos científicos y de los diseños tecnológicos, también tiene un gran componente cualitativo. Por ejemplo, los métodos y tecnologías de exploración y prospección de hidrocarburos -por no citar los de explotación y refinamiento- han cambiado sustancialmente en los 20 años últimos. Un operario -peor si es un técnico calificado o un profesional- que se hubiera quedado en los métodos de entonces, hoy no tendría ninguna chance de ser convocado, salvo que tuviera importantes y prolongados cursos de perfeccionamiento y prácticas guiadas intensivas en las nuevas tecnologías disponibles. Este concepto es también aplicable al turismo, la agroindustria, la minería, las telecomunicaciones, la ingeniería en sus diversas ramas… virtualmente todas las disciplinas de una u otra manera vinculadas con la producción y los servicios contemporáneos.

Si la revolución científico-tecnológica implica a todas las empresas y a todo el mundo del trabajo, es evidente que habrá de implicar a todo el sistema educativo y de capacitación. Además de formar a las personas como tales, las instituciones educativas y de capacitación laboral, fueren públicas, privadas o mixtas, deben incluir múltiples mecanismos formadores de la gente para la producción y el trabajo tal como son hoy en día, en un plano de igualdad de oportunidades y de activa motorización del crecimiento social, económico y político.

Que la educación técnica interactúe profundamente con los sistemas productivos y laborales de nuestro tiempo y los que pueden avizorarse para el futuro próximo no guarda un mero propósito materialista. Por el contrario, implica dignificar a las personas y hacerlas más libres ante la oportunidad de mejorar sus condiciones de vida y recrear de continuo sistemas de generación y distribución de riquezas más justos y equitativos para toda la sociedad.

En un plano de análisis aún más profundo, la antropología moderna nos demuestra que la evolución humana fue producto de la interacción recíproca entre la mano y el cerebro. La cultura es la conjunción indisoluble entre pensar y hacer, desarrollar el espíritu y las destrezas, crear el lenguaje y las artes junto con los instrumentos y las grandes obras de ingeniería, sin desmedro de ningún aspecto frente a los demás. Entonces, que sepamos dar una educación integradora sigue siendo el eje central para promover la verdadera condición humana.

(*) Ingeniero, consultor y docente


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