Una oración ciudadana

Por Carlos Fuentes



Estamos en el cruce de caminos. Parece que, en términos generales, hemos superado los tiempos de las brutales dictaduras militares en Latinoamérica. En su mayoría, nuestras naciones se rigen democráticamente. Y, mayoritariamente, nuestros ciudadanos creen en la democracia. Pero no todos tienen fe en nuestros gobiernos democráticos. ¿Por qué?

Simplemente porque los beneficios que acostumbramos atribuirle a la democracia no están a la vista: la salud, la educación, el techo, el trabajo, una vida mejor, la esperanza... Y ciertamente, los índices, con la salvedad de algunas áreas más luminosas que otras, sólo revelan regresión en casi todos los frentes y en casi todas las naciones de Latinoamérica. Los males que visiblemente nos aquejan -nada más en México, el 52% de la población vive en la pobreza- sólo pueden iniciar el camino de la coincidencia entre democracia y bienestar, dándole a la democracia algo más que una estrecha definición política, reduciéndola en ocasiones a un evento indispensable, pero meramente electoral. Pues si la democracia da legitimidad de origen, también debe dar legitimidad de ejercicio.

Democracia significa, desde luego, estado de derecho, crecimiento económico y justicia distributiva -en ese orden o simultáneamente, ustedes dirán-. Pero también significa, junto con el pluralismo político y la cultura de la legalidad, el respeto debido a la diversidad sexual, religiosa y cultural. Significa cuidar al anciano, significa cobertura universal de salud, significa educación vitalicia, significa derechos de la mujer. Significa combate a la corrupción. No hogueras encendidas cada seis años y apagadas en espera de la siguiente tanda de castigos sexenales, sino control y fiscalización permanentes, mecanismos de la vigilancia constante que incidan en los delitos no prescritos del pasado con la autoridad que otorga el juicio a los visibles delitos del presente.

Significa reforzar las medidas de seguridad personal y colectiva. Considero un verdadero drama para México que la pérdida de la seguridad coincida con el avance de la democracia. Y me pregunto, ¿es ajena la inseguridad a la desigualdad? ¿Es ajena a la pérdida de expectativas? ¿Se ha convertido la delincuencia en el único camino de ascenso social en México?

¿Podemos sostener -¿por cuánto tiempo?- la democracia sin seguridad y con pobreza? ¿Podemos caer en la tentación autoritaria que es, desde Moctezuma, la tradición política más arraigada en México? ¿Podemos fortalecer a nuestra democracia niña, nuestra preciosa, milagrosa y frágil forma de convivencia en la libertad?

Mi contestación es positiva: sí, podemos. Y uso el plural colectivo porque la viabilidad democrática de México dependerá del esfuerzo de todos.

En democracia, el Ejecutivo deja de ser autoritario, pero debe ganar autoridad. Dejemos atrás nuestra antiquísima delegación de poderes providenciales al Ejecutivo. Pero exijamos mayor y mejor ejercicio de la autoridad presidencial. Confirmemos el ejercicio efectivo de la división de poderes.

Confiemos en que el Legislativo sabrá distinguir entre intereses partidistas e intereses nacionales, manteniendo su integridad ideológica sin sacrificar su indispensable contribución al proyecto nacional de más crecimiento con más igualdad dentro de un marco jurídico, a su vez, confiable.

Confiemos en que el Poder Judicial sea el garante de la recta administración de la justicia y ejerza su competencia para inutilizar los actos de autoridad contrarios a las leyes, contribuyendo a crear esa cultura de la legalidad y de la transparencia que Federico Reyes Heroles y Manuel Arango impulsan con tan disciplinado fervor.

Confiemos en que nuestra vida partidista no se convierta en una lluvia de confetis coloridos, sino que sin detrimento de sus convicciones, más allá de sus fijaciones carismáticas y en beneficio de sus luchas electorales, una a todos los partidos su función socializadora, su indispensable tarea de mediación entre la ciudadanía y los poderes y la unión de ambos -ciudadanía y poderes- en propuestas concretas, no de simple oposición, sino de auténtica contribución.

Dos formaciones partidistas se perfilan claramente en la actualidad democrática mundial: el centro-derecha y el centro-izquierda, la democracia cristiana y la social-democracia.

Mi esperanza es que la vida partidista de México y Latinoamérica acabe por identificarse en estas dos grandes corrientes, sin demérito de las formaciones particulares que representen aspectos de la sociedad civil que no se sientan suficientemente representados en las asociaciones mayoritarias.

Estos suelen ser grupos más cercanos a las problemáticas de la sociedad civil -los derechos de mujeres, ancianos, preferencias sexuales, medio ambiente, etc. Pero la totalidad de la organización política -Estado, partidos y asociaciones- tiene hoy como base a la sociedad civil entera y sus vertientes económicas para salir de la pobreza, que sigue siendo el vergonzoso pecado original y el lastre permanente de nuestros países.

Enclaves de prosperidad, periferias marginadas, brechas crecientes: ¿qué hacemos con los pobres?, se pregunta Julieta Campos en un libro fundamental y su respuesta se resume en la necesidad de auspiciar un crecimiento desde abajo, fortaleciendo las comunidades locales, organizando el micro crédito y fomentando la vivienda, la salud y la educación, en beneficio, como lo fue el Nuevo Trato de Franklin Roosevelt durante la Depresión de los años treinta, de las propias clases empresariales que requieren una población educada, trabajadora y con poder adquisitivo, para prosperar en grande y a largo término en beneficio del país.

"La pobreza no crea mercado", resume Carlos Slim, para quien fortalecer el mercado significa fortalecer a las mayorías, incorporar a la población marginada a la modernidad, atender el sector interno de la economía y aumentar en consecuencia la demanda interna, asegurando mayor empleo y mayor recaudación fiscal.

La equidad es inversión, añade Héctor Aguilar Camín: México requiere de mercado pujante y de Estado fuerte.

Todo esto significa la democracia en su sentido más lato. Si cumplimos estos objetivos, habremos dado respuesta a una persistente y angustiosa pregunta de las sociedades latinoamericanas: ¿por qué teniendo una continuidad cultural tan vigorosa e ininterrumpida, tenemos una política tan fracturada y una economía tan frágil?

¿No somos capaces de trasladar el vigor de la cultura a la vida económica y social?

De allí que la defensa, el acrecentamiento y el entendimiento de los valores de la cultura sean tan importantes para la salud económica y política de la nación: la cultura es el espejo de lo mejor que podemos ser, de lo mucho que podemos dar.

Por ello -y nada mejor que proclamarlo desde las universidades- debemos multiplicar las oportunidades para enseñar y practicar las artes que son, y seguirán siendo, la fundación, así como el testimonio, el termómetro, la prueba de resistencia y la esperanza de avanzar, de la sociedad en su conjunto.


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