“Una lamentable asignación de prioridades”



Por razones laborales me ha tocado pasar muchos años de mi vida vinculado con los libros, sea por haber trabajado en diversas editoriales o por las distintas ocupaciones que me llevaron –y llevan– a estar dedicado en general a ellos. Sin embargo, la auténtica iniciación en ese mundo mágico proviene en mi caso desde la infancia, la época en que ir a la librería con mamá a comprar el libro de lectura y el manual era una fiesta. Se trataba de los tiempos en que a nadie se le hubiera ocurrido la peregrina idea de hostigar a un docente por pedirle libros a sus alumnos. Claro, se entendía lo que hoy hace tiempo se ha dejado de comprender. Y es que así como el albañil precisa de su fratacho, el carpintero de su serrucho o el médico del estetoscopio, del mismo modo la castigada maestra precisa del libro con que enseñar a sus alumnos. Dijo más de una madre tras recibir el cuaderno de notificación: “¡Ya me va a oír ésa. ¡Pedirle un libro al nene! ¡Con lo que sale! Un ojo de la cara…” . Puedo garantizar que esta aparente exageración es fruto de la realidad más cruda. De más está decir que fue fácil comprobar el absurdo de que la mochila, las zapatillas o el celular más fashion, cuyas calidades nada hacen por la educación de los chicos, no ingresan hoy en esta categoría facial y se compran sin cuestionar su precio. Recuerdo el detallado estudio que hacia fines de los ochenta se hiciera con respecto al uso del libro en la escuela primaria y en el nivel medio de todos los países americanos. En ese listado los tres últimos lugares, en cuanto a la utilización del texto escolar, eran ocupados por dos países pobrísimos, Bolivia y Haití, junto a otro infinitamente más favorecido en lo económico: Argentina. Los tres figuraban, a un mismo nivel, en un promedio de medio libro por alumno por año, contra tres y cuatro de todos los otros países del continente y contra los de seis a diez del próspero Primer Mundo. Como quedó demostrado entonces (aun cuando no pocos lo sospechaban), la razón del desprecio al libro no era –ni es– consecuencia del “ojo de la cara” que cuesta sino de una lamentable asignación de prioridades que sitúa –en la Argentina– cualquier otro objeto de consumo antes que el que primero debiera ser tenido en cuenta. Tal vez países como Perú, Ecuador, Chile, Colombia y el 90% de todos los otros comprenden que es posible concurrir a la escuela con vestimenta menos fashion, o más barata, pero que no debe marginarse lo más importante, sencillamente el objeto de la cultura que sí hace a la educación y al futuro de sus hijos. Si bien alguna conciencia se recuperó al respecto últimamente, es posible asegurar que en nuestro país más de un profesional se ha formado en base a manojos de fotocopias sin haber leído jamás un libro entero. Esto explica quizá que la Argentina (aquí sí hacemos punta) figure en el lote de los países del mundo que encabezan la mayor cantidad de celulares por persona que cada habitante posee. La pérdida de vocabulario, el embrutecimiento en el habla, el endiosamiento de la velocidad del vértigo consumista (de cualquier cosa menos libros) flagelan los espíritus, los que cada vez encuentran menos palabras para expresarse sencillamente porque, al no leer, las olvidaron o directamente nunca las conocieron. Tal vez aquí encuentre también su razón el inconcebible éxito del abominable programa “Gran Hermano” o los seis canales de televisión transmitiéndonos en directo la boda del hijo de Lady Di. “¡Qué pena!”, diría el poeta León Felipe. Alejandro Flynn DNI 12.566.136 Neuquén

Alejandro Flynn DNI 12.566.136 Neuquén


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