Una vida tan breve



¡Los patitos! ¿Viste los patitos, Lili? Lili mira hacia donde le indico y levanta el hocico como asintiendo (no me engaño, sólo lo hace para complacerme). Lili es una joven perra ovejera de porte elegante y ágil, algo afectado por la incipiente displasia de cadera que no la hace menos bella. Al contrario, sus vacilantes patitas traseras le agregan, al andar, un meneo gracioso que yo contemplo, divertida a veces, preocupada otras. Desde que llegó a mi vida hace cuatro años, paseamos diariamente por la orilla deslumbrante del río donde cada tanto se lucen familias de patos surcando silenciosamente el agua en majestuoso desfile.

Sé –razonablemente– que cuando la invito, excitada por la visión asombrosa de los patitos desfilando, a compartir mi emoción y contemplar la escena, no entiende mis palabras pero que algo de mi emoción le llega a su sensibilidad perruna.

“Con los animales se puede ser cursi”, me autoriza Sylvia Molloy, cuya perra recibe de Sylvia el amoroso tratamiento de “mamita linda”.

Alentada por esta licencia, me permito pensar que Lili, cuando pierde la mirada en el movimiento suave del agua que corre en dirección al mar, reflexiona como Heráclito, sentadita a orillas del Limay.

Mi hija, que bautizó Lili a Lili, pertenece a esa tribu de jóvenes dotados de una urgencia incontenible por amar la vida bajo todas sus formas. Uno de sus amigos lamenta incluso cuánto mal hemos hecho a los perros domesticándolos.

Son muchachas y muchachos vegetarianos; algunos hasta evitan consumir miel porque se obtiene del trabajo esclavo de las abejas.

Comen granos y legumbres con vegetales, se interesan por la salud del planeta; deploran la barbarie humana que depreda la naturaleza y se alimenta de cadáveres. Marchan a favor de los ríos; andan armados de una ética férrea y tierna que nos inspira a sus mayores a confiar en el día de un mundo menos violento y más compasivo.

Les gustaría, pienso, tener una charla con Elizabeth Costello, la escritora de ficción creada por J.M.Coetzee, otro riguroso defensor de los derechos de los animales.

Elizabeth Costello, la voz femenina de Coetzee, nos ha sido presentada en el 2003 en una novela con su nombre, en la que su pensamiento radical contra la violencia humana hacia otras especies del mismo reino nos ha conmocionado profundamente. De visita una vez más por Buenos Aires, Coetzee vino a presentar su última obra, “Siete cuentos morales”, que es también el regreso de Elizabeth Costello.

En el último de los cuentos, “El matadero de cristal”, la escritora despierta a la madrugada a su hijo John, que escucha, estupefacto, la idea de su madre de construir un matadero con paredes de cristal. “Se me ocurrió, le dice, que la gente tolera la matanza de animales porque no ve nada de lo que pasa. No ve, ni oye, ni huele”.

Ella ha abandonado sus conferencias por el mundo y ahora está viviendo en una aldea de España, acompañada sólo por un joven retraído y decenas de gatos que ha rescatado de la calle. Tiene los años suficientes para que sus hijos se inquieten por su salud, quieran cuidarla y se alarmen por la obstinación con que ella resiste todo cambio.

Envía parte de sus escritos a su hijo John, por temor a que se pierdan. John lee, nosotros leemos, los alegatos más estremecedores a favor de la vida animal. Uno describe cómo un joven africano lleva en brazos un hermoso cabrito rumbo al matadero, cómo degüellan, desangran, trozan y asan al hermoso cabrito.

Elizabeth Costello pregunta “a la sombra del cabrito” por qué no luchó por escapar y si el joven que lo llevaba en brazos al matadero, que conocía al cabrito desde el día en que nació, “susurró alguna palabra de disculpa por lo que se proponía hacer”.

Otro de los escritos que llegan a John polemiza con la pobre idea que Heidegger tenía de los animales e ironiza sobre la condición animal que prevalecía en la relación que él tuvo con “su alumna de sangre cálida” Hannah Arendt.

Después de leer otros textos similares, John está confuso. No sabe qué hacer. Llama entonces a su madre. Las dos últimas páginas del libro son el relato atroz sobre el destino de un pollito “y otros seres insignificantes” que ella vio en televisión. “Escribo para ellos”, le dice a John. “Tuvieron una vida tan breve, tan fácil de olvidar. Y cuando yo ya no esté sólo habrá vacío. Será como si no hubieran existido. Por eso escribo sobre ellos y quería que leyeras lo que he escrito. Quería trasmitirte a ti la memoria de esos seres. Nada más”.

Datos

Elizabeth Costello, voz femenina de Coetzee, nos fue presentada en una novela con su nombre, en la que su pensamiento radical contra la violencia humana hacia otras especies conmociona.

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