William Shakespeare y Miguel de Cervantes: Dos genios y su gente

Fueron contemporáneos, pero no se conocieron.

Y murieron el mismo año: 1616.

Los dos habían nacido bajo la cobertura de imperios con poder de distinta textura. Y de futuros opuestos.

Miguel de Cervantes, en la España cabecera de un imperio construido con audacia. Un todo o nada para desafiar intrépidamente el misterio y la leyenda en procura de resolver lo incógnito. Porque eso es la aventura colombina.

Pero un imperio de fulgor corto: no más de un siglo. Y agonía larga, tozuda: otros tres siglos.

En cambio, William Shakespeare vio la luz en un imperio que amanecía: Inglaterra. Forjado con la fe del carbonero y el individualismo que les es propio «a los seres de islas», como escribió Mark Twain.

Un imperio que, desarticulado con serena maestría desde las entrañas de la propia Inglaterra, durante cuatro siglos fue sinónimo de poder permanente. Decisivo.

Poder que aún se siente.

¡Miguel de Cervantes y William Shakespeare!

O, si se quiere, «El Quijote» y «Hamlet». Un querer arbitrario frente a la calidad y extensión de la obra de ambos.

La novela y el teatro como vía de escape a talentos únicos. Creadores cuya influencia y aportes a la literatura universal atraviesan los tiempos con inalterable vigor.

De ellos han emergido personajes que son arquetipos imprescindibles para quien precie la reflexión por sobre lo humano y sus vicisitudes.

En William Shakespeare, personajes de existencia tironeada por dramas y pasiones hondas, desgarrantes.

Las dudas e incertidumbres de Hamlet. Y Otelo, torturado por los celos.

O la lucha por el poder, con la palaciega Lady Macbeth alentando el crimen frente a un marido que suma cero…

«Macbeth: -Tenemos que renunciar a ese horrible propósito. Las mercedes del rey han llovido sobre mí. Las gentes me aclaman honrado y vencedor. Hoy he visto los arreos de la gloria y no debo mancharlos tan pronto.

Lady Macbeth: -¿Qué ha sido de la esperanza que te alentaba? ¿Por ventura ha caído en embriaguez o en sueño? ¿O está despierta, y mira con estúpidos y pasmados ojos lo que antes contemplaban con tanta arrogancia? ¿Es ése el amor que me mostrabas? ¿No quieres que tus obras igualen a sus pensamientos y deseos? ¿Pasarás por cobarde a tus propios ojos, diciendo primero: «lo haría», y luego «me falta valor»?…»

Perversos o no, en William Shakespeare los personajes son siempre solemnes. Resumen el mundo en sus ambiciones o sufrimientos.

Hasta las brujas caen en una rigidez de discurso no carente de una proyección total de sus poderes.

Y claro, no abunda el humor en los personajes de William Shakespeare.

Sólo ironía. En dosis. Ironía en una única dirección: retroalimentar el dolor, la desesperación o la angustia de éste u otro personaje.

El mundo de los personajes de Miguel de Cervantes es más abierto. Escaso de intrigas.

Hoy se diría que son personajes de la calle.

Ese paciente y minucioso relojero de la lectura que fue Marco Denevi solía decir que «cuando la sociedad toda se apropia de ciertos elementos que le dio un artista, es porque ese creador realmente merece fama».

Y eso sucede con Quijote y Sancho. Están cotidianamente en la calle. En las proporciones físicas que los separan y en los disparates que los definen.

Perfiles que en sus más y sus menos también están en «Persiles» y en las novelas ejemplares.

Y siempre personajes ajenos a la solemnidad.

Gente que transita la vida con la sencillez que le marcan sus posibilidades. Y la viven a pleno.

Personajes que, alentados desde esa característica tan española que fue la aventura, le ponen a la vida un toque estrafalario.

Y humor, mucho humor.

Quizá tenga razón el español Javier Marías cuando dice que a la hora de «explicar el mundo o a nosotros mismos, la relevancia de Cervantes es muy alta, pero, quizás, inferior a Shakespeare».

Pero a los dos, la literatura les debe todo.

O casi todo.

Carlos Torrengo


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