Una reconstrucción que se hizo a espaldas de la población
RIKUZENTAKATA/JAPÓN.- Hace cinco años, el tsunami arrasó Rikuzentakata, en el noreste de Japón, y dejó el viñedo de Akihiro Kumagai bajo un metro de lodo pese a que está a dos kilómetros de la costa. Hoy, unos camiones cargados con arena pasan junto a las viñas, que ahora lindan con un enorme supermercado. “La vista no me gusta. Antes eso eran campos de arroz. Como viticultor no es agradable que haya algo así delante”, dice este japonés de 32 años. Kumagai tuvo suerte porque con ayuda de numerosos voluntarios pudo volver a poner en marcha pronto su emprendimiento pero, en general, la reconstrucción avanza muy lento en la zona de Tohoku. No muy lejos de la granja de Kumagai, las terrazas de cultivo de las montañas a lo largo de la carretera están yermas. “Hay avances, aquí y allá el suelo es removido, se construyen carreteras, pero los ciudadanos no sacan nada de eso”, se queja este pequeño empresario. Sigue habiendo unos 63.000 habitantes de Tohoku que habitan en viviendas de emergencia similares a contenedores. Faltan viviendas y falta trabajo. Muchos, sobre todo los más jóvenes, no ven futuro en la región y emigran a grandes ciudades. Las tres grandes crisis simultáneas ocurridas el 11 de marzo del 2011 –terremoto, tsunami y el desastre en la central nuclear de Fukushima– suelen ocultar una cuarta catástrofe: la emigración desde las zonas rurales periféricas de Japón a la que el país tenía que enfrentarse ya desde antes del sismo. Un cambio demográfico condicionado por la menor cantidad de nacimientos, el envejecimiento de la población y la emigración. “La reconstrucción de Tohoku no es una historia de éxito”, afirma Martin Schulz, economista del Fujitsu Research Institute en Tokio. Muchos de los pueblos fueron vueltos a levantar tal como antes, en vez de seguir nuevos proyectos basados en las necesidades de una sociedad que envejece. “Por ejemplo, la gente quiere tener acceso al hospital”, señala una residente ya entrada en edad que tras cinco años sigue en una vivienda de emergencia en Ishinomaki. Uno de los motivos de este fracaso es que, “como siempre”, la financiación y planificación se hizo desde el gobierno central en Tokio, explica Schulz. Es decir, allí donde está el dinero pero no donde están quienes necesitan los planes de desarrollo. Las consecuencias de estos mecanismos burocráticos que guían todo en Japón se ven también en Tohoku: viviendas iguales estilo industrial, cemento por todas partes. Después de que muchos crearan en los últimos cinco años nuevas comunidades, ahora los vuelven a separar y a lanzar en las casas de fabricación estatal. “Nadie nos preguntó dónde queremos vivir”, se queja una anciana. Hay proyectos que se enfrentan incluso a un total rechazo de la población. Por ejemplo, los enormes muros de cemento que el Estado levantó a lo largo de 400 kilómetros de una costa pacífica de una enorme belleza, para protegerlos de futuros tsunamis. Aunque consumen enormes sumas de dinero en construcción y mantenimiento, según los críticos no ofrecen ninguna garantía de protección. En cambio, arruinan el paisaje y reducen el turismo.
Las tres grandes crisis ocurridas en el 2011 –terremoto, tsunami y el desastre en Fukushima– ocultan una cuarta: la emigración de las zonas rurales