Vuelo otoñal por el Alto Valle
Un recorrido con el experimentado piloto Julio Contreras le permitió a “Río Negro” ver de manera diferente la majestuosidad del río Negro y la producción por el Alto Valle.
Diego Von Sprecher
dievon@hotmail.com
Fotos: Juan Thomes
Contemplar el paisaje otoñal en el Alto Valle, recorriendo las chacras, los ríos y la meseta, es un ejercicio que puede resultar maravilloso. Y si a esa actividad le ponemos alas y observamos desde el cielo, la experiencia es aún más extraordinaria.
Es el mediodía y el piloto Julio Contreras prepara el Cesna 172 para el despegue. En su planilla de registro tiene un sinnúmero de historias que escribió en las más 6.000 horas de vuelo que cumplió y cuenta que cuando surca el cielo con su aeronave la tranquilidad lo invade. “Desde lo alto uno puede ver la vida desde otro punto de vista”, asegura.
Ni bien la avioneta americana comienza a carretear por la pista del Aeroclub Allen, ubicado en la barda norte, el motor de la aeronave muestra toda su potencia y cuando alcanza la velocidad de los 100 kilómetros por hora levanta vuelo hasta estabilizarse a 400 metros de altura.
El piloto tiene razón; desde el cielo nada es igual. Todo adquiere una dimensión distinta y cuando ese efecto se produce, la imaginación también se anima a volar. La zona ladrillera de la Colonia 12 de Octubre es el primer escenario que impacta. Mientras arden las hornallas que cocinan cientos de miles de ladrillos, el humo blanco que despide la quema parece la fumata de un gigante, que se disipa entre los círculos casi perfectos que forman los pisaderos.
En las chacras la vista es sorprendente. Los colores verdes y amarillos, con matices de tonos rojizos y anaranjados, pintan entre frutales, alamedas, plantaciones de verduras y cuadros de alfalfa, la obra del trabajo cotidiano de los hombres que habitan este suelo. Canales y acequias que todavía trasladan el agua de riego, atraviesan el terreno como si fuesen las venas abiertas del Valle. Torres petroleras aparecen como “intrusas” en el paisaje aunque se imponen cada vez más junto a enormes equipos de la industria hidrocarburífera. Desde el aire y en Guerrico, el Zoológico Bubalcó sorprende con su infraestructura y se alcanzan a ver algunos de los animales. También la Ruta 22, con cientos de vehículos transitando hacia el este y el oeste, marca una barrera física que comunica la región.
Cuando el piloto vuela rasante sobre el río Negro, a tan solo dos metros del curso del agua, la avioneta se mezcla entre los cisnes, patos y gallaretas y la máquina se desplaza por la costa como un ave más. Otra vez en altura, algunas vacas y caballos pueden verse pastando a orillas del río o en algunos islotes en los que crece la hierba que buscan los animales. Hacia el sur la meseta patagónica, inmensa y arcillosa, contrasta con su aridez.
Es hora de regresar y el Cesna 172 comienza a descender para aterrizar en el Aeroclub Allen. El traqueteo de la pista, de tierra y pequeñas piedras, nos indica que ya estamos nuevamente tierra.
“Volar es desarrollar esa pasión que uno tiene de sentirse libre, de cumplir lo que siempre soñó cuando leyó que el hombre siempre quiso tener alas para saber qué es lo que se siente”, agrega Julio Contreras al bajar de la avioneta.
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Diego Von Sprecher
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