¿Y la mucama?

Por Redacción




CLAVE DE Y

¿Cómo que qué mucama? “La” mucama. Sin nombre público (al menos, yo no lo encontré, y busqué bastante), viuda, treinta y dos años, guineana, un hijo de dieciséis, trabaja –o trabajaba– en el hotel “Sofitel” de Nueva York, Estados Unidos. Víctima del señor Dominique Strauss-Kahn. Fondo Monetario Internacional. ¡Ah! Esa mucama. Sí, esa mucama. Voy a obviar la archiconocida historia, o historias, según los medios de prensa y los intereses en juego. La justicia norteamericana creyó la que relató la víctima: que fue abusada sexualmente por el señor Strauss-Kahn, y yo también la creo; y a esta altura, cree la mayoría de la gente, muy diluida la teoría de la conspiración para voltear de su pedestal al gran hombre y truncar su carrera política. Sin embargo, como sucede con la mayoría de las mujeres víctimas de maltrato y abuso, muy sibilinamente, ella es sospechosa: de hacer un drama cuando, en realidad, fue una relación consensuada; de vivir en el Bronx, barrio sospechoso si los hay, como nuestra Villa 31; de habitar, o haber habitado, un edificio de departamentos destinado a enfermos o portadores de sida; y para colmo, ¡musulmana! Mi amigo Rodolfo Chávez, con inteligente ironía, destaca en su blog el aspecto de doble victimización a que se somete a esta mujer, y le recomiendo leerlo. Lo que yo quiero compartir con usted es un intento de que el árbol podrido no nos tape el bosque podrido que conforman muchos hombres a los cuales el poder que detentan –y ostentan– los convence de que para ellos, no hay límites. La picante historia, sus repercusiones políticas y económicas, el nivel en que se mueve el francés, es atractiva, sin duda. Y oculta el maltrato, en sus múltiples maneras, que sufren aquí nomás, en trabajos, grupos sociales, partidos políticos, estructuras privadas y estatales, miles y miles de mujeres, sobre las cuales pivotean, para desjerarquizar su denuncia, los prejuicios sociales. En el caso de la mucama guineana, están clarísimos. El peso de las pautas culturales es enorme. Que la ley norteamericana se abra paso en este pantanal habla bien de ella, y quisiera que en nuestro doméstico entorno pasara lo mismo. Sin embargo, estamos dando los primeros pasos. Extendiendo el concepto de mobbing –maltrato laboral– (que en víctimas femeninas jóvenes y atractivas conlleva, asiduamente, acoso sexual) a cualquier ámbito donde se ejerza una cuota de poder y se abuse de él, le pido que busque a los Strauss-Kahn que seguramente conoce, o padece. Va a encontrar muchos, y probablemente reciban consideración pública, sean encantadores con determinado nivel y prepotentes y violentos para los niveles –para él– inferiores. Estamos en plena campaña electoral. No percibo que este tema forme parte de la agenda de nuestros candidatos y candidatas, ni del periodismo que los interpela. Los pocos y meritorios proyectos de ley presentados, tanto a nivel nacional como en algunas provincias, duermen el sueño de los justos. Un sueño plagado de pesadillas para las víctimas. Por algo será.

MARIA EMILIA SALTO bebasalto@hotmail.com


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