Vigencia del maniqueísmo

ALEARDO f. Laría (*)

La visión maniquea, que responde al arquetipo religioso en el que Dios enfrenta a Satán, es probablemente el mito político más recurrente en la historia de la humanidad. Desde las concepciones medievales de San Agustín, que veía la Ciudad de Dios acosada por enemigos diabólicos, hasta las definiciones en la modernidad de Carl Schmitt, quien afirma que la característica central de lo político es la distinción amigo-enemigo, aparece, irreductible, la visión maniquea de los conflictos políticos. Por consiguiente, no debe sorprender que también se instale en nuestra agitada actualidad política. El maniqueísmo fue una religión sustentada en la visión profética de un individuo real, Mani, quien vivió en la Mesopotamia asiática en el siglo II de la era cristiana. Su rasgo más característico era la traslación de las categorías morales del bien y del mal a principios constitutivos de la realidad terrena, conformada por dos esferas opuestas: la de la luz y las de las tinieblas. El mundo de las tinieblas aparece en esta escatología como el imperio de la brutalidad, conformado por seres primitivos que, llevados por el deseo y la concupiscencia, carecen de inteligencia. En nuestra modernidad, la mentalidad mítica imagina y vive los acontecimientos políticos de un modo dramático. Las fuerzas del bien aparecen conducidas por personalidades extraordinarias, dotadas de carisma, que aceleran el movimiento de la rueda de la historia. Las personas, fuerzas o movimientos que se oponen aparecen revestidos de un manto de oscuridad, como corresponde a alguien perteneciente al reino de las tinieblas. Desde esa percepción, el antagonista político no sólo representa una visión o creencia que cuestiona nuestra representación del mundo sino que es portador de las peores características que es posible atribuir a los seres humanos: la perfidia, el egoísmo, la inmoralidad, la falta de escrúpulos y sentimientos y –ya en un plano de cierto reconocimiento– algo tan envidiable en la acción política como la astucia y la tenacidad. El jurista español Manuel García Pelayo hace referencia a un fenómeno característico de estas visiones maniqueas consistente en la amalgama, es decir la tendencia a la fusión de un conjunto de oponentes, reales o potenciales, en un mismo espacio político. Esta formulación no obedece sólo a una operación interesada de simplificación de ese espacio para forzar la elección entre “buenos” y “malos”. La función política que cumple la amalgama está vinculada al propósito de desprestigiar a los adversarios, al adscribirlos a todos al sector más extremo de ese variado conjunto. Un ejemplo histórico de esta interesada simplificación del campo político tuvo lugar en el pasado siglo XX, durante el período de la Guerra Fría, cuando los comunistas acusaban de fascista a todo aquel que no suscribía su visión marxista. En esta larga lista entraban los auténticos fascistas, los partidos liberal-conservadores, los liberales y hasta los partidos socialistas, caracterizados como social-fascistas. A la inversa, en aquellos tiempos de acentuado maccarthismo, los anticomunistas belicosos acusaban de comunistas a todos aquellos que no compartían su visión extrema. En España, en la época de la dictadura de Franco era frecuente la ominosa denuncia de una conspiración “judeo-liberal-marxista” y en los tiempos presentes, en Argentina, la obsesión de los propagandistas del actual gobierno de incluir al amplio espectro de partidos opositores dentro de la derecha puede considerarse una variante del mismo fenómeno. De esta manera se engloban en una misma amalgama sectores de extrema derecha –nostálgicos de la dictadura militar y críticos con la política de derechos humanos– con partidos tan distantes de esa visión como el radicalismo, los socialistas o la Alianza Cívica liderada por Elisa Carrió. Las dificultades para incorporar en esa amalgama fuerzas claramente de izquierdas, como el Proyecto Sur liderado por Fernando “Pino” Solanas, se han sorteado mediante el subterfugio de endilgarles la condición de funcionales a la derecha, lo que equivale, en el agriado lenguaje de la Guerra Fría, a considerarlos una suerte de idiotas útiles. De esta manera proclamados progresistas, al tiempo que justifican la santa alianza del gobierno con Hugo Moyano, recuperan, para caracterizar a sus adversarios políticos, uno de los slogans más significativos de la mentalidad maccarthista. Forma parte del tradicional juego de la política endilgarles a los oponentes, en forma más o menos velada, la condición de seres perversos surgidos del reino de las tinieblas. También es habitual que los propios creadores de estas alegorías terminen convencidos de su verosimilitud. Lo que sorprende es que en Argentina, a sólo treinta años de una dictadura militar que usó y abusó del maniqueísmo para legitimar una política de aniquilación del enemigo, este esquematismo mental recupere toda su deletérea potencia. (*) Abogado y periodista


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