Venezuela sumida en el caos y la arbitrariedad



Nicolás Maduro no convoca en término a las elecciones que la ley dice deberían haberse convocado hace ya más de un año. La razón es bien simple: las perdería duramente, cosechando una derrota tras otra. Visiblemente. Más aún, en un proceso imposible de ocultar.

Menos de la quinta parte de los venezolanos hoy dice apoyarlo. Ocurre que el país es una dictadura militar, que no sólo reprime violentamente las protestas diarias, sino que juzga en tribunales militares, con arbitrarios procedimientos “exprés”, a quienes participan en ellas.

Como si se tratara de una guerra, cuando sólo estamos frente al ejercicio legítimo de un derecho constitucional, el de protestar. En los últimos 42 días, hubo 50 víctimas fatales producto de la represión del ejército venezolano a su pueblo. Episodio que está pasando a la historia como el más sangriento de las últimas décadas. El más cobarde, además. Del que jamás los militares venezolanos podrán escaparse. Sigan o no encaramados en el poder, con muchos de ellos aparentemente beneficiados con la posibilidad de hacer fortunas en el ámbito del aberrante narcotráfico.

Pero la libertad ya no impera en Venezuela. La Constitución, tampoco. Sólo rige la arbitraria voluntad de Nicolás Maduro, apoyado por el régimen marxista patrón de Cuba, sin cuya constante asistencia probablemente habría ya tenido que dimitir. Y escapar a Cuba.

Mientras tanto, maneja al país a su exclusivo antojo. Inhabilitando a todo aquel que –de pronto– pueda ser un adversario con posibilidad de ejercer cargos públicos. A su antojo, todo.

No sólo al popular y valiente gobernador del estado de Miranda, Henrique Capriles, también al líder indígena que hoy es el gobernador del semivacío estado de Amazonas: Liborio Guarulla. Donde viven, en paz, diecinueve distintas etnias indígenas, que no tienen siquiera representación parlamentaria e integran inequívocamente la multicolor coalición opositora a Nicolás Maduro. El presidente venezolano anuló la elección de sus diputados y jamás convocó a otra, desde que habría sido nuevamente vencido. La totalitaria inhabilitación de Guarulla procura –es obvio– evitar su reelección como gobernador del estado de Amazonas, adverso a los bolivarianos.

Para hacerlo, Maduro fraguó una presunta irregularidad administrativa en el uso de fondos presupuestarios sucedida hace más de siete años. Mintiendo, como es habitual. Con descaro. Pretendidamente, se usaron entonces fondos para educación en algunas obras de infraestructura. Sin sombra alguna de corrupción, naturalmente. Pero sin derecho de defensa, ni debido proceso legal, la suspensión fue dispuesta arbitrariamente. Como si Venezuela fuera apenas una monarquía más y Nicolás Maduro su incompetente rey.

En ese ambiente de terror, hay fisuras en el gobierno de Nicolás Maduro. Como la que quedó recientemente a la vista al destituir a la ministra de Salud, Antonieta Caporale, por el pecado mortal de difundir y transparentar cifras y estadísticas que denuncian por sí mismas el deplorable estado de salud del pueblo venezolano. De las que surge, por ejemplo, un aumento exponencial de las muertes de neonatos, de un año a otro del 30,12%. Una brutalidad más que todavía está impune.

La historia del horror que ha caído sobre Venezuela no termina. Pero la región toda ya sabe la verdad. El “paraíso” prometido a los venezolanos es una irrealizable utopía. Porque el sistema económico propio del colectivismo no ha funcionado jamás, en ninguna parte.

En cambio, todo un pueblo está sumido en la escasez de todo, incluyendo los alimentos y medicamentos. Sin futuro, si sigue en manos de Nicolás Maduro y mientras el régimen de Cuba no suelte la presa de la cual ha vivido en los últimos años, ordeñando su economía, mientras ésta se pulverizaba en manos de Nicolás Maduro y los suyos. Pero también mientras los jefes del ejército venezolano sigan empeñados en escribir una larga página negra de su historia. La más brutal y, a la vez, la más cobarde y ciertamente vergonzosa.

No obstante, la tormenta ya no se cierne, ha llegado para quedarse, gracias a la valiente actitud del pueblo venezolano que está constantemente protestando pacíficamente en las calles de su Patria y sabe que se juega nada menos que su futuro. Esto es su libertad. Ante la asombrosa pasividad de muchos de sus “hermanos” latinoamericanos, que “miran para otro lado”. De no creer.

*Exembajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas


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