Una rosa para Faulkner a 50 años de su muerte

Si hubo un autor admirado por las letras latinoamericanas, a raíz de su estilo para describir la vida pobre y violenta del viejo sur de Estados Unidos, ese escritor se llamó William Faulkner, fallecido hace medio siglo, el 6 de julio de 1962.



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Su influencia fue notoria en varios narradores, entre ellos el uruguayo Juan Carlos Onetti, Premio Cervantes 1980, quien en una oportunidad dijo: “Todos coinciden en que mi obra no es más que un largo, empecinado, a veces inexplicable plagio de Faulkner”.

Tanto el colombiano Gabriel García Márquez -quien admitió en un reportaje con el escritor y periodista colombiano Plinio A. Mendoza que su problema “no fue imitar a Faulkner, sino destruirlo”-, como el mexicano Juan Rulfo y el peruano Mario Vargas Llosa han admitido el aliento de Faulkner en sus obras.

Jorge Luis Borges no fue ajeno a la fama universal de este escritor norteamericano, ya que tradujo al español una de sus más renombradas novelas: “Las Palmeras Salvajes”.

El escritor Juan José Saer escribió una serie de novelas (entre ellas “El Entenado”) y cuentos que están relacionados por su espacio geográfico del mismo modo que lo hizo Faulkner con el condado ficticio de Yoknapatawpha.

“De los jóvenes escritores de mi generación, al final de los años 50 y principios de los sesenta, en el Río de la Plata, pocos eran los que no conocían de memoria, en la traducción de Borges, el párrafo final de ´Las palmeras salvajes´ que termina así: ´Entre la nada y la pena, elijo la pena´”, dice Saer en un ensayo Santuario, 31, de su libro “El Concepto de la ficción”.

En algunas de sus novelas como “Mientras agonizo”, Faulkner abreva en el estilo dramático del ruso Fedor Dostoievski y a veces utiliza la técnica del monólogo interior que popularizó el escritor irlandés James Joyce con su monumental novela “Ulyses”, señalan algunos de sus críticos.

A fines de la década del 20 y comienzos del 30 en el siglo pasado, Faulkner escribió dos de sus novelas más notables: “Santuario” (1931) y “El sonido y la furia” (1929).

Nacido en 1897 en New Albany, en el estado sureño de Mississippi, Faulkner se sintió influenciado en su juventud por el escritor norteamericano Sherwood Anderson, quien lo estimuló para que escribiera su primera novela “La paga de los soldados” (1926).

Después publicó “Mosquitos” (1927) y “Sartoris” (1929), a las que le siguieron una serie de novelas ambientadas en el condado de Yoknapatawpha, entre ellas “Luz en agosto” (1932), “Absalom, Absalom” (1936), “El invicto” (1938), “El Hamlet” (1940), “Intruso en el polvo” (1948) y “Una fábula” (1954).

Faulkner fue guionista de la Warner Bros (1942-1945) para la que compuso los guiones “El gran sueño” y “Tener o no tener”, referida la novela de Ernest Hemingway. En 1949 fue distinguido con el Premio Nobel de Literatura y en 1951 ganó el National Book Award.

Louis Daniel Brodsky, autor del libro “William Faulkner, atisbos de vida”, señala que en 1929 el escritor “había logrado una madurez literaria igual o posiblemente superior a la de Hemingway; el año que vio publicarse “Adiós a las armas” también saludó la aparición de “El Sonido y la Furia”.

En sus cuentos -especialmente en su relato largo “El oso” y el magistral “Una rosa para Emily”- Faulkner también deslumbra por su descripción de la esclavitud, el racismo y el mundo puritano del sur estadounidense tras la Guerra de Secesión (1861-1865).

“Todos nosotros hemos fracasado en alcanzar nuestros sueños de perfección. Así que habrá que juzgarnos por nuestro espléndido fracaso en la búsqueda de lo imposible. Si yo pudiera escribir toda mi obra otra vez, estoy convencido de que haría eso mejor, lo cual es la más saludable condición para ser un artista”, dijo Faulkner en un reportaje con Paris Review en 1956.

En cuanto a cómo se llega a ser un buen novelista, el autor de “El sonido y la furia” afirmó: “99% talento, 99% disciplina, 99% trabajo. Nunca debe estar satisfecho con lo que hace. No debe preocuparse en ser mejor que sus contemporáneos o sus predecesores. Debe tratar de ser mejor que usted mismo”.

“Un artista es una persona conducida por demonios. No sabe por qué ellos lo han elegido a él y él usualmente está demasiado preocupado en saberlo. Es completamente amoral en el sentido que robará, pedirá prestado, mendigará o despojará a cualquiera y a todo el mundo con tal de hacer su obra”, dijo Faulkner.

Mario Vargas Llosa, Premio Nobel de Literatura 2010, tampoco fue ajeno a la obra de Faulkner, dado que en su libro autobiográfico “El pez en el agua”, el autor de “La ciudad y los perros” señala: “Desde que leí de él -“Las palmeras salvajes”, en la traducción de Borges-, me produjo un deslumbramiento que aún no ha cesado”.

“Junto con (Jean Paul) Sartre, Faulkner fue el autor que más admiré en mis años sanmarquinos; él me hizo sentir la urgencia de aprender inglés para poder leer sus libros en su lengua original”, dice Vargas Llosa.

Faulkner amaba los animales, especialmente a los caballos con los que le gustaba correr y saltar vallas en los últimos años de su vida, transcurridos entre conferencias y viajes por Estados Unidos y varios países.

Fue, precisamente, después de caerse de un caballo que murió de un infarto el 6 de julio de 1962 en Oxford, Mississippi, en pleno apogeo de su carrera de escritor. (Télam).-


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