Variantes para la cinchada





LA SEMANA EN SAN MARTÍN

La “cinchada” consiste en reunir a dos equipos, uno por cada extremo de una soga, para que los integrantes tomen por sus respectivos lados el útil y tiren para sí con fuerzas simultáneas y de sentidos opuestos. El objeto es arrastrar al bando contrario hasta superar una cierta marca. Pero no es la única variante…

Poco sabido es que la cinchada o juego de la soga alcanzó la gloria como deporte olímpico entre 1900 y 1920, con equipos categorizados por el peso, como los boxeadores.

Ignórase por qué se desechó la cinchada en juegos posteriores, pero no es de descartar que la escasa tecnología requerida y falta de espectacularidad hubieren desalentado a los “espónsores”, siempre interesados en vender camisetas estampadas y dispositivos de dudosa utilidad.

Como fuere, la cinchada pervive. En la versión criolla de esta justa, el ganador podría tener por premio una ronda gratis de grappa, apropiarse de la mejor pastafrola o someter a los perdedores a prendas vergonzantes.

Un desarrollo muy común ocurre cuando uno de los equipos, por flojera o desatención, termina de trompa en el suelo ante el primer tirón del otro. En tal caso los perdedores hacen más grave su oprobio.

Otra opción más dada a la jauja que a la deportividad, es aquella en la que los ladinos integrantes de uno de los equipos llevan la fuerza propia hasta un punto de vigor y, en ese instante, aflojan la cuerda.

La consecuencia es que el “team” opositor se caerá de culo, lo que a la par de ser doloroso podría dejar a los deportistas enchastrados en una trampa al uso de bosta fresca y pringosa.

Los que sueltan la cincha son descalificados. Pero a cambio pasan un buen rato mofándose de las posaderas mancilladas de sus interlocutores.

Otra chance, para nada recomendable, es que las fuerzas de un lado y otro sean tan parejas y el empeño tan igualado, que los contrincantes acaben en una angustiante indefinición.

Incluso podría ocurrir que el cansancio, en vez de dirimir la prueba, no haga otra cosa que sumirlos a todos en un sopor desgastante. El público suele abuchear esta impasse.

Para entonces sólo cabe al jurado una piadosa suspensión, que corregirá la situación coyuntural pero no acabará el entripado, el cual permanecerá latente y proclive a las venganzas.

Esta situación irresoluta puede derivar más tarde en miradas torvas entre gentes acodadas en mostradores o paseantes que cruzan de acera.

Ocasionalmente la irracionalidad se apodera de los más irritables. Pueden terminar con golpes de puño, con epítetos que quedan feo o, lo peor, con imprecaciones que abrevan en prejuicios de etnia y rivalidades futboleras. De esa intolerancia no se vuelve fácil.

Pero he aquí que la cinchada tiene una variación originalísima, raramente explorada por los contendores pero no por eso menos atractiva. Se trata de no dejarse seducir por el deseo de imponer la derrota al otro, que puede ser incluso más embriagador que la propia victoria.

Ocurre cuando los participantes advierten que la pelea por medir fuerzas dejará heridas incurables, y asumen que mejor que cinchar en oposición es tirar todos para el mismo lado.

Luego, los equipos dejarán de zaherirse y avanzarán el uno hacia el otro. La soga se acortará hasta que los bandos se reúnan. Podrán conservar sus colores distintivos, porque nadie les pide ni los quiere mezclados, sino abiertos de corazón para el abrazo.

Quizá se parezca a una cinchada la tensa disputa surgida en San Martín de los Andes por la bandera mapuche. Por un lado están aquellos que quieren poner el 10 de diciembre la “wenufoye” en el Centro Cívico, como acto reivindicatorio de su cultura, su historia y sus ancestros caídos bajo el estruendo del Remington.

Por el otro están quienes ven en esa pretensión un claro menoscabo de la integridad patriótica y territorial de la Argentina, al abitrio de caprichos, desmesuras y negocios vestidos de “mapuchismo”.

De un lado tira el gobierno municipal formando equipo con un lonco Curruhuinca. Del otro lado lo hacen políticos de la oposición y no pocos vecinos temerosos de que “vengan por todo…”.

Si en efecto hay algo de cinchada política, cultural e ideológica en este entredicho, tal vez termine como alguna de las variantes descriptas. Por cierto, no hay aquí intento de banalizar tema tan serio. Pero sí una leve esperanza -inocente, se admite- de quitarle drama a tanto drama.

Fernando Bravo

rionegro@smandes.com.ar


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