El viaje inolvidable

Un fotógrafo que ama el norte neuquino comparte siete de sus paisajes preferidos, cuenta por qué vale la pena recorrerlos y charlar con su gente y sugiere cuáles rutas y caminos conviene tomar para vivir una experiencia deslumbrante.

25 sep 2015 - 00:00

Conozco el país de punta a punta y de lado a lado.

Elijo, con los mismos ojos cerrados con que don Inodoro elegía a la Eulogia, al norte neuquino entre toda su geografía. Mil veces.

¿Por qué tener una foto en la torre Eiffel o en la plaza San Pedro junto a Francisco, si se puede tener una con don Hernández y doña Amelia, con el Tromen de compañero, Los Bolillos de sombrero y las patas metidas en Aguas Calientes?

La belleza del norte neuquino se debe, sospecho, a que no hay, por ahora, ñomos, elfos ni duendes que se escondan en su geografía.

El hermano argentino del monstruo del lago Ness no tendría muchos lugares donde seguir burlándose de nosotros. Y Bambi se hubiese visto humillado por tantos hermosos chivos y ovejas que saltan peñascos con una elegancia y sensualidad envidiable. Y de los burros, ni le cuento, uno más feo que el otro.

San Sebastián y los loros barranqueros mantienen estas tierras limpias y sanas de magos y de magia. Todos aquí es real.

La cordialidad de su gente, sin protagonismo, es evidente y sincera. Son unos extraños seres humanos increíblemente dichosos, sin complicaciones ni cosas inútiles. Hasta que, algún día –ojalá nunca– escuchen las promesas de algún ministro de Economía y se les complique la cosa. Hasta ese día, dese una vuelta por aquí. ¡Devuelva el pasaje a Roma!

Su cordillera del Viento y de los Andes, sus ríos que brotan, espontáneos, de cada caprichoso recodo.

Su vegetación y su bichos, su cielo impecable me garantizan que Dios, es, sin dudas, argentino.

Mis fotos reflejan lo que siento y me da placer.

Sentir.

Cuando quiera, me acompaña.

Paraje Los Charcos, al pie del cerro Wayle, con una variada fauna que incluye flamencos rosados, además de teros, gansos salvajes, liebres, zorros y las infaltables cotorras. Llegar a este lugar genera la sensación de estar en una especie de oasis o paraíso.

Vista general desde el puente que pasa sobre el río Neuquén. Esta ciudad es la puerta de entrada al norte neuquino. Muchas de sus calles aún conservan las viejas y pintorescas acequias por las que corre el agua de lluvia o de nieve.

Un árbol que retoña en el medio del paraje Caepe Malal. Ha sido podado por alguien que necesitaba leña para el invierno pero, previsor, lo dejó brotar para los próximos fríos. Esto marca también el carácter de su gente.

Ayudados por sus perros, se imponen al volcán Tromen. Sin ellos los crianceros no podrían hacer tan bien su trabajo. La inmensidad de la montaña parece disminuir su prestancia. Pero, como decía el “Negro” Fontanarrosa: “No hay argentino pequeño”.

Regresando a Chos Malal, entre Cancha Huinganco y el paraje Aquihueco. No pasan más de 3 o 4 km sin que se deba cruzar alguno de estos pequeños y estrechos puentecitos que potencian la aventura de recorrer estos lugares.

Empezó su temprana trashumancia en el paraje Chacay Melehue. Muchas veces los crianceros caminan largos trechos para que descanse su caballo.

La vivienda de un trashumante al pie del cerro Wayle. Paisajismo puro. ¿Qué diferencia hay entre esta casa y las del hornero o la calandria? Sus paredes de piedra, su techo de paja, su puerta de madera... la casa soñada.

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