Vía pública y valores

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Las “Reith Lectures” de la BBC de Londres son conferencias anuales que arrancaron en 1948 con una exposición a cargo de Bertrand Russell. Han participado en ellas, a lo largo de sesenta años, otros tantos líderes intelectuales de su día, convirtiendo cada episodio en un acontecimiento de fuerte repercusión cultural. Una reciente conferencia tuvo como tema “A New Citizenship” (Una nueva ciudadanía) y fue dictada por Michael Sandel, filósofo político y profesor en Harvard que fue presidente del National Council of Bioethics hasta el 2008. Se desarrolló en cuatro clases y en escenarios sucesivos: Londres, Oxford, Newcastle y Washington DC. La primera clase es la que reseñaremos aquí porque la ocupó un tema que indirectamente nos incumbe: el de la crisis en los países centrales del valor “mercado”. Con la expectativa de una renovación moral y cívica, el disertante postuló la necesidad de una política menos favorable al interés individual y más al bien común. Indicó que para esto no se requiere solamente promover el acceso a las posiciones de poder de políticos y empresarios más escrupulosos sino sobre todo elaborar un discurso público más robusto, uno que tenga en cuenta cuestiones de moralidad política y social. Hay que poner límites a la ideología dominante. Ha concluido, sostuvo Sandel, la era del “triunfalismo del mercado” comenzada en los dos países anglosajones con los gobiernos conservadores de Reagan-Thatcher y continuada con los tímidamente neoliberales de Clinton-Blair. Ahora estamos en la era del “escepticismo del mercado” y la tarea es reconectarlo con los valores, repensar su papel y su alcance en esferas de la vida que no le pertenecen. Es que en las últimas tres décadas se produjo, particularmente en Estados Unidos, una expansión de valores economicistas en esferas de la vida gobernadas tradicionalmente por valores de otra índole, la utilización de ese tipo de incentivos para solucionar problemas sociales. Por ejemplo, la proliferación de escuelas, hospitales y prisiones privatizados o la subcontratación para la guerra de especialistas y mercenarios (en Irak y Afganistán, por ejemplo). O el eclipse de las fuerzas públicas de policía en beneficio de empresas de seguridad y el marketing agresivo de empresas farmacéuticas en la prescripción de medicinas para los consumidores. O proposiciones como la de incentivar mediante premios monetarios a los alumnos de los colegios para mejorar sus performances o asignarles (como han propuesto en Dallas) un par de dólares por libro que lean, algo que habituaría al niño a pensar –desfigurando el bien intrínseco de la lectura– que leer es un modo de hacer dinero. Una crítica particular dirigió Sandel a la propuesta de Gary Becker, Nobel de Economía 1992 por sus trabajos sobre “capital humano”, quien razona que una de las formas de solucionar el problema inmigratorio es imponer una tasa de 50 ó 100.000 dólares a cada postulante, de modo que ello serviría como elemento de selección de extranjeros útiles o, en el caso de refugiados, para decidir a cuáles admitir. Como si aceptar o no a quien necesita asilo fuese una cuestión económica y no moral. Un caso importante es el de la reducción de emisiones de carbón con efecto invernadero a la atmósfera. Algunos gobiernos plantean poner límites y multar a las empresas que excedan los límites permitidos. Otros prefieren aceptar la solución de permisos comprables por emitir polutantes. Este último enfoque es el que sostuvo el gobierno de Bush en Kyoto 1997: un esquema comercial que permita a los países comprar y vender el derecho a ensuciar; Estados Unidos, por ejemplo, podría cumplir sus compromisos pagando a otro país por reducir sus emisiones. Contó en la charla el profesor que cuando publicó en el “New York Times” una nota contra la idea de permitir que algunos países compraran el derecho de ensuciar, recibió un alud de críticas por parte de economistas. La suya es una posición moral y piensa que muchos economistas pierden el punto crucial: las normas morales importan. Quizá el mejor ejemplo de reglas de mercado que erosionan normas morales es el de la donación de sangre. El sistema de Estados Unidos permite su compra y venta para transfusiones, el del Reino Unido en cambio prohíbe incentivos financieros y confía enteramente en sangre donada. La investigación sociológica ha probado que, lejos de mejorar la calidad y el suministro, la comercialización lleva a carestía y mayor incidencia de sangre contaminada. Poner un precio a la sangre convierte lo que ha sido una donación en una mercancía. Cambia las normas asociadas a la simpatía y compasión humana, erosiona el altruismo. Y esto nos recuerda –cerró el expositor su primera clase– que el mercado deja su marca en las normas sociales. En razón de ello hay siempre que decidir cuándo atender a él y cuándo mantenerlo a distancia. Algunas de las cosas buenas de la vida se corrompen o degradan si se vuelven mercancías. No es cuestión de pensar sólo en la eficiencia, tenemos que decidir cómo valorar los bienes en cuestión. Salud, educación, defensa nacional, justicia criminal y protección ambiental son, por ejemplo, asuntos morales y políticos, no meramente económicos. Debemos debatir democráticamente, caso por caso, el significado moral de esos bienes según su propio modo de valoración. Es un debate que no se tuvo en la era de triunfalismo del mercado. La esperanza en una renovación moral y cívica depende ahora de la capacidad de las sociedades para plantearse este tipo de debates. (*) Doctor en Filosofía

Héctor Ciapuscio (*)


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