Viejas heridas acuñadas entre odios y liderazgos



En Panamá reina la música, pero los dramas suelen vivirse en silencio.

El país está conmocionado todavía por el reciente “descubrimiento” que los panameños hicieron de la Zona del Canal, ese “otro mundo” que palpitaba tras la cerca, los 5.527,6 kilómetros cuadrados, el 7 por ciento del territorio nacional, que tenían vedados desde 1914 y que, para muchos, es la porción “más bella del país”.

Grandes espacios verdes ondulados, avenidas sombreadas de palmeras, mansiones de diseño uniforme pero tan amplias como en Panamá son sólo los hoteles, hospital, cine, discoteca, universidad, colegios, un canal de televisión, una radio y hasta un aeropuerto propio encerraba la Zona.

Les fue devuelta. Administran en forma eficiente el Canal, pero toda una serie de problemas y nuevos conflictos económicos y sociales se inició con la “reversión” realizada el mediodía del 31 de diciembre de 1999, en cumplimiento de los tratados Torrijos-Carter que firmaron ambos jefes de Estado en 1977 en la OEA, ante la mirada del entonces secretario general de la Organización, el argentino Alejandro Orfila.

“Hay americanos que nacieron y murieron en Panamá y nunca aprendieron a hablar en español”, dice Flor, una periodista que escribe sobre el ámbito empresario.

Miles de panameños entraron a la Zona del Canal por primera vez ese día, y se asombraron por un diseño urbano parecido al de los barrios residenciales de Miami, y tan diferente al hacinamiento de casas baratas que muestra casi toda la ciudad de Panamá, salvo el “corregimiento” (barrio) de Marbella, del lujoso sector de Paitilla y del área bancaria. En uno y otros, predominan los edificios en torres, espejados, una suerte de pequeño Nueva York con un perfil que se recorta nítido desde cualquier punto de la ciudad.

Los panameños que desafiaron el verano perpetuo para asistir al histórico traspaso debieron sortear la primera dificultad: la presidenta del país, Mireya Moscoso había ordenado poner una valla de plástico rodeando el lugar donde se haría el acto, en las escalinatas del magnífico edificio de la Autoridad del Canal. El resultado era que los panameños “comunes” quedaban otra vez “del otro lado de la cerca” que creían derribada. Rompieron el vallado y alcanzaron a escuchar la cuenta regresiva de los segundos que faltaban para que el Canal -que le da a Panamá el sentido de “país de tránsito”- les perteneciera.

La mitad de la población construyó ese día un nuevo resentimiento nacional: La presidenta no nombró en su discurso a Omar Torrijos, el líder populista que logró en 1977 de los Estados Unidos un compromiso para la “reversión” -eufemismo que alude a la devolución- del Canal.

Claro que Moscoso es viuda del liberal Arnulfo Arias, quien tres veces llegó a la presidencia pero nunca pudo terminar un período porque otras tantas fue derrocado, y la última vez por Omar Torrijos. Para muchos fue falta de grandeza institucional lo que llevó a la mujer a referirse sólo a los “Tratados del Canal” eludiendo llamarlos como han trascendido en todo el mundo: “Tratados Torrijos-Carter”.

“Eso la mostró mezquina para nosotros, que todavía lloramos cuando pensamos en Omar (Torrijos), en cuánto le debemos los pobres de este país y en las dudas que hay sobre el “accidente aéreo” en que murió” en 1981, cuenta Vielcka, una periodista que sabe que en el medio en que trabaja no es “bien visto” ponderar a Torrijos.

La invasión y el silencio

El silencio de Moscoso no es el único resentimiento nacional. Otro es la invasión de 1989.

Estados Unidos denominó “Operación Causa Justa” el bombardeo y desembarco del 20 de diciembre de ese año, del que participaron 26.000 soldados norteamericanos, contra un Ejército panameño que sólo tenía 16.000 efectivos de los cuales no todos hicieron algo por defender al entonces “hombre fuerte” del país, el militar y dictador populista Manuel Noriega.

El cuartel general de Noriega estaba en el corregimiento de “El Chorrillo”, donde manzanas enteras de viviendas civiles quedaron reducidas a escombros. Los informes oficiales hablaron de 23 soldados norteamericanos muertos. Nunca se supo cuántos panameños, aunque los cálculos más optimistas hablan de varios cientos, además de los heridos y los detenidos en campos de concentración. A las pérdidas deben sumarse los 200 millones de dólares que, se estima, fue el resultado de los saqueos y destrucción de bienes públicos y privados que sobrevino a la ocupación.

“Yo estaba en mi casa y empecé a escuchar los bombardeos. Quedé inmovilizada. Pero amigos míos salieron y combatieron en las calles. Y no era por defender a Noriega. Era porque estábamos siendo invadidos!”, cuenta Evita, productora televisiva del canal educativo que se ofreció con su pequeño auto a servir de guía por el área en que ocurrió aquello.

A su juicio, “lo imperdonable es que nunca hicimos en este país un relevamiento de los daños, una lista de los muertos, nada. Los gringos habían hecho un trabajo psicológico previo, y se quedaron luego a completarlo. Es cierto que Noriega estaba loco, y que había cerrado los diarios porque no le eran afines. Pero también que, desde entonces, ni los diarios ni los políticos ni la gente común exigieron saber lo que había pasado. Yo ví, fugazmente, en casa de un amigo que trabajaba en la agencia francesa AFP, unas fotos horribles de la masacre en “El Chorrillo”. Pero nunca las ví publicadas ni en el país ni en el extranjero”, agrega.

Sofocada la resistencia norieguista, en la medianoche de ese mismo 20 de diciembre asumió la presidencia Guillermo Endara, quien había ganado en los comicios meses antes. Aún hoy le reprochan haber jurado el cargo en la base militar Fort Clayton, ubicada en la Zona del Canal y, por lo tanto, bajo bandera norteamericana. Recién al día siguiente él y sus vicepresidentes fueron investidos por la Asamblea Legislativa. (A.M.)


Comentarios


Viejas heridas acuñadas entre odios y liderazgos